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Capitulo 2 de Una Historia de Tamriel


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#1 francom95

francom95

    Humano

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Posteado 12 June 2015 - 04:10 PM

                                                                                                     2

                                                                                EL BOSQUE DE LOS ELFOS

 

Se levantaron temprano en la mañana, y se sentaron uno frente al otro en una de las mesas. Ahora era una posada totalmente distinta. Nadie reía ni cantaba, de hecho, las mesas estaban vacías excepto en aquellas en la que alguien se había quedado dormido. Minutos antes habían pedido al posadero que les trajera pescado frito, y ahora, con los platos ya listos, se dispusieron a comer. Aenar se restregó las manos y empezó, pero enseguida se detuvo al notar a su amigo distante y con la mirada perdida, como si algo le estuviese preocupando.

-¿Que sucede, amigo? -le pregunto- Estas distraído, y ni siquiera has probado tu comida.

-Eh…no pasa nada…solo que…estoy pensando en lo que ocurrió anoche -contestó el imperial probando un bocado solo para convencerlo-.

-¿A qué te refieres, Boromir? Solo hemos hecho lo necesario para recuperar tu reliquia, ellos no nos dejaron otra alternativa.

-Yo no estoy tan seguro de eso, Aenar. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a los demás? ¿Quiénes somos para decir que está bien y que no?

-Eran ladrones, Boromir, se ganaban la vida robando a quienes se esfuerzan por conseguir sus objetos y dinero, eso está mal, no me cabe duda. No debes preocuparte más por lo que hicimos, solo nos defendimos.

-No me preocupo,…pero quizás no era necesaria la muerte del khajiita. Su amigo era el que tenía mi amuleto, y ya estaba muerto. Podríamos haberle sacado lo que buscábamos e irnos…-explico el imperial-

-¿Y eso para qué? ¿Para qué se aprovechen de alguien más? -replico Aenar-.

-Puede que tengas razón- dijo Boromir con la mirada baja, sabiendo que Aenar no entendería sus razones.                          

-Muy bien, entonces come tu pescado y olvídalo ¡está muy bueno, en serio!

 

Luego de desayunar, ya con más calma, Aenar se levantó de la mesa y se acercó al tabernero en busca de información para el viaje. Boromir dijo que lo esperaría fuera, en la entrada.

–Necesito que me ayude, señor- le pidió el nórdico- ¿Sabe si hay alguna carreta que parta desde la ciudad hacia Skyrim?

-La hay, joven, pero no en poco tiempo. Un carromato sale siempre a mitad de cada mes desde el mercado, pero eso fue hace 5 días. Me temo que tendrá que esperar hasta la siguiente si desea ir en carreta

-¿Lo dice en serio? ¡Oh, maldición!-exclamo Aenar, frustrado-. ¿No existe un camino más corto por el cual podamos ir hacia allí, aunque sea a pie?-

-Mmmm por lo que oído decir a viajeros y aventureros a lo largo de mis 25 años al frente de esta posada, existen otros dos caminos que atraviesan las Montañas de Jerall. Uno, el más usado y conocido, es El Paso de Pale, un estrecho sendero que queda hacia el noreste de aquí, y otro es un antiguo pasadizo enano del que muy pocos conocen la entrada.

-¿Son peligrosos? -pregunto Aenar, aunque en realidad no le importaba en absoluto-.

-El primero es tan peligroso como casi cualquier camino, quizás con bandidos o alguna que otra bestia -respondio el posadero-. Del segundo poco se sabe, pero no les aconsejo ir por allí, esos enanos ponían trampas de todo tipo en cada uno de sus túneles-

-¿Entonces podría indicarnos como llegar hasta el Paso de Pale, señor?-

- Lo siento pero no puedo dejar mi posada sola ni un minuto.-se disculpó-.

Pero enseguida su rostro se ilumino por una nueva idea y añadió:

- Pero puedo decirle a mi ayudante que se lo enseñe, él ha ido hasta ese límite varias veces a buscar hierbas para mis recetas. ¿Quiere que le diga que lo acompañe a usted?-

-Se lo agradecería mucho -asintió el nórdico-.

