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Hilo de relatos basados, inspirados y adaptados a TES


9 respuestas al tema

#1 Acechadora

Acechadora

    Katniss Everdeen

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  • 1201 posts

Posteado 07 March 2014 - 02:03 PM

Este tema es para ir publicando los relatos cortos originales que voy escribiendo, aquellos que están inspirados en otros relatos o ideas y aquellos que voy adaptando de otros autores al universo TES. Siempre me encantó detenerme y leer los libros, cuentos y relatos en los juegos The Elder Scrolls y siempre he pensado que le daría un empujoncito a la inmersión que existieran una buena variedad de relatos que hablaran de aventuras, dramas, terror y comedia ya pasados y con los que el jugador nada tiene que ver, de forma que quede bien patente que el jugador es solo un individuo más en una universo lleno de historias, y que no todas tienen porque girar en torno a él o escribirse según sus actuaciones. Cuando buscaba mods que añadieran nuevos relatos, siempre encontraba o bien contenido en inglés o bien relatos de diversos autores sin haber sido previamente editados y adaptados al universo TES, por lo que al final me decidí a ponerme con ello como un apartado más. Así pues, estos relatos tienen como finalidad ser incluídos en un macromod para en el que estoy trabajando, pero primero prefiero ir colgándolos por aquí para quien quiera los pueda leer y hacer las críticas constructivas que considere oportunas.

 

Igualmente quiero utilizar este hilo como llamamiento este para que cualquiera comparta sus relatos basados, inspirados o adaptados al universo TES o comparta enlaces si ya los ha publicado en otro hilo o sección del foro. De igual manera agradecería que sus autores incluyeran su permiso si así lo consideran oportuno para poder añadir dichos relatos a mi mod, de forma que la colección final añadida pueda ser lo más variada y rica posible.

 

De antemano dar las gracias a agnir, sin cuyas traducciones incluídas en los hilos de Historias de Tamriel y Libros Daggerfall no tendría de antemano una rica variedad de nuevos libros que añadir. Sin ninguna duda podría decir que los relatos incluídos en este hilo son tan solo un complemento del genial trabajo de agnir ^^

 

Siguiendo su esquema, usaré un mensaje distinto para cada relato para que queden ordenados, diferenciados y estructurados, espero que a ningún moderador le moleste y a quien lea alguno, me conformo con que no se muera del todo del aburrimiento :wahwah:

 

 

Añado varios mapas para que cualquiera se pueda orientar y situar localizaciones cuando así lo necesite, ya que a lo largo de muchos relatos se nombran muchos lugares distintos:

 

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EL ALTO ELFO

 

(Adaptación del relato "El Terrible Anciano" de H.P. Lovecraft a TES.)

 

Fue la idea de Jellius, Khorko y Zatok hacer una visita al Alto Elfo. El elfo vive a solas en una casa muy antigua del Distrito del Templo de la Ciudad Imperial próxima a los establos, y se le conoce tanto por sus amplias riquezas como su actitud solitaria y reservada… lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de estos tres individuos, pues su profesión era nada menos digno que la obtención de lo ajeno mediante diversos métodos.

 

Los vecinos de la Ciudad Imperial dicen y piensan muchas cosas acerca del Alto Elfo, cosas que, generalmente, le protegen de las atenciones de individuos como Jellius y sus dos escoltas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta riquezas de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable casa. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer vivió en Morrowind durante su peor época. Es tan longevo que nadie recuerda cuando fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. La vegetación del jardín situada a la izquierda de su casa se ha marchitado y muerto, al igual que la propia tierra, ahora de un color oscuro y tétrico, más propio de las baldías tierras de Morrowind. Semejante panorama ahuyenta a la mayoría de chiquillos que gustan de burlarse de su altura, del color dorado de su piel, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con improvisados proyectiles.

 

Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones ven ir y venir al Alto Elfo, siempre en plena noche, por los alrededores de la Ciudad Imperial totalmente a oscuras. Quienes le han visto en una de estas caminatas, acechando entre la oscuridad, no se les ocurre volver a verlo más. Pero Jellius, Khorko y Zatok no eran naturales de la Ciudad Imperial. Jellius habia sido expulsado hacía ya tiempo de Carrera Blanca por sus múltiples maquinaciones ajenas a la ley. En cuanto a los dos orcos, Khorko y Zatok, habían ido dando tumbos por todo Tamriel como matones y lacayos desde que mataron a su primera víctima con sus manos desnudas. Ninguno de los tres vio en el Alto Elfo nada más que una víctima indefensa, un frágil elfo tan cobarde como el resto de la clase alta, sin ningún amigo ni nadie a quién pudiera importarle su suerte lo más mínimo. A su manera se compadecían de tan solitario e impopular individuo, a quienes todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia.

