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Que alguien me responda


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#1 Ian McMillan

Ian McMillan

    Humano

  • Miembro
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  • 9 posts

Posteado 17 May 2016 - 12:06 PM

Que alguien me responda.

 

Ni siquiera sé cómo empezar a escribir esta mierda. Necesito ayuda, y no sé si esto va a servir para algo, pero siento como si fuera a volverme loco, si es que no lo estoy ya. Muchas cosas han cambiado en los últimos meses, y no para mejor. Bueno, no es que mi vida fuese una maravilla antes de que todo ocurriese, pero solo ahora empiezo a darme cuenta de que esto no va a cambiar, y que es mucho peor de lo que había imaginado. Por eso, si alguien encuentra esta página web y lee mi post, si alguien se identifica con lo que voy a escribir, le pido por favor que conteste, porque no sé cómo afrontar mi nueva vida, por llamarla de algún modo.

 

Pero bueno, empecemos por el principio. Mi nombre es Ian McMillan. Sí, soy escocés. Un vampiro escocés, para ser más exactos. Qué jodidamente raro se ve escrito. Un vampiro. Yo mismo me reiría si el chiste no hubiera perdido la gracia el último día que vi el sol. Supongo que no debería haber puesto mi nombre real, pero al 99,9% de los que lean esto les va a dar igual, porque creerán que no es más que pura bazofia salida del cerebro de un friki. Pero lo más importante de todo es que estoy hasta los mismos huevos de esconderme, de tener miedo y de lloriquear como una nenaza delante de un ordenador en un apartamento cutre con las persianas bajadas. Así que ya está decidido.

 

Nací en Edimburgo hace treinta y seis años, aunque con solo diez, mis padres y yo nos trasladamos a Chicago, que es desde donde os escribo ahora. Dos años después nació mi hermano Alec. Pobre Alec... Cuando llegué, no tenía ni idea de que a los niños de mi nuevo colegio fuese a hacerles tanta gracia mi acento, por no hablar de mi color de pelo. Por si en la fotografía que he usado como avatar no se aprecia bien, debéis saber que soy pelirrojo. «Panocha» y «Zanahoria», según mis antiguos compañeros. No me gusta reconocerlo, pero podríamos decir que fui objeto de insultos y abusos durante algún tiempo. Hasta que me harté, claro está. El día que le pegué una soberana paliza a un gilipollas dos años mayor que yo, mandándolo a enfermería, esa mierda se acabó. Me enviaron a casa dos semanas, pero cuando volví, a nadie se le ocurrió volver a joderme. Mejor para ellos. Por desgracia, ahora era yo el que disfrutaba tocándoles los cojones. No me preguntéis por qué; llamadlo preadolescencia rebelde o subnormalidad galopante. ¿Sabéis ese dicho de «no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti»? Pues yo hice precisamente lo contrario. Supongo que para vengarme.

 

Pero esa fase no duró mucho tiempo. Al poco me aburrí de abusar de tanto enclenque y decidí enfocar mi agresividad a actividades más productivas. Tampoco os hagáis ilusiones; me refiero a que me apunté al equipo de fútbol americano y al de lucha del instituto. Recuerdo que no se me daba mal. Era alto y endemoniadamente fuerte. Y muy cabezota. Había veces en que las inevitables discusiones acababan mal, pero por lo menos, hacer deporte mantenía mi mente ocupada.

 

En casa, las cosas no iban bien, y yo me escabullía siempre que podía para salir a la calle y juntarme con mis nuevos amigos, una pandilla de lo que la mayoría de gente llamaría «personas poco recomendables». ¡Cuánto puede llegar a sorprenderme la estrechez de miras de algunos! Un día, poco después de graduarme en el instituto, tuve una bronca impresionante con mis padres, y decidí largarme. Estos colegas de los que os hablo se las estaban arreglando para compartir un apartamento, y tenían sitio para uno más, así que me dije a mí mismo, ¿por qué no? Y así empezó la etapa más loca de mi vida: fiestas, drogas, broncas y no dar ni un puto palo al agua. Pero claro, había que pagar el alquiler, y se me estaba acabando la pasta que había logrado sacarles a mis viejos, así que había que pensar en algo. Pero, ¿en qué podría trabajar un tío como yo?