Guiados por el ayudante del posadero, un muchachito pecoso llamado  Erbol, atravesaron el mercado y salieron de la ciudad por la puerta oeste. Caminaron cerca de dos kilómetros y medio a través del Bosque Nevado, hasta que llegaron a un pequeño camino de tierra.

-Deben seguir este sendero -les indicó algo ruborizado-, hasta que lleguen a un enorme arco de piedra. Al llegar allí, pasen por debajo de él y diríjanse al este, por el puente colgante. Les llevara una jornada de caminata llegar al Paso, pero les aconsejo que  no entren al bosque que hay alli de noche, pues no es como este en el que estamos ahora. Ocurren cosas extrañas allí.-

-¿Cosas extrañas? -inquirió Boromir con curiosidad-.

-La gente dice muchas cosas, señor -respondió Erbol, sombrío-. Pero yo no estoy aquí para asustarlos o algo por estilo, así que debo volver de inmediato a la posada. Que tengan suerte-

-Envíale mis saludos y también mi agradecimiento a tu jefe -le dijo Boromir entregándole la bolsa de cuero que había encontrado en el cuerpo del ladrón-.

Fue un alivio para el imperial desprenderse de ese dinero manchado.

Los amigos despidieron a su guía y partieron rumbo al Paso de Pale en las primeras horas de la tarde. El sendero de tierra por el  que transitaron serpenteaba en el corazón del bosque, y estaba cubierto de hierba y rocas debido al poco uso que hacían de él. Finalmente llegaron hasta el arco de piedra indicado por el mercader, y un poco más allá los tres se detuvieron frente a un barranco de al menos 100 metros de altura. Para llegar al otro lado había un largo puente colgante que parecía haber sido construido hace por lo menos medio siglo. Las maderas que lo constituían se habían podrido -y varias de ellas caído- y las cuerdas que las sujetaban ya no estaban firmemente atadas. Aun así, no fue eso lo les hizo considerar si era seguro continuar por allí. No, no fue eso. Lo que les alarmo fue ver una clara señal que indicaba que a partir de allí viajarían por terreno peligroso: colgados, en dos árboles a ambos lados del camino, se movían al ritmo del viento los cuerpos de un par personas.

-Es una señal de los bandidos -dijo Boromir-. Debe ser para marcar su territorio.

-Tendremos que ignorarla -contesto Aenar-, no hay otro camino. Lo único que podemos hacer es de ahora en adelante avanzar con absoluto cuidado-

Haciendo caso omiso a la advertencia, continuaron la marcha, no sin observar de un lado a otro en todo momento. Así se abrieron paso hasta un espacio más abierto, otro bosque, más pequeño y frondoso, formado justo en la base de la famosa cordillera que separaba ambas provincias.

-Ya está anocheciendo y estamos bastante lejos de la ciudad -dijo Borormir-. Creo que lo mejor será acampar aquí, en el límite del bosque y continuar por la mañana. Ese jovencito, Erbol, dijo que no era seguro entrar en el bosque de noche.-

-¿Tienes miedo, Boromir? -se burló Aenar-.

-No seas chiquillo, Aenar -lo reprendió el imperial-. Solo digo lo que me parece mejor.

- Este bien, entonces te ocupas tú de armar la tienda y yo, ya que no soy un hombre supersticioso, iré al bosque a buscar leña para encender el fuego.

-Me parece bien, pero no te alejes demasiado, amigo. No es prudente que andes solo, si algo te ocurre no podré ir a buscarte en la oscuridad.

-Jaja amigo, no será la primera vez que entre solo en un bosque. ¿Acaso te olvidas de las noches en que me escapaba del pueblo para ir hasta El Bosque Estrellado y poder admirar la ciudad imperial a la distancia?

 -No lo hago, pero hay una gran diferencia entre este bosque y el que estaba junto a la ciudad. Procura regresar rápido.

-Lo  hare, madre, no te preocupes -volvió a burlarse, esta vez logrando sacarle una sonrisa al imperial-.

Sin perder tiempo, Boromir comenzó a desempacar sus cosas para armar la tienda de campaña, mientras que Aenar desapareció de su vista entre los grandes robles que crecían en los límites del bosque.