 

Jellius, Khorko y Zatok eligieron una próxima tormenta a medianoche para efectuar su visita. Khorko y Zatok se encargarían de entrar en la casa y convencer al Alto Elfo para que revelara la ubicación de sus riquezas, mientras Jellius se quedaba vigilando a unos diez metros de la hacienda cerca de uno de los grandes portones de entrada y salida de la ciudad, bajo la estruendosa lluvia oculto entre las sombras, vigilando cualquier silueta que pudiera aparecer a cualquier lado de la calzada, lo cual parecía cuanto menos improbable, pues cuanto más avanzaba la noche mayor era la voracidad de la tormenta.

 

Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar levantar posibles sospechas. Khorko y Zatok se encontraron en el Distrito del Templo junto a la puerta de entrada a la casa del Alto Elfo, y aunque no les gustó como se reflejaban los destellos de luz de los incesantes relámpagos en la tierra muerta que rodeaba la casa, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea prolongada hacerle soltar la lengua al Alto Elfo, pues los naturales de la isla de Summerset son particularmente testarudos y orgullosos. Ambos orcos eran expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un elfo no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon como el Alto Elfo se preparaba para uno de sus misteriosos viajes nocturnos. Se cercioraron de que la calzada estuviera completamente vacía de miradas indiscretas y llamaron con delicadeza  en la descolorida puerta de roble.

 

La espera le pareció muy larga a Jellius, que se agitaba inquieto bajo el enorme portón a la espera de los dos orcos para ir hacia los establos y marcharse en sus corceles lo antes posible de la ciudad. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído provenientes de la casa minutos después de la hora escogida para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con cuidado al solitario y marchito Alto Elfo? Presa de los nervios observaba la estrecha puerta de roble que permanecía inmóvil minuto tras minuto. Comenzaron a surgir en su mente preguntas por la razón de semejante retraso. ¿Había muerto el Alto Elfo antes de revelar donde ocultaba sus riquezas, y habría sido necesario proceder a un registro completo? A Jellius no le gustaba nada esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en la puerta de la casa, oyó como alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumbroso pastillo, y vio como se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor de los relámpagos centelleantes que alumbraban la calzada aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra hacienda que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Alto Elfo que avanzaba con aire tranquilo y sonrisa maligna. Jellius no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que eran amarillos.

 

Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en la gran ciudad. Tal es el motivo que los vecinos de la Ciudad Imperial hablasen durante un tiempo de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados y triturados, que la marea arrojó a Waterfront. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como los tres caballos abandonados en el establo de la ciudad, o de ciertos gritos harto inhumanos, probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el Alto Elfo no prestaba la menor atención a los rumores, pues era reservado por naturaleza. Aún así, comenzó a ser ligeramente más sociable. Aunque seguía apareciendo públicamente solo por la noche, llegó a relacionarse con otras personas ingresando en una pequeña Orden, e incluso llegó a congeniar levemente con Phintias, el vendedor de libros local, quién le ayudó a informarse sobre los dos últimos miembros de la familia Jenserie, hermanos, a saber; Roland y el recientemente desaparecido Jellius.

 

 

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Editado por Acechadora, 12 March 2014 - 05:24 PM.

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#2 Acechadora

Acechadora

    Katniss Everdeen

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Posteado 07 March 2014 - 02:07 PM

LA ORDEN DE SELEFAI

 

(Inspirado en TESV: Skyrim y en el mod "Bag of Holding" (Bolsa de Contención) para TESIV: Oblivion)

 

Hay una historia que pasa de generación en generación, que los padres de Skyrim cuentan a sus hijos mientras les arropan en sus camas, para entretenerles y para prevenirles sobre algunos de los peores demonios del hombre. Estos demonios no son criaturas palpables de tenebrosas alas y afilados colmillos y garras, sino que se encuentran en nuestro interior y contra los que tenemos que luchar a diario: la avaricia, el orgullo y la soberbia son solo algunos de ellos, y lo peor de todo, es que tienen el poder de ocultarse incluso bajo nuestras mejores acciones.

