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TES IV: Oblivion FanFiction - "Hija de la Tempestad"

Hija de la Tempestad FanFiction Oblivion

2 respuestas al tema

#1 Hija de la Tempestad

Hija de la Tempestad

    Humano

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Posteado 18 September 2017 - 10:55 PM

“Hija de la Tempestad”

                                                                                                    

 

 

Prólogo.

 

 

Con un ruido blanco de fondo, como si de pronto su mente hubiera decidido desconectar del resto de los sonidos que le habían rodeado, notó el estómago encogérsele de náuseas entretanto la bilis le iba reptando por la boca y la cabeza se le iba yendo hacia un lado y hacia otro, pesada y extrañamente maciza en su percepción como si de una bola de cañón se tratase.

-        Tharn... ¡¿qué has hecho, desgraciado?!

Y la risa horripilante del otro hombre, la risa propia de un demente, se había abierto paso entremedias de aquel ruido extraño y distorsionado, penetrando capas de calor asfixiante y la estridente sobrecarga del resto de sus sentidos.

-        Al parecer ciertas... lenguas filtraron información que no debían y ahora sus memorias quedarán borradas de la faz de Mundus... ¡así como cualquier otro necio que ose oponerse a mí! - fue la contestación que obtuvo, distante y distorsionada, en aquella Dimensión de horror al que les habían conducido las artes oscuras del traidor, aquel hombre... en el que había depositado siempre su más estrecha confianza a lo largo de aquel reinado que había ido drenándole lentamente el alma.

-        ¡¿Dónde está Talis?!, ¡¿dónde está mi Comandante?!

-        Oh, el bárbaro armatoste y su patética cuadrilla de borricos acorazados serán despachados tal y como se merecen, y sus pellejos servirán a un propósito mayor. - replicó el traidor nuevamente con una indiferencia que helaba la sangre, lo mismo que si estuviera hablando del tiempo - Tal vez debiste haberles encargado la salvaguarda de tu persona a ésos pobres desgraciados lamebotas de los Cuchillas, que se desviven por servir a los ridículos restos de un agonizante linaje olvidado largo tiempo ha. - y haciendo una pausa que no trajo silencio, sino estridencia, prosiguió con voz sibilina - Llevaba mucho  esperando esto... Demasiados años a la sombra, primero de vuestro anciano padre, ¡luego de vos! - ladró apuntando a su prisionero, antaño su Señor, con un descarnado dedo índice de extraña piel cenicienta y oscuras uñas afiladas – Mi familia... ¡lleva siglos de vasallaje sirviendo a unos y otros regentes del Imperio! ¡SIGLOS! - escupió venenosamente – ¡Cuando lo más cerca que hemos estado del Trono ha sido a través de una viuda consorte!

-        El reinado de Clivia Tharn fue un desastre de proporciones catastróficas para la unidad del Imperio. - replicó el ahora prisionero, aún erguido y orgulloso pese a su añoso aspecto de un hombre que ha llevado los cuarenta años francamente mal a base de constantes dosis de estrés y no pocos disgustos – Y tal fue su traspiés, que en última instancia acabó seducida por las promesas de poder que el Rey de los Gusanos le susurró en lo que no dudo fueron intimidades impropias de una Emperatriz regente con un nigromante altmeri guiado por la mano de un Daedra. Al parecer la avaricia nunca hace oídos sordos al mal, ¿no es así?

-        ¡Cierra ésa boca, vejestorio! - bramó el traidor, olvidando definitivamente las fingidas buenas maneras y el tratamiento del plural mayestático, con labios trémulos de rabia mientras los rojizos ojos, herencia de su cruzado mestizaje con la maldición de los elfos oscuros desde tiempos de la Caída Chimer, le refulgían con peligrosa virulencia desde las sombras de la calada capucha de su túnica - ¡Y aquieta ésa lengua orgullosa si aún quieres que tus preciados hijos sigan enteros y con vida!

-        ¡¿Cómo te atreves...?!

-        Calaxes, Geldall, Enman, Ebel y... ah, ¿cómo se llamaba la reciente adición a tu seguramente más extensa lista de bastardos pululando por Cyrodiil? - inquirió el encapuchado, sonriendo con torcida malevolencia, el brillo de los ojos puro regodeo en estado de contención – Pórtate como un padre amoroso y permite que tus desgraciadas criaturas vivan un poco más bajo mi mandato hasta que la comprensible edad caduca de un humano como tú me empuje a tomar las vestiduras... del Príncipe Sucesor Geldall, siguiente candidato al Trono.

Y ahí se había lanzado contra la barrera arcana que lo retenía encerrado con el odio y la desesperación por banda como única arma.

-        ¡¡NO!! ¡¡No te atrevas a tocar a mis hijos, bastardo!!