El nórdico, sin tomar en serio las recomendaciones de su amigo, se adentró bastante, recogiendo ramas muertas y pequeños troncos suficientes para mantener el fuego encendido toda la noche. Llevaba cerca de 1 hora allí, cuando apenas pudo distinguir un grito lejano proveniente del campamento. Supuso que era Boromir llamándolo para que regrese.

-Ya voy, madre -pensó riendo-.

Al fin, satisfecho con lo que había recolectado, emprendió el camino de vuelta, siguiendo las marcas que había hecho en los árboles para no perderse. La noche ya había llegado, y con ella la oscuridad parcial, lo que le impidió moverse tan fácil y rápido como antes. De repente, escucho más gritos, muchos gritos, algunos de dolor y sufrimiento, otros que parecían dirigir un ataque. Ahora en verdad preocupado y nervioso, dejo a un lado toda la madera que llevaba y comenzó a correr a toda velocidad siguiendo los sonidos que escuchaba. Luego de algunos minutos, que le parecieron horas, esquivando enormes árboles y matorrales -y en ocasiones trastabillando con ellos-, llego hasta el campamento y lo que allí encontró lo paralizo. Junto a la tienda que armo Boromir, yacían los cuerpos de cuatro personas, todas ellas desconocida para Aenar. Las armaduras de piel que portaban, que parecían indicar que se trataban de bandidos, estaban manchadas de la sangre que caía de sus cabezas, producto de una certera flecha que le atravesó el cráneo a cada uno de ellos. Aenar llamo a su amigo, pero no obtuvo respuesta de él. Sin embargo escucho como otro de los bandidos, que estaba tumbado en el piso unos metros más allá, herido gravemente en el pecho, se rio, jadeante. El joven nórdico se acercó a él y lo tomo del cuello de su ropa.

 -¡¿Qué paso aquí?! ¡¿Dónde está mi amigo?! -le grito-.

El bandido giro su cabeza hacia un lado y no quiso responderle.

-¡Contesta! -insistio Aenar-.

-Se lo llevaron -contesto vagamente-. Ya no…ya no está aquí.

-¿Quiénes? ¿A dónde lo llevaron?

-Los encapuchados, arqueros…se lo llevaron a…

- ¡Habla! ¿Dónde lo llevaron? -volvio a preguntar.

Pero el bandido había dicho su última palabra, pues su herida fue mortal.

-¡Maldito seas!

Ya sin un rayo de luz, se le hizo imposible buscar huellas alrededor que le mostraran por donde se habían ido. Tampoco podía encender fuego sin leña.

-¡Maldita sea! -exclamo desesperado-. Tendre que esperar a que amanezca.

 

Boromir estaba aturdido. Oía voces a su alrededor, aunque no entendía lo que decían. Estaba siendo llevado a los empujones por alguien que lo sujetaba de ambos brazos firmemente, impidiéndole detenerse o moverse a un lado. Sus ojos estaban vendados por una suave seda oscura que apenas le dejaba dilucidar pequeñas sombras grises, pero aun así pudo distinguir que había una docena de hombres caminando junto a él.

-¡¿Qué hacen?! ¿A dónde me llevan? -pregunto sacudiendose-.

Solo recibió un empujón más fuerte como respuesta. Siguieron caminando a buen ritmo durante al menos 1 hora más, pero la distancia que recorrieron le fue incierta a Boromir. De pronto se detuvieron ante otros dos hombres que estaban vestidos de igual forma, los cuales les preguntaron algo a los del grupo. Uno de estos les contesto con voz firme y autoritaria, y los dos guardias, eso eran, se abrieron para dejarlos pasar.

-(Deja al prisionero allí y quítale la venda de sus ojos) -ordeno la misma voz-. (Lo interrogaremos luego)                               

El imperial fue llevado hasta una pequeña jaula construida con finos troncos de ROBLE, donde le sacaron la seda del rostro y lo arrojaron al suelo. El guardia cerró la puerta tras de sí, y se sentó en un tocón de un árbol cercano para vigilarlo.