 

La Orden de Selefai posiblemente fue de las primeras órdenes de caballeros de Tamriel, con unos ideales firmes, pronto se convirtieron en una élite de paladines diestros, protectores de la paz y la justicia, que atesoraban grandes riquezas y gozaban del cariño y del amor del pueblo. Pero esa época había pasado ya, pues el tesoro que más ansiaban poseer permanecía oculto en las sombras en algún lugar del continente, y su fanática persecución había prácticamente extinguido la Orden, ahora reducida a un puñado de antiguos grandes caballeros venidos a menos.

 

Al parecer el objeto en cuestión buscado desde la fundación de la Orden se trataba de un poderoso artefacto mágico oculto bajo la forma más mundana posible. Se trataba de una simple bolsa, aunque simple solo en apariencia, puesto que lo que la caracterizaba y distinguía como única es que se trataba de lo que la Universidad Arcana denominaría como “Bolsa de Contención”. El poder de la bolsa de contención reside en ser un contenedor sin fondo, en él se pueden guardar todo tipo de objetos de todas las naturalezas y tamaños y sin embargo permanecer tan ligera como si estuviera vacía. Un prodigio mágico, que por alguna razón, había cimentado el propósito de la Orden de Selefai.

 

Tras una larga campaña de varios años a lo largo y ancho de Tamriel, de los más de cincuenta integrantes iniciales de la Orden solo cinco paladines proseguían con la búsqueda. Un par de monedas de oro convenientemente regaladas al vagabundo de la ciudad les había brindado la información necesaria, la cual les había llevado a unas ruinas en algún punto al norte de WindHelm en la provincia de Skyrim, unas ruinas que servían de madriguera a un poderoso draco negro, primo de los antaño desaparecidos dragones. Los nombres de estos cinco personajes se han perdido en la historia, pero si se sabe que entre ellos estaba el fundador de la Orden de Selefai, un imperial. Los otros cuatro eran: un alto elfo experto en magia, un nórdico amante de las grandes hachas, un elfo oscuro diestro en el uso de dagas y espadas cortas y otro imperial que nunca se separaba de su ballesta.

 

La épica batalla que estos cinco caballeros libraron contra el draco entre las ruinas hizo retumbar y por momentos resquebrajar la propia montaña sobre la que se encontraban. El eco de los enormes bloques de piedra precipitándose alrededor de los paladines retumbaba en los alrededores, como si los Nueve Divinos hubieran elegido el patio de aquella remota ruina como lugar para resolver todas sus diferencias. La Orden de Selefai había conocido ya muchas veces el clamor de la batalla, y había visto muchas veces la sangre del enemigo y la suya propia vertida sobre todo tipo de campos de batalla, desde la nieve hasta el desierto, desde la hierba hasta la ceniza.

 

Las heridas del draco pronto se hicieron evidentes, sobre todo cuando el elfo oscuro se encaramó sombre su cabeza y comenzó a usar una amplia variedad de cuchillos y espadas cortas para apuñalar sus puntos más sensibles mientras el resto del grupo atacaba por todos los flancos. Por desgracia la respuesta del draco fue desplegar sus impresionantes alas y emprender el vuelo hasta más allá de las nubes, con el dunmer a lomos. Segundos después de entre las nubes apareció una figura humanoide en plena caída libre, y tras él, la figura de la aterradora monstruosidad. El elfo oscuro no tuvo ninguna posibilidad, pues recibió en el aire un baño de llamas proveniente del aliento de fuego de la titánica criatura, y su cuerpo en llamas se precipitó perdiéndose en el valle varios cientos de metros más abajo.

 

El combate prosiguió y el monstruo pareció flaquear en varios momentos, lo cual, unido a la sed de venganza ante la caída de su compañero, propició que el nórdico lanzara un ataque frontal hacia el morro de la bestia con su gran hacha de doble filo. Los primeros segundos de este arrebato de bravura causaron profundas heridas en el rostro del draco, pero la pesada hacha tardaba en ser blandida de nuevo entre cada ataque, pues el cansancio había hecho mella incluso en el fornido cuerpo del nórdico. En una de estas breves pausas el dragón le golpeó con el morro haciendo que se precipitara sobre la nieve, y con una fiereza y facilidad inusitadas que solo la experiencia y la práctica pueden engendrar, el monstruo y sus mil dientes rindieron cuentas del sabor de la carne nórdica.

 

Fue en este momento que el poder combinado de varios virotes atravesando la garganta del draco, unidos a la espada del fundador de la Orden hundiéndose en su estomago y unidos a toda la potencia eléctrica que surgía del bastón del altmer hicieron que finalmente, tras una apocalíptica batalla, el corazón de la criatura se detuviera y esta se desplomara sobre el patio de las ancestrales ruinas. Nada se pudo hacer por la vida del nórdico, pues sus restos ni siquiera eran reconocibles en la boca de la abatida monstruosidad.