 

No lo he dicho hasta ahora (es lo que tiene escribir de manera tan improvisada), pero resulta que siempre se me ha dado muy bien dibujar. Nunca me había planteado en serio hacer nada con ese talento, porque para mí era tan natural como respirar, pero empecé a pensar en darle uso. Hacía buenos retratos e ilustraciones, pero sobre todo lo que me entusiasmaba era el asunto de los tatuajes, el arte corporal, la cultura motera y todo ese rollo, así que decidí probar suerte como ayudante en un local de tatuaje. El cabrón del dueño me aceptó como aprendiz, y con lo poco que me pagaba, apenas me quedaba nada después de pagar el alquiler. Decidí meterme en un gimnasio de boxeo, porque prefería darme de hostias en un ring y acabar molido que partirle la cabeza a algún desgraciado cualquier noche de borrachera. En ese momento no sabía lo bien que me iba a ir aprender a pelear. En todo caso, me ayudó mucho a encauzar mi vida y empezar a adquirir hábitos saludables. Por una vez, sentía que todo en mi vida iba bien, y era feliz. Supongo. Una parte de mí, un sexto sentido, me dijo que quizás algún día necesitaría recordar aquellos tiempos, grabarlos de alguna manera imborrable. Así, un buen día cogí la aguja de tatuar y empecé a dibujar mi vida en mi propia piel. Todas mis experiencias, mis buenos y malos momentos, empezaron a tomar forma, a lo largo de innumerables sesiones de tatuaje, como un mapa vivo que ornamentaba todo mi cuerpo para convertirlo en algo más. A noche de hoy, creo que puedo decir que es la obra de la que me siento más orgulloso. Es como si, mirando mis tatuajes, uno pudiera conocerme íntimamente.

 

Los años fueron pasando, empecé a ganar más dinero (o a lo mejor simplemente me administraba mejor), y cuando creí que había ahorrado bastante, abrí mi propio estudio de tatuaje y piercing. Me hacía mucha ilusión dejar de regalarle mis diseños a mi jefe y empezar a ganarme el mérito que me merecía. Ni que decir tiene que fue una mala idea. Mantener el local a flote suponía más gastos de los que había calculado, y además me surgió un problema inesperado: mi hermano Alec, al que hacía un montón de tiempo que no veía, vino a mí pidiéndome ayuda. Al parecer estaba enganchado a la coca, y por culpa de eso le debía dinero a gente peligrosa. Por supuesto, me cabreé muchísimo con él, pero, ¿qué podía hacer? Era mi hermano, así que tuve que ingeniármelas para sacarlo del marrón. De momento, lo obligué a dejar inmediatamente cualquier mierda que estuviese tomando, y me propuse hacer de hermano mayor. De buenas a primeras, me cargué con una sucesión de curros nocturnos para poder hacer frente a la deuda de Alec.

 

Empecé como relaciones públicas de un bar temático, aunque no duré mucho tiempo, porque la gente con la que tenía que tratar me ponía los pelos de punta. Luego pasé a ser un vulgar portero de discoteca, algo mucho más afín a mis inclinaciones naturales. No lo digo porque no supiera hacer nada más, sino porque al menos no tenía que fingir y poner buena cara a pijos y esnobs que me miraban por encima del hombro. Pero la cosa no quedó ahí. Poco a poco, una cosa fue llevando a la otra, y acabé con un empleo tan particular como bien pagado: partirle la cara a gente que había cabreado a otra gente más peligrosa y con más pasta. Ahora que lo pienso era algo amoral, porque mi propio hermano podría encajar dentro de esa categoría. Pero bueno, tampoco hacía nada del otro mundo; nunca pasaba de unos cuantos huesos rotos y un viaje en ambulancia. A fin de cuentas, todo valía con tal de salvarle el culo a Alec.

 

Una noche recibí una petición bastante extraña. No por la petición en sí, sino por cómo llegó a mí: un pequeño papel doblado y perfumado, que alguien había metido en uno de mis bolsillos sin que yo me diera cuenta. Un tal Alan Thompson quería verse conmigo en uno de los locales más punteros de la noche de Chicago, para solicitarme «un encargo especial». Cuando me presenté en el lugar y vi al tal Thompson por primera vez... Dios, ni siquiera hoy sé cómo describir la impresión que me produjo. Supongo que podría decir que era «bien parecido», «un guaperas», o cualquier otro eufemismo para quedar como un macho y evitar decir la verdad: que me pareció la criatura más bella del mundo, con su pelo rubio dorado, su cara perfecta, su voz suave, sus gestos calculados... Parecía una de esas caras que solo ves en las fotografías manipuladas de las revistas de moda, o un actor de Hollywood con una presencia absolutamente portentosa. No temo decir que me atrapó desde el primer momento. Fue todo un impacto; yo nunca antes había tenido esas inclinaciones... ya me entendéis. Pero lo que me sorprendió aún más fue el motivo de nuestra reunión. En realidad, estaba interesado en mi faceta artística. Había seguido mi progreso como diseñador de tatuajes, y quería ver una muestra «en piel viva» de que mi reputación era bien merecida. ¿Mi reputación? Hasta entonces, yo no tenía ni idea de que nadie hubiese ido por ahí hablando maravillas de mis trabajos, pero según parecía, gozaba de bastante buena consideración entre ciertos sectores. Así, para satisfacer su curiosidad, me desnudé delante de él. Sin más. Debo admitir que su reacción fue un poco desconcertante: se quedó mudo, con la boca ligeramente abierta, absorto. Creo que pasaron unos cuantos minutos en los que no dejó de examinar mi red de tatuajes; parecía extasiado. Al final, cuando la situación empezó a volverse incómoda (¡imaginaos!), le pregunté si estaba bien. Entonces Alan reaccionó, como si hubiese despertado de repente de un sueño, y me pidió un trabajo para él, un tatuaje único e imperecedero. Aquella misma noche. Si lograba complacerlo, dijo, me regalaría lo más valioso que nadie me hubiera dado jamás. Infeliz de mí, que con tal de satisfacerlo cogí de sus heladas manos la aguja de tatuar que él mismo tenía preparada, tan contento como un perrito faldero. Mientras trabajaba sin descanso en su preciosa piel de mármol, no tenía ni puta idea de que estaba grabando a fuego mi propia muerte. O lo que coño sea esto. El caso es que lo conseguí; conseguí asombrarlo. Conseguí hacer algo digno de la belleza del señor Thompson.