Le llevo unos minutos acostumbrar su vista a la luz, pues varias fogatas iluminaba el lugar. En cuanto recobro ese sentido pudo descubrir lo que lo rodeaba. Se encontraba en un pequeño campamento donde estaban asentados Los Encapuchados. Había varios de ellos, 3 decenas, quizás 4, cada uno vestido con la misma túnica verdosa que los camuflaba con el entorno forestal. No eran hombres ni hombres-bestia, tampoco orcos. Eran Bosmer, elfos pequeños y delgados, orgullosos de su conexión especial con la naturaleza. Hablaban en su propio lenguaje, aunque a veces se oía alguna exclamación o insulto en lengua común cuando notaban que Boromir los observaba. Entre ellos también había mujeres jóvenes, que parecían estar en el mismo nivel jerárquico que sus compañeros masculinos. Una preparaba la cena en una olla de gran tamaño, mientras otro reducido grupo vigilaba el ciervo que asaban en el fuego. No había tiendas de acampar, si no que Vivian en unas pequeñas casitas construidas en lo alto de los árboles que los rodeaban. Para subir hasta ellas debían hacerlo por una escalera, la cual retiraban cuando todos los ocupantes habían escalado, para evitar sorpresas. Al final de las mencionadas escaleras, se encontraba la plataforma sobre la cual estaba construida la casa, desde donde los elfos se paraban para observar el horizonte. Dentro de estas casas, que no tenían ventanas ni muebles, había suficiente espacio para que 3 elfos acostados de forma ordenada pudieran descansar cómodamente.

 Luego de un par de horas, en las que Boromir pensó mucho en su amigo y sobre donde estaría, los Bosmer se sentaron en los pequeños troncos que hacían de bancos alrededor del fuego y comieron  lo que les había llevado tanto tiempo cocinar. El ambiente era de alegría y festividad, como acostumbran a hacerlo la mayoría de los elfos, a excepción de los Dunmer. Algunos danzaban, otros cantaban y algunos más aplaudían o se reían en grupo. El imperial, que estaba hambriento y sediento, decidió desviar su mirada de la comida e intento dormir un poco.

 

 

Los primeros rayos del sol comenzaron a aparecer sobre las montañas cuando Aenar comenzó a investigar la zona en busca de huellas que indicaran la dirección por la cual se llevaron a su amigo. Se arrastró por alrededor durante un tiempo, y solo pudo hallar pequeñas marcas que salían desde dentro de la tienda hasta el límite del bosque, como si alguien se hubiera arrastrado alejándose de la batalla. Sin embargo, estas marcas se detenían abruptamente junto a otras huellas más suaves, hechas al parecer por un par de personas mucho más pequeñas y ligeras.

-Esto es todo lo que tengo -se dijo a sí mismo, confundido-. Las huellas llevan a esa otra parte del bosque, pero no sé si Boromir viaja con ellos. En todo caso, quedarme aquí no solucionara nada.

No tardo en tomar la decisión de buscar a su amigo o largarse de allí, Aenar quería mucho a sus familiares, y aunque Boromir no era uno de ellos, así lo había tratado siempre .Enseguida se puso manos a las obras, las huellas no durarían para siempre, y además el rastro comenzaba a borrarse por el fuerte viento que se había levantado en la noche, pero aún era visible para un ojo experimentado como el del nórdico, que se había acostumbrado a esto en los bosques cercanos a Anvil. Varias veces perdió la dirección, pero luego de buscar minuciosamente volvía a encontrar las huellas y reanudaba la marcha.

-Las pisadas son suaves pero muy firmes, parecen dirigirse a un lugar específico y conocido -pensó Aenar observando las marcas en el suelo-.

Luego de adentrarse en el bosque más de lo que esperaba, al fin oyó voces que venían del norte, no muy lejanas. Permaneció inmóvil durante unos segundos, intentando descifrar lo que decían, pero lo único que entendió fue la palabra imbécil. Se acercó sigilosamente hasta allí, flanqueándolos por el este, ocultándose detrás de los árboles y haciendo el menor ruido posible. Así, llego a una empalizada circular, de no más de 3 metros de alto, construida con troncos de árboles, y pudo ver a los 2 guardias que había oído hablar antes. Uno de ellos tenía puesta la capucha sobre la cabeza, pero el otro no, permitiéndole así a Aenar reconocer que se trataba de elfos por sus orejas puntiagudas.