 

Los tres supervivientes de la Orden de Selefai se adentraron en las entrañas de la ruina. No encontraron resistencia alguna pues a lo largo de incontables años nada había prevalecido ante la furia y el hambre del draco. Cada cámara que registraban parecía más vacía que la anterior, tanto que pronto la desesperanza se adueñó de sus corazones. Era una sensación que les era muy familiar, con la que habían convivido a lo largo de los últimos años. Fue al abrir la puerta de la última cámara cuando quedaron cegados por lo que allí encontraron.

 

La sala, de unos diez metros de ancho por otros diez de largo, estaba totalmente llena de montañas y montañas de monedas de oro, habría cientos de miles de ellas. Un estrecho corredor serpenteaba entre las montañas de oro hasta un pequeño altar, y allí, sobre él, una solitaria bolsa era único testigo de tanta riqueza. El fundador de la Orden no podía soportar tanta tensión, de un par de saltos se colocó frente a la bolsa, con cada uno de sus compañeros a cada lado, y tras abrir el recipiente, lanzó su espada dentro con la esperanza de que está no atravesara la bolsa y saliera por el otro lado. Y efectivamente, ante su asombro, la espada desapareció, y ni la textura ni el peso de la bolsa cambiaron lo más mínimo, pero cuando volvieron a abrirla, allí estaba su espada, totalmente intacta. La búsqueda había terminado.

 

Metieron todo el oro en la bolsa de contención y pusieron rumbo de vuelta a WindHelm. Allí gastaron parte del botín para comprar todo tipo de provisiones: comida, armas, armaduras, pociones, materiales, pergaminos… todo lo que un pequeño ejército pudiera necesitar durante un largo tiempo. Todo entraba sin problemas en el contenedor mágico. Tan práctico y cómodo era que los tres paladines introdujeron en él buena parte de su propio equipo personal, pues el viaje se vuelta parecía presentarse tranquilo y siempre cabía la posibilidad de sacar sus cosas de la bolsa si la situación lo requería. Los tres caballeros coincidieron en meter en una bolsa aparte la cantidad de mil seiscientas noventa y siete monedas de oro, una por cada día de búsqueda de la preciada bolsa de contención, como muestra de gratitud hacia el vagabundo que les había dado la información necesaria para lograr de una vez cumplir su gesta. Fue el fundador de la Orden de Selefai quien se acercó al sin techo mientras sus compañeros preparaban los caballos para partir. Tras sonreírle amistosamente e intercambiar unas pocas palabras le ofreció la bolsa de oro. El vagabundo, que jamás había visto tanta riqueza en su vida, se quedo totalmente petrificado por la emoción. Fue tras un par de segundos de tener la bolsa en sus manos, que rompió a llorar de alegría y se abalanzó sobre el paladín fundiéndose ambos en un enternecedor abrazo. Al caballero le costó hacer que pararan las muestras de gratitud a pesar de que sus compañeros le repetían una y otra vez que era hora de partir. Finalmente los tres se marcharon a lomos de sus corceles dejando atrás la ciudad de Windhelm.

 

La noticia de la visita de los últimos paladines de la Orden de Selefai se había extendido, y no solo entre los lugareños locales. Un grupo de bandidos se había apostado a las afueras de la ciudad, esperando el momento para atacar. Sabían que estos caballeros serían unos adversarios formidables, pero confiaban en que una emboscada bien planificada inclinaría la batalla de su lado. Por supuesto estos bandidos no suponían ningún problema para los tres experimentados aventureros, que además se dieron cuenta de su presencia cuando aún permanecían ocultos, así que decidieron aprovechar los escasos segundos de ventaja para sacar sus armas y pociones de la bolsa de contención. Fue cuando el fundador abrió la bolsa y echó un vistazo a su interior que su cara se torno de puro horror mientras miraba con ojos asustados al alto elfo. Era la primera vez que el altmer veía ese miedo en el rostro de su capitán, y también fue lo último que vio, pues varias flechas salieron de los setos que se disponía a incendiar en cuanto tuviera en sus manos su bastón, e impactaron clavándose en su pecho. Su cuerpo inerte se inclinó sobre el caballo mientras el otro imperial no paraba de gritar al maestro de la Orden que sacara y le diera de la bolsa de contención su ballesta. El fundador permaneció petrificado sobre su caballo con esa mueca de horror, y pudo ver como los bandidos hicieron caer a su compañero de su caballo y comenzaron a clavar sus espadas en su cuerpo mientras se retorcía de sufrimiento en el suelo. Su propia suerte no fue mejor, pues cuando se disponía a dar media vuelta y volver a la ciudad galopando sobre su caballo, se cerró en torno a él la emboscada y tras un instante de dolor extremo la oscuridad se cernió sobre él.