 

Y conseguí mi premio.

 

Todo sucedió tan deprisa que apenas puedo recordarlo. Solo sé que él me llamó con un susurro, y yo me entregué a él. Le entregué mi vida. Tomó de mí lo que me hacía distinto de él, sustituyéndolo con un frío y muerto remedo que desde entonces me sustenta. Cuando todo hubo acabado, cuando... volví... me sentí extraño. Violado. Vacío. Algo iba horriblemente mal dentro de mí, pero todavía no sabía hasta qué punto. Alan estaba sentado a mi lado en un sofá tapizado en cuero; yo no me atreví a mirarlo en un buen rato. Me dijo con una voz carente de todo calor y humanidad que ahora yo era uno más. Uno de los Vástagos. Un «vampiro». Aturdido, traté de responder, pero descubrí con horror que no había aire en mis pulmones para hacerlo. Llevaba varios minutos sin respirar, y ni siquiera me había dado cuenta. Inquieto, me llevé la mano al cuello, donde debería haber hallado mi pulso bombeando con fuerza, pero en su lugar palpé una arteria hueca y hundida. Ese fue el comienzo de mi nueva y horripilante existencia.

 

Desde aquella noche, mi «Sire» me fue poniendo al corriente de todo lo que tenía que saber. Supe que había varias decenas de vampiros en Chicago, alimentándose de la sangre de la población y controlando por completo todos los aspectos de la sociedad humana. Y lo peor de todo es que era así en todo el mundo, desde hacía miles de años. Me habló de los trece Clanes, una especie de grandes familias vampíricas transmitidas de... «padre» a «hijo», y me contó que nosotros pertenecíamos al Clan Toreador, un linaje de artistas apasionados y de guardianes de la belleza. Me enseñó el Elíseo, y yo me sentía orgulloso de que me hubiese escogido a mí para acompañarlo a esos lugares tan sofisticados. Ahora, desde la distancia, me doy cuenta de que solo me exhibía como a una mascota exótica ante sus colegas muertos vivientes. Digo colegas y no amigos porque, visto lo visto, no creo que la verdadera amistad sea posible entre nosotros. Pero lo inevitable acabó por llegar. Poco a poco se fue cansando de mí. Su afecto, si alguna vez me lo había tenido, se convirtió en amargura y desprecio, y empezó a tratarme de manera cruel, a humillarme, y yo no sabía por qué. Joder... Ni siquiera entiendo cómo fui capaz de aguantarle todo eso sin saltarle al cuello. Seguramente eso me salvó; tengo entendido que Alan Thompson es un Vástago bastante poderoso, y un enfrentamiento con él habría acabado con todos mis huesos hechos polvo. Pero una noche, se extralimitó. Fuera de sí, me dijo que había cometido un error al Abrazarme, que no sabía qué había visto en mí, y que a partir de entonces me usaría como matón, porque «era para lo único que servía un patán carente de todo talento como yo». Tal vez no sea para tanto, pero tengo mi orgullo. Así que hui de él. A escondidas, sin él saberlo, como un cobarde. Pero mi temor era que, si lo hacía de otro modo, si hablaba con él, si tan solo lo veía, no iba a ser capaz.

 

Reconozco que fue muy doloroso, pero tenía que hacerlo. Encontré este apartamento abandonado de mala muerte, y me he atrincherado aquí, sin atreverme a salir si no es para cazar a toda prisa alguna presa fácil al otro lado de la calle. El miedo es terrible. Estoy cansado de estar toda la noche mirando por la ventana, muriéndome de hambre pero temiendo que él me encuentre. Me pregunto cómo estará Alec, mi hermano pequeño, y qué pensaría él si se enterara de lo que soy ahora. No, no debe saberlo. Pero no puedo abandonarlo. Por eso, si alguien me lee: necesito ayuda. Estoy solo, asustado, y necesito contactar con otros como yo que estén en mis mismas circunstancias. Protección mutua, supongo.

 

Creo que oigo pasos en la escalera, tengo que cortar. Volveré a ponerme en contacto pronto.

 

Si alguien lo lee, que responda.

 

Ian


«No olvides que el Diablo reconoce a los suyos».




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A Bragol. Tus amigos te echan de menos.