<<Estos deben ser los encapuchados>> penso. <<Tengo que encontrar una forma de entrar en el campamento sin que me detecten>>                                                                                                                                             

Camino agazapado junto a la empalizada, en dirección contraria a la ubicación de los guardias, en busca de algún hueco o fallo en la construcción de la improvisada muralla. La rodeo por completo, hasta llegar nuevamente a ver a los guardias desde el otro extremo, pero no encontró forma alguna de colarse allí, y decidió entonces alejarse por un momento del campamento para descansar y razonar sobre la situación. La idea más brillante que se le vino a la mente fue la de hacer un pequeño agujero o túnel junto a la empalizada y pasar así por debajo de ella. Como se darán cuenta, la inteligencia no era justamente lo que distinguía a Aenar, pues no disponía de las herramientas necesarias para hacerlo ni del tiempo que le llevaría llevarlo a cabo. Finalmente, en un momento de claridad, descarto esta opción.

El nórdico estaba tan concentrado, en silencio e inmóvil, que sin advertir su presencia, una ardilla paso junto a él y se detuvo en frente, a tan solo unos pasos. Aenar la miro, sorprendido. El pequeño roedor parecía estar buscando comida, yendo de un lado a otro en pequeñas ráfagas de velocidad. Aenar no le despego la mirada y este llegó así hasta uno de los arboles más altos, cercano a la empalizada, y se detuvo cuando vio a una paloma arreglando su plumaje sobre una de las viejas ramas, ubicada al otro lado de la empalizada, y luego de acercarse sigilosamente hasta una distancia prudente, dio un salto y logro capturarla justo antes de que emprendiera el vuelo. Desafortunadamente para el roedor, al impactar con el ave, perdió el equilibrio y cayó al suelo, golpeando secamente contra el suelo, justo a un lado del muro, pero del lado opuesto al de Aenar. Aun así, pudo levantarse con su presa y huir a su madriguera.

-¡Eso es! -exclamo- ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¿Para qué intentar pasar por debajo si puedo utilizar los árboles para hacerlo por arriba?-

Así fue que, invadido por una nueva ola de entusiasmo, se incorporó de su descanso y comenzó a escalar como lo había hecho la pequeña ardilla, aunque obviamente, sin la misma rapidez y agilidad. Haciendo un gran esfuerzo físico y mental, pues cada vez se encontraba a una altura mayor, alcanzo una rama que estaba casi al mismo nivel que el extremo superior de la empalizada. La rama parecía frágil y era imposible predecir si aguantaría el peso de Aenar, pero esto no detuvo al joven, que armado de valor y fortaleza, se acostó boca abajo sobre ella, con sus piernas colgando una a cada lado, como si estuviera montado sobre un caballo. Por ahora, la rama no mostraba indicios de estar por quebrarse. Se deslizo hacia adelante impulsándose con la fuerza de sus brazos y piernas, mientras que manteniéndose inclinado hacia su pecho intentaba no perder el equilibrio. Repitió este procedimiento agotante hasta llegar a solo 1,5 metros de la empalizada, pero, preocupado, noto que la rama se hacía muy fina delante de él y no podía seguir acercándose. De pronto, escuchó un sonido parecido al crepitar del fuego, luego un crujido, y por último sintió como la rama en la que colgaba estaba a punto de quebrarse a la mitad. Desesperado, se paró rápidamente sobre ella distribuyendo su peso y justo antes de que cayera al piso, saltó hacia adelante en un último intento obligado por alcanzar la improvisada muralla de madera. Por un instante creyó que se iba a estrellar contra el suelo luego de que sus manos no encontraran nada a lo que aferrarse, pero afortunadamente la manga de su camisa se atoro en un clavo que sobresalía de la empalizada, unos centímetros por debajo del extremo superior. Sorprendido y agradecido por su gran fortuna, estiró el otro brazo y pudo agarrarse del borde, y unos segundos después, se arrojó sobre una pila de troncos apilada al otro lado. Se incorporó algo dolorido y giro sobre sí mismo para quedar de espaldas a la muralla, preparado para rescatar a su amigo, pero, sin siquiera poder reaccionar, vio como alguien lo golpeó fuertemente en la cabeza con un mazo de madera antes de quedar inconsciente.