 

Se sabe que el vagabundo, que hasta ese entonces sobrevivía a base de hacer juegos de manos a los niños de la ciudad a cambio de algo de pan, compró una casa apartada a las afueras de la ciudad y llevo una vida placida y tranquila, tan tranquila que durante varios años permaneció en su cómodo retiro sin necesidad alguna de bajar a la ciudad a comprar provisiones, lo cual extrañó a los habitantes de WindHelm, pues nunca se le vio ni cultivando, ni cazando, ni pescando, pero sin embargo nunca pareció faltarle de nada.

 

En cuanto al grupo de bandidos, sacaron una buena tajada de aquel asalto, pues el cadáver del líder de los tres aventureros llevaba una bolsa con mil seiscientas noventa y siete monedas de oro.

 

 

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Editado por Acechadora, 07 March 2014 - 04:26 PM.

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#3 Acechadora

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    Katniss Everdeen

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Posteado 07 March 2014 - 02:12 PM

BAJO LAS ARENAS

 

(Inspirado en los mods Elsweyr: Deserts of Anquina, Tales from Eslweyr Anequina y Abandoned Village of Lily para TESIV:Oblivion)

 

Hay veces que la fortuna está de la mano de las especies y razas que habitan y pueblan las tierras de Tamriel, que sus maravillas están a simple vista de cualquiera con la suficiente curiosidad como para explorarlas, y que sus horrores permanecen ocultos y lejos de ojos y manos inquietas que puedan desatar las peores pesadillas. Pero lo peor de todo, es que también hay veces que la mente es incapaz de discernir entre maravilla y horror hasta que es demasiado tarde.

 

Algunos de los sujetos más escépticos y paranoicos aseguran que no es coincidencia que las tierras de Elsweyr sean las más desérticas de todo Tamriel, pues en sus delirios más profundos dan fe de que dioses anteriores a los Nueve Divinos cubrieron esa tierra de arena deliberadamente para enterrar y ocultar aquello que escapaba de su comprensión y de su control. Entre susurros algunos dicen que milenarias construcciones, de formas y arquitecturas cuanto menos desconcertantes, yacen erguidas en esas tierras desde mucho antes que los desiertos ocuparan Elsweyr, y que ya estaban allí mucho antes de la llegada de los Ayleids.

 

Pude llegar a conocer en mis viajes personalmente a uno de estos sujetos, un khajiit de aspecto bastante desgarbado, cubierto por una vieja túnica y capucha de color marrón desgastado, como si el descolorido tono de los ropajes fuera a juego con la desgraciada existencia de su taciturno dueño. Sus palabras resultaban frías, sin alma y de ellas se desprendía una denotada indiferencia hacía el mundo, como si quien las pronunciaba hubiera perdido toda esperanza y placer en la vida. Aquella actitud resultaba intrigantemente triste incluso para una taberna llena de almas melancólicas en una villa de intrascendentes granjeros y personas de muy limitados ingresos y muy limitadas esperanzas.

Al parecer el khajiit, cuyo nombre nunca llegué a saber, había formado parte hacía no mucho de una caravana de mercaderes y comerciantes que conectaba varias ciudades y pueblos de Cyrodiil con las ciudades de Dune, Orcrest y Corinth en Elsweyr. Sus conocimientos de las áridas y desérticas regiones del sur y sus habilidades como mercenario y explorador le habían valido un trabajo como escolta yendo y viniendo con estas caravanas.

 

Según comenzó a relatarme, aquel día el sol de mediodía brillaba implacable en un cielo totalmente despejado. El Khajiit me dijo que no podía recordar ningún viaje anterior donde el calor fuera tan apabullante, la arena ardía como si algo debajo de ella estuviera hirviendo y palpitando hacia la superficie, y las mentes trastornadas por el calor de los comerciantes y mercaderes de la caravana les impedía orientarse en sus mapas a pesar de mantener largas discusiones conjeturando sobre su paradero y rumbo.