No obstante, el encapuchado nada más añadió y, como si jamás hubiera oído el fiero arrebato de su antiguo Señor, se desvaneció ante sus ojos llevándose su odiosa risa de orate consigo.

Sin embargo aquella risa le persiguió durante mucho tiempo.

Un tiempo que ni él mismo supo medir en todos los segundos, minutos, horas, días, meses... y años en los que, si bien su cuerpo no envejeció, sí lo hicieron su mente y su espíritu.

Porque las artes de su antaño Mago de Batalla, descendiente de una casta de fieles servidores de los Imperios habidos y por venir por aquel mundo suyo a merced de entidades oscuras y luminosas, le habían encarcelado en la más temible de todas las prisiones concebidas por el género mortal.

El vacío del olvido. Unas Tierras Muertas... cuyas imágenes de horror, muerte y desolación... le perseguirían en los años venideros.

Nunca las olvidaría.

 

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Con la luz mortecina de una noche de verano estrellada y gris penetrando por uno de los cuantiosos ventanales verticales dispuestos en la parte más alta de sus aposentos, el anciano despertó violentamente de su agitado sueño llevándose una mano al corazón mientras gruesas gotas de un sudor helado le resbalaban copiosamente por las arrugadas sienes pálidas.

Girándose inconscientemente a la derecha, buscando por instinto a alguien, se percató, como tantísimas otras veces a lo largo de los últimos treinta años, de que nadie yacía a su lado con quien compartir las muchas penas que su herencia de sangre traía consigo en las horas de insomnio y vigilia.

Su esposa aún vivía... o eso le informaban las cartas anuales que le llegaban a través de su hombre de confianza, su nuevo Mago de Batalla y administrador desde el fiasco con el-que-no-debía-ser-recordado Tharn, para exigirle el debido pago de costes para la manutención y los vicios y caprichos varios de la señora.

Ellos... habían acabado francamente muy mal. Ya era tensa la relación que tenían cuando sus hijos eran unos niños, mucho antes de su encarcelamiento a manos del traidor, un interludio al que se le había dado el nombre de “Simulacro Imperial”.

Durante aquel tiempo el traidor le había suplantado en el Trono... por espacio de una década.

Una década durante la cual lo había perdido todo: a su esposa, a su hijo mayor... vilmente asesinado cuando el traidor había descubierto lo peligroso que podría llegar a resultar el bastardo de un Emperador convertido en Arzobispo de la Iglesia de Los Nueve quien, ante la inactividad política del falso gobernante, había ido ganando adeptos con el objetivo de derrocarle e imponer un mandato temporal de teocracia.

Calaxes había muerto en vano, como tantos otros bajo el puño de hierro de Tharn; y la Emperatriz, su esposa Caula Voria, se había hartado de la aparente indolencia de su marido y... había desaparecido definitivamente de su vida, harta de la Corte Imperial y de su propia infelicidad marital.

No obstante ahí no habían acabado las desgracias ya que, una vez hubo regresado de su presidio, el Emperador se había encontrado con que sus hijos, los legitimados Príncipes, ya no eran ningunos niños y, por descontado e influencia del reinado de Tharn, le tenían miedo. A él y a lo que representaba.

Con el tiempo y tras la muerte del falso monarca, había logrado remedar en mayor o menor medida las dañadas relaciones con los Príncipes... pero nunca había vuelto a ser lo mismo.

Geldall, el Heredero al Trono, vivía dominado por la depresión y la angustia de la futura promesa de verse al frente de un Imperio que ni deseaba ni había solicitado. Por ello, a la ya respetable edad de cincuenta y seis años aún no se había casado, aterrado como se sentía de engendrar a otro pobre infeliz como él que tuviera que cargar con el mismo peso y la misma angustia que le habían oprimido durante toda su vida.

Enman ahogaba sus penas de niñez truncada entre vinos de excelsa catadura y fragantes bustos almibarados de cariñosas y diligentes cortesanas que le hacían olvidar, si bien durante unas horas, el increíble despojo de ser vivo en el cual, con el paso de los años, se había acabado convirtiendo.

Y Ebel... Ebel sólo vivía para complacer y agachar la cabeza desde que su padre tuviera noticia, muy a su pesar, de las preferencias homosexuales que el ya no tan joven Príncipe tenía a la hora de elegir amantes a los que meter entre sus sábanas.

Suspirando sonoramente, el anciano monarca de un Imperio aún más anciano que lo que la memoria humana podría abarcar giró su demacrado cuerpo a la izquierda y, tras desarroparse, hizo un leve esfuerzo que le permitió sentarse sobre el borde de la cama, poner los pies descalzos en el suelo y caminar dirección al aguamanil y la jofaina de plata ligeramente dorada que reposaban junto a una toalla enfrente del espejo que tenía sobre la cómoda de sus aposentos.