 

 

-Eh tú, levántate- le dijo el guardia a Boromir -El jefe quiere hacerte unas preguntas-.                                                        

Ya era de dia nuevamente. Un dia soleado y bastante calurososo. Los pajaros cantaban y trinaban en cada arbol a su alrededor. El imperial estaba durmiendo profundamente, después de quedarse hasta tarde pensando en su amigo. Se desperezo y siguió al guardia hasta el centro del campamento, junto a la hoguera donde habían cenado todos ayer. Los esperaba un elfo más alto que los demás, sentados en un tronco, afilando una daga de preciosa decoración.

–(Déjanos solos) -ordeno al guardia. Luego le indico a Boromir que se sentara frente a el-. ¿Quién eres y por qué acampas en nuestro territorio? -le pregunto en su lengua-. No muchas personas transitan por este camino.

-Mi nombre es Boromir, vivo en Anvil, pero estoy viajando en dirección a Skyrim. Desafortunadamente, perdí la carreta que me llevaba hasta allí y un mercader me indico que podía venir por aquí, espero no haber hecho nada malo.-

-¿Y por qué vas hacia allí? ¿Viajas solo? -pregunto con brusquedad-.

El joven imperial pensó por instante que respuesta debía dar, pues no quería comprometer a Aenar. Finalmente, luego de que repitiera nuevamente la pregunta, contestó afirmativamente.

-No me gusta la compañía, soy un hombre solitario -se excusó-.

-Ya veo -contestó el otro moviendo su cabeza arriba y abajo a modo de aceptación-. Yo también soy una persona individualista. Te preguntaras entonces que hago  rodeado de tanta gente ¿verdad? La respuesta es que rara vez salgo de mi casa arbórea, y cuando les hablo a los demas ellos tienen tanto respeto por mi que solo obedecen, nunca responden. Pero no hablemos de mí -pidio-, no soy importante. Aun no me has contestado porque viajas hacia Skyrim.

-Voy a visitar a un familiar, hace tiempo que no lo veo

-Extraño momento has elegido para hacerlo -le dijo burlonamente-. Hay rumores de que está a punto de librarse una guerra entre esos apestosos nórdicos

-Cómo has dicho, deben ser rumores. En todo caso puedo llegar a hablar de forma diplomática con ellos.

-Jaja, te estas burlando de mí. No, no me digas que no, lo estás haciendo -dijo y se puso de pie-. Ven, sígueme, tengo algo por aqui que quizás te interese.

Lo llevo a través del campamento hasta una cueva formada en la ladera de la montaña, apenas afuera del límite de la empalizada. La entrada estaba cubierta por una gran roca, y era custodiada por otros dos guardias, que desbloquearon el acceso a medida que se acercaba el jefe. Adentro estaba húmedo y casi a oscuras, iluminado solo por un rayo de luz que se colaba diagonalmente por un hoyo en el techo. La sala, podría decirse así, estaba tal como se había formado naturalmente, incluso las paredes de roca lisa y la caída continua de gotas de una lluvia pasada le daba un ambiente sombrío y claustrofóbico. En primera instancia Boromir no vio nada fuera de lo común, pero lentamente fue distinguiendo una forma en el centro de la cueva, que le fue llamando cada vez más la atención, hasta que finalmente descubrió que se trataba de una persona de rodillas. No pudo ver el rostro ni el contorno de la cabeza, pues tenía una bolsa de arpillera que la cubría totalmente. Por los músculos de los brazos y el torso supo que era un hombre, cuyas manos estaban amordazadas en su espalda.

-Este es uno de los bandidos que ataco tu campamento, el único que sobrevivió de ellos. Lo interrogamos antes que a ti y nos ha dicho que su banda planeaba pedir rescate a tu familia a cambio de tu supervivencia. Como imaginaras, dentro de mi campamento no se tolera delito alguno, así que esta basura, no animal ni salvaje como lo llaman ustedes, sino una basura, será decapitado este mismo día. ¿No te importa verdad?