 

Seguramente algunos de ellos estaban tan sofocados y mareados que pensaron que se trataba de una jugarreta de sus aturdidas mentes cuando el suelo a sus pies comenzó a temblar y convulsionarse de forma repentina. Varios pensaron que el suelo se abriría y los tragaría inmisericordemente, quizás como venganza después de tantos años saqueando sus entrañas para robar sus minerales y piedras preciosas con el objeto de enriquecerse, pero lo cierto fue que al cabo de unos segundos interminables el seísmo cesó repentinamente.

Tras comprobar que no había daños personales y que los daños materiales eran escasos, la caravana se puso de nuevo en marcha, y siguió adentrándose en el desierto con rumbo incierto en busca de cualquier cosa en el horizonte que les sirviera para orientarse.

 

Fue después de un par de horas deambulando cuando una peculiar silueta atrajo su atención, el único ápice de cambio en un mar de arena, una formación rocosa, un enorme túmulo de piedras amontonadas unas sobre otras, tan alto que proyectaba una sombra bajo la cual la caravana entera podía protegerse. Los comerciantes se encontraban con sensaciones encontradas y dispares, pues pese a que aquel peculiar monumento podía servirles como referencia para encontrar un rumbo hacia el que marchar, lo cierto es que ninguno de los integrantes pudo recordar haber pasado por aquel sitio jamás, ni siquiera los más veteranos que habían escogido hacía tiempo aquellas rutas como su forma de vida.

 

El khajiit me contó que él y otros dos escoltas se separaron de la caravana, que ahora descansaba al pie de la enorme formación, con el objeto de flanquearla para hacerse una idea de que podía ser realmente y que dimensiones podía tener. Después de varias horas, cuanto más lo rodeaban más incrédulos quedaban, ¿Cómo podía ser posible que jamás hubieran visto y ni siquiera hubieran sabido de semejante construcción, si ahora habían calculado que sus dimensiones eran comparables a las de la propia Ciudad Imperial? Aquella monstruosa edificación, que ni por asomo podía ser natural, ¿Quién la había construido?, ¿Cómo se había transportado aquella titánica cantidad de piedras y rocas a través del desierto? ¿Y para qué? Demasiadas preguntas y solo una posible respuesta: en la cara sur (o lo que suponía la extraviada caravana que debía ser el sur) parte de la enorme estructura se había deslizado, derrumbándose hacía poco tiempo en una mortal avalancha de épicas proporciones, tiñendo varios cientos de metros de desierto con rocas de todos los tamaños. Pero allí, como si por primera vez después de varios eones de letargo y silencio, se abría la boca de una caverna que se adentraba descendente en las entrañas de la tierra, mucho más allá de donde este océano de arena que nos rodeaba hubiera llegado jamás.

 

Al parecer los mercaderes más ambiciosos no tardaron en organizar una expedición, secundada por aquellos cuya curiosidad iba más allá de cualquier posible pensamiento de precaución. Los escoltas por su parte, con el khajiit como portavoz, se negaron rotundamente alegando que su responsabilidad no alcanzaba a una situación tan única como esta al tiempo que intentaban hacer desistir a los demás de organizar semejante temeridad y retomar su viaje a través del desierto en busca de alguna señal de civilización. No solo fracasaron en este intento, sino que además algunos de los escoltas, ante la promesa de sustanciosas sumas de oro por su colaboración, acabaron integrándose como parte de la expedición, lo que hizo que buena parte de los dubitativos finalmente se unieran también.

El khajiit y los pocos que no se habían sumado al objeto de adentrarse en aquella caverna levantaron un campamento a una distancia segura de cualquier posible desprendimiento en caso de un nuevo temblor y aguardaron con la mirada fija durante varias horas en la boca de aquella monstruosa estructura, pues a pesar de caer la noche durante su espera, los intentos por orientarse usando las estrellas fueron totalmente inútiles, pues pese a tener ciertos conocimientos sobre los astros fueron incapaces de dibujar ninguna constelación reconocible entre todas aquellas que poblaban el cielo y brillaban con fuerza inusitada aquella noche.