Una vez se hubo mojado el rostro varias veces y secado con la toalla… al contemplarse sobre la pulida superficie reflectante del espejo, el anciano se miró a los ojos a través de la pálida cortina de sus largos cabellos nevados.

Había nacido hacía exactamente ochenta y siete años. Durante sesenta y cinco, y de forma oficial si no se tenía en cuenta aquella década en el extravío, había gobernado el desunido Imperio de Tamriel, principal continente en aquel mundo suyo, Nirn, compuesto de nueve provincias que a cada cual habían probado ser, con los años, todo un dolor de cabeza de traer nuevamente a la unidad original del Imperio.

Pero durante todo este tiempo nunca he gobernado mis propios sueños, ya fueran de propia cosecha… o de mi subconsciente. - pensó el hombre amargamente.

Porque él lo había visto.

Había visto lo que ninguna mirada consciente había logrado cruzar.

Había visto cómo, en mitad de las tinieblas, la muerte arrasaba las tierras; cómo a cada paso estruendoso, tras los muros en llamas y bajo los pies de cientos de criaturas innombrables, el ensordecedor bramido de un latido gigantesco guiaba acompasado las hordas procedentes del Otro Plano.

Yéndosele el azul de las retinas un instante de la vista, los ojos del anciano trocaron sus pupilas en algo inhumano y terrible hasta que, espantado, tiró hacia atrás llevándose consigo la jofaina llena a medias del agua que, con un leve tintineo, cayó a la alfombra que cubría el suelo perlándola del brillante líquido fresco el cual, a la luz de la luna filtrándose por el ventanal, confería a su fulgor acuoso un engañoso aspecto plateado.

Llevándose pues una mano temblorosa a la frente, el cansado monarca cayó de rodillas, su salto de cama blanco y vaporoso contra su cuerpo desnudo y marchito por los años y los disgustos, y sus ojos celestes anegados en lágrimas.

Porque lo había visto.

De nuevo.

Y ésta vez las estrellas no mentían. Aquel era el día.

-        Que los dioses me asistan y me den fuerzas. - enunció con el más leve de los hilos de voz hasta que, sobresaltado, se percató de que un insistente patrón de golpeteo venía tocando a su puerta poco antes de haber hablado.

Asiéndose débilmente al borde de la cómoda, el hombre logró ponerse en pie una vez más y, encarando la puerta con la mayor entereza posible, tomó aire.

-        Adelante. - dijo con voz medida, contenidos sus previos temblores bajo la máscara en la que había venido, desde el inicio de su reinado, escudándose para dar la imagen que todos esperaban de él.

Porque él no era un simple hombre. Él era… el último Emperador Septim.

-        ¡Su Majestad! - exclamó la voz marcial y autoritaria de la mujer que irrumpió embozada en ornada armadura en mitad de sus aposentos, su mirada de acero estrechándose tras la visera de su casco - Debemos marcharnos, ahora.

Y el anciano, sabiendo con la preclara certeza del enfermo que conoce su diagnóstico lo que se le venía encima, faltó un fugaz instante a su determinación para sustituirla casi violentamente por impulso una vez más por la habitual máscara de piedra.

Como siempre había hecho.

Y en el momento en que, varios minutos después, recorría en silencio y con premura las calles oscuras de aquel Distrito extraño donde convergían la vida y la muerte, la Torre Blanca y Dorada y el Cementerio Imperial de su bienamada ciudad, núcleo capital del Imperio; Uriel Septim VII, último Emperador de su anciana Dinastía, no podía evitar fijarse… en la fecha de tan señalado y aciago evento que se le llevaba el aliento con cada nuevo soplo de aire nocturno.

27 de Última Semilla, el Año de Akatosh 433. Los últimos coletazos de la Tercera Era Tamriélica.

Y también, lo que él sospechaba eran… las últimas horas que le quedaban de vida.

 

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N/A: Éste es el prólogo de un fic que ya data del año 2012 el cual actualmente sigo escribiendo y que cuenta ya con bastantes capítulos en su haber. Si os gusta decidme si posteo más capítulos. O directamente os dejo el link de la historia per se en FF.net

https://www.fanficti...de-la-Tempestad


Editado por Hija de la Tempestad, 18 September 2017 - 10:55 PM.


#2 Dante69

Dante69

    Humano

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Posteado 30 November 2017 - 10:10 AM

Tienes un nuevo fan :P



#3 AsprosWaveld

AsprosWaveld

    Humano

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Posteado 04 December 2017 - 04:46 PM

Excelente, me encantó

Tienes un nuevo seguidor.  :thumb:





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A Bragol. Tus amigos te echan de menos.