-Para nada -contesto vagamente el imperial-. Quiza es lo que se merece.

-Cierto, todos recibimos lo que merecemos al fin y al cabo.  Ya que estamos aqui, dejare que tu le pongas fin a su vida en este momento -dijo el jefe sacando la daga que estaba afilando junto al fuego antes de que Boromir fuera llevado hasta él-.

Luego le entrego la daga al imperial y le indico que se acercara al bandido.

-¿Quieres decirle algo antes de que muera?-

-Si, deseo hacerle solo una pregunta. Pero por favor, quítale la bolsa de la cabeza, quiero verle a la cara-.

-Como gustes -contesto el jefe y tiro de la bolsa velozmente, destapando el rostro del indefenso hombre-.

Era Aenar. Boromir sintió como si todo Tamriel cayera sobre sus hombros, sabiendo que ahora no tendrían forma de escapar. Miró con lastima a su amigo, que se encontraba con la cara ensangrentada y cubierta de cortes por los golpes que le propinaron los guardias. Aenar levanto la cabeza y lo observo, esbozando una sonrisa nerviosa.

-Adelante, Boromir. Hazle al bandido la pregunta que deseabas-.

El imperial no supo que decir. Su mente se debatía entre decirle la verdad al elfo sobre Aenar o aprovechar el momento de soledad con el y hundirle su propia daga en el pecho. De todas formas, seguramente con ambas opciones acabarían los dos muertos. Debía luchar o arriesgarse a que el jefe se apiadara de ellos. Boromir se decidio por la diplomacia.

-No le hare ninguna pregunta, pues él no es uno de los bandidos que me ataco -explico ante la mirada atenta del jefe elfo-. Lo sé …lo sé porque él viajaba conmigo. Su nombre es Aenar, el es mi amigo.

-¿Es…es tu amigo? -pregunto indignado-. Entonces me mentiste maldita basura.

-Si, mentí. No quería que sepan que Aenar todavía andaba por allí porque irían a buscarlo. No podía permitir que también atrapen a él.

-¿Qué motivo hay, pues, para descartar que seas otro bandido? Uno que quiso escaparse de ellos y por eso intentaron vengarse de ti.

-Te doy mi palabra de que no soy un bandido. Dije la verdad sobre de dónde vengo y hacia dónde voy. Vamos a Skyrim, a buscar a sus padres, antes de que se desate la guerra civil.                                                                                                                               

El elfo se quedó en silencio, caminando de un lugar a otro de la cueva, pensativo. Finalmente, se detuvo de pronto, y empuñando su daga con ambas manos dijo: -No puedo dejarlos ir. Conocen el lugar de nuestro campamento, y eso podría llegar a exterminarnos a todos si alguien inadecuado se entera.

-¡No se lo diremos a nadie! Además solo sabemos que está cerca del bosque que lleva al Paso de Pale, desconocemos su ubicación exacta.-

-No puedo creer ya en su palabra. Pero hay una cosa que aprecio más que cualquier otra, la lealtad. Esa lealtad que tú has mostrado con tu amigo es la que quiero ver en cada hombre, mujer y niño de nuestro pueblo, pero desafortunadamente no es así. Por eso es que no los matare ahora. (¡Guardias! Abran la puerta y lleven a los dos prisioneros a su prisión) -grito en su propio lenguaje-.

Luego, mirando a Boromir y Aenar dijo -Volveremos a hablar más tarde, no hemos terminado.

Los dos guardianes de la puerta entraron a la cueva.                                                                                                                       

- ¡Vengan aquí, bastardos!- les grito uno mientras los zamarreaban y los empujaban hacia afuera. Los llevaron arrastrados hasta la jaula donde estaba prisionero Boromir y los dejaron a ambos allí dentro.

-¡Disfruten de su ultimo día! Al amanecer acabaremos con ustedes dos, Jajaja.-                                                                              

-¿¡Que!?¡No pueden hacernos esto, no somos bandidos!  -grito desesperado el imperial-.                                                      

-Calmate, amigo. No vale la pena malgastar lo que nos queda de tiempo gritando y suplicando.-                                                                                                                           

-¿Qué dices, Aenar? No podemos rendirnos sin más, debemos intentar hacer entrar en razón a estos elfos o escaparnos de aquí.                                                                             

-He visto todo su campamento desde lo alto de la empalizada, y créeme, no hay forma de salir sin su autorización. La puerta está vigilada, y esos que están allí, en esas casas aéreas tienen una visión  de 360 grados. No hay esperanza para nosotros.