 

Fue a medianoche cuando vislumbraron la silueta de uno de los hombres de armas bajando cuidadosamente por la escarpada pendiente. Según les contó, bajo sus pies se encontraba una inmensa red de cavernas, de arquitectura y formas maravillosas, abriéndose enormes corredores en salas y estancias aún mucho mayores, con grandes paredes esculpidas en negro azabache, decorado por millares de relieves y grabados primigenios, de una geometría y belleza perfecta e impoluta, como si el tiempo no hubiera pasado nunca en aquella subterránea megalópolis. Según parecía se trataba de un hermoso y afortunado hallazgo, pues los hombres habían empezado a encontrar una serie de artefactos, cuyas formas y colores no se parecían a nada visto antes en ninguna de las regiones de Tamriel. El tono en la voz del escolta no hacía disimulo alguno en mostrar su asombro y encanto por todo lo que sus ojos habían visto en aquellas ruinas, como si la Ciudad Imperial tan solo fuera un mero dibujo primitivo en comparación con las maravillas que habían guardado celosamente todas estas rocas durante tanto tiempo. ¡Y solo habían llegado a visitar las primeras cámaras de una inmensa red de enormes pasadizos y estancias!

 

Según las vagas palabras del khajiit, a partir de ese momento esa nube de entusiasmo, de emoción y de atracción hacía toda la belleza milenaria que habían descubierto se torno en una neblina en la que los recuerdos y emociones vividas durante aquellas horas son difusas y muchas veces incoherentes. Quizás las débiles mentes de los habitantes de Tamriel no estaban preparadas para lo que encontraron al profundizar en aquel laberinto de formas imposibles, pues se sabe que los primeros en bajar a los niveles inferiores volvieron balbuceando cosas que quienes oyeron no se atrevieron a compartir con los demás. El khajiita solo recuerda que aquellos que bajaron estaban maravillados por lo que habían visto, que continuarían maravillados cuando llegaron al fondo de aquella ciudad de los tiempos, y que aún seguirían maravillados cuando los pocos supervivientes que lograron volver a la superficie comenzaron a amontonar de nuevo rocas y piedras a toda prisa para sellar de nuevo para siempre la entrada a aquella urbe de ensueño y de pesadilla.

 

Para ser sincero, había dado poca o ninguna credibilidad a todo lo expuesto por aquel sujeto, que se había mantenido igual de frío e insensible desde la primera hasta la última palabra de su relato. Quizás fuera por ello que en cierto tono burlón le dijera al terminar:

 

“¡Vaya, es toda una suerte entonces que tú fueras de los que lograron escapar!”

 

Fue entonces cuando ví en su mirada, tan gris y vacía como simple y sincera, el reflejo de la verdad:

 

“Yo no logré escapar, nadie lo logró.”

 

Y ante mi mirada de estupefacto horror contenido, la taciturna silueta de ropas y alma hueca, se levantó hacia la puerta fundiéndose en la noche en un abrazo, como si la oscuridad y la penumbra le siguieran en paso apretado e inseparable, para nunca volver a aparecer.

 

Con las primeras luces del alba a la mañana siguiente abandoné sobre mi caballo aquel poblado con la mayor celeridad. Sería la última vez que estaría allí, y sería la última vez que alguien no torcería su mueca de horror y temor, al oír hablar de la villa maldita, de la Villa de Lily.

 

 

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Editado por Acechadora, 07 March 2014 - 04:17 PM.

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Posteado 07 March 2014 - 02:21 PM

AGUAS ARCAICAS

 

(Adaptación del relato "Dagón" de H.P. Lovecraft a TES).

 

Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de skooma, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la skooma, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.

 

Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Mar de los Fantasmas donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario nórdico. La guerra del Diamante Rojo estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los nórdicos se alzaban bajo las órdenes de Potema; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante tiempo.

 

Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba muy al norte de Solstheim. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa alguna. El tiempo se mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco, o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.

 

El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.

 

Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.

 

El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.

 

Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.

 

A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.

 

No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.

 

Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde de Mundus, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Oblivion a través de remotas regiones de tinieblas.

 

Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de metros, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.

 

De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto como a un centenar de metros de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando Mundus era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.

 

Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de investigador o de explorador, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para las regiones de Tamriel, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.

 

Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de los Ayleids. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Divino o de un Daedra, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes que naciera el primer antepasado del hombre de Tamriel. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido explorador, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.

 

Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de gigante saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.

 

No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.

 

Cuando salí de las sombras, estaba en el Colegio de Magos de Hibernalia; me había llevado allí el capitán del barco mercante  que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio de la inmensidad marina, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso erudito, y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda olvidada en torno a Dagon, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.

 

Es de noche, especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante, cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la Skooma, pero sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra nórdico. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de Mundus exhausto por la guerra... en el día en que se hunda Tamriel, y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemonio.

 

Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Por los Nueve, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!

 

 

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Editado por Acechadora, 07 March 2014 - 04:26 PM.