Boromir, desanimado, agacho la cabeza. Tenía ganas de correr de allí, regresar a su casa y acabar con esta pesadilla. Pero solo se quedó sentado en aquel lugar, en silencio.                                                                                                                  

Lentamente el día fue acabándose, y la noche llego con una lluvia a cantaros. Apenas les dieron agua en un cuenco que parecía haber sido usado para alimentar al ganado. No hubo comida para ellos. El guardia que custodiaba les echaba en cara la porción de carne que comía masticando fuertemente y haciendo exclamaciones como >> ¡Qué bueno esta esto, deberían probarlo!<< o >> ¿están seguros que no quieren un poco? ¿No? Como quieran, ¡tendré que comérmelo todo yo!<<.Luego reía y bebía sin parar.

Aenar dormia plácidamente, como si no le importase que fuese el ultimo día de su corta vida, mientras que Boromir caminaba de un lado a otro dentro de su celda pensando en cómo harían para salir de allí. Hacía ya un rato que todo estaba en silencio, incluso el guardia parecía haberse cansado de bromear y molestar a los prisioneros. De pronto el imperial diviso a alguien que se acercaba, una sombra, alguien vestido con la túnica de los elfos, pero con un toque más oscuro y misterioso.                                                    

 Esta persona se acercó  muy lentamente y sin provocar el más mínimo sonido por detrás del guardia, y cuando estuvo a solo unos pasos de él, saco de entre sus ropas un trapo que parecía estar húmedo. De súbito, agarro al guardia por el cuello y le coloco el trapo en el rostro, provocando que este cayera al piso, inerte. Sin perder tiempo, reviso entre la ropa del guardia caído y encontró la llave con la cual abrió la puerta de la celda.

-Apresúrense -les dijo-. ¡Síganme!

-¿Quién eres? ¿Has matado al guardia? -pregunto el imperial-.

-No lo mate, solo inhalo la cantidad suficiente de veneno para desmayarse. No hay tiempo para charla ¡vamos, vamos!-                                                         

Boromir y Aenar, que se había levantado un poco confundido, siguieron al extraño a través del campamento. Era sorprendente lo veloz y lo silencioso que era su andar, desplazándose de sombra en sombra. Al poco tiempo llegaron hasta la puerta, y vieron que aún seguía vigilada por un par de guardias. Pero esto no fue un impedimento para su misterioso salvador, pues le atino en las piernas a cada uno con una flecha rociada con el mismo somnoliento veneno. Luego de atravesar la puerta, el sujeto los guio a través del bosque a pesar de que estaba casi a oscuras, hasta llegar más allá del límite norte del mismo.

-Ahora podrán seguir su rumbo hacia Skyrim- les dijo mientras se sacaba la capucha.

-¿¡Tú!?­­- pregunto Boromir sin poder creer lo que veía. -¿por qué nos ayudas a escapar de tu propia gente?-

-Ya te he dicho que lo que más valoro en este mundo es la lealtad- le contesto el jefe elfo- Además, ni bien te vi, algo en tu rostro me dijo que tu destino está ligado al de todos nosotros, y mi intuición rara vez falla.

-¿Qué quiere decir con que mi destino está ligado al de todos? -inquirió el imperial-.

-No hay tiempo para esa respuesta. Aquí tienen agua y comida para el viaje -dijo sacando una bolsa y un odre con agua-. Debo regresar rápido al campamento antes de que alguien descubra que los ayude a escapar. Pero primero debo pedirles un único favor-

-Lo que sea, díganos-

-Jamás regresen- contesto colocándose nuevamente la capucha y emprendiendo el regreso antes de que los amigos pudiesen siquiera darle las gracias.                 


Editado por francom95, 12 June 2015 - 10:26 PM.




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A Bragol. Tus amigos te echan de menos.