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#5 agnir

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    Neonato

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Posteado 08 March 2014 - 09:56 AM

Lo tuyo si que es una genialidad.Lleva mucho mas trabajo lo que tu haces , adaptarlo todo al mundo de Tes y que quede bien.Yo simplemente traduzco.Enhorabuena por la idea,a ver si se me ocurre a mi alguna y la subo. :thumb:



#6 Acechadora

Acechadora

    Katniss Everdeen

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Posteado 12 March 2014 - 02:57 PM

EL SIGNO AKAVIR

 

(Adaptación del relato "El Signo Amarillo" de R.W. Chambers a TES).

 

Parte I

 

¡Hay tantas cosas imposibles de explicar! ¿Por qué ciertas notas musicales me recuerdan los tintes dorados y herrumbrosos del follaje de otoño? ¿Por qué los cantos a los Nueve Divinos hacen que mis pensamientos vaguen entre cavernas en cuyas paredes resplandecen desiguales masas de plata virgen? ¿Qué había en el tumulto y el torbellino de la Ciudad Imperial a las seis de la tarde que hizo aparecer ante mis ojos la imagen de un apacible bosque de Valenwood en el que la luz del sol se filtraba a través del follaje de la primavera y Sylvia se inclinaba a medias con curiosidad y a medias con ternura sobre una pequeña lagartija verde murmurando: "¡Pensar que esta es una criatura de los Nueve!"

La primera vez que vi al sereno, estaba de espaldas a mí. Lo miré con indiferencia hasta que entró a la capilla. No le presté más atención que la que hubiera prestado a cualquier otro que deambulara por el Distrito del Templo aquella mañana, y cuando cerré la ventana y volví a mi estudio, ya lo había olvidado. Avanzaba la tarde, como hacía calor, abrí la ventana nuevamente y me asomé para respirar un poco de aire. Había un hombre en la entrada del Templo y lo observé otra vez con tan poco interés como por la mañana. Miré la calle en que jugueteaban niños, llena la cabeza de vagas impresiones de jardines, de senderos de asfalto y de grupos de ociosos paseantes y guardias relevándose, me dispuse a volver a mi caballete. Entonces, mi mirada distraída incluyó al hombre de la entrada del Templo.

Tenía ahora la cara vuelta hacia mí y, con un movimiento totalmente involuntario, me incliné para vérsela. En el mismo instante levanté la cabeza y me miró. Me recordó de inmediato a un gusano de ataúd. Qué era lo que me repugnaba en el hombre, no lo sé, pero la impresión de un grueso gusano blancuzco de tumba fue tan intensa y nauseabunda que debe de haberle mostrado en mi expresión, porque apartó su abultada cara con un movimiento que me recordó una larva perturbada en un nogal. Volví a mi caballete y le hice señas a la modelo para que reanudara su pose. Después de trabajar un buen rato, advertí que estaba echando a perder tan de prisa como era posible lo que había hecho. Cogí una espátula y quité con ella el color. Las tonalidades de la carne eran amarillentas y enfermizas; no entendía cómo había podido dar unos colores tan malsanos a un trabajo que había resplandecido antes de salud. Miré a Tessie. No había cambiado y el claro arrebol de la salud le teñía el cuello y las mejillas; fruncí el ceño.

-¿He hecho algo malo? -preguntó.
-No... he estropeado este brazo y, no sé cómo pude haber ensuciado de este modo la tela -le contesté.
-¿No estoy posando mal? -insistió.
-Pues, claro, perfectamente.
-¿No es culpa mía entonces?
-No, es mía.
-Lo siento muchísimo -dijo ella.

Le dije que podía descansar mientras yo aplicaba trapo y aguarrás al sitio corroído de la tela; ella empezó a deambular por la habitación y a hojear algunos de mis trabajos sin terminar. No sé si tenía algo el aguarrás o era defecto de la tela, pero cuanto más frotaba, más parecía extenderse la gangrena. Trabajé como un castor para quitar aquello, pero la enfermedad parecía extenderse de miembro en miembro de la figura que tenía ante mí. Alarmado, luché por detenerla, pero ahora el color del pecho cambió y la figura entera pareció absorber la infección como una esponja absorbe el agua. Apliqué vigorosamente espátula y aguarrás pensando en la entrevista que tendría con Thoronir, que me había vendido la tela, pero pronto advertí que la culpa no era de la tela ni de los colores de Jensine.

"Debe de ser el aguarrás -pensé con enfado- o bien la luz del atardecer ha enturbiado y confundido tanto mi vista, que no me es posible ver bien." Llamé a Tessie, la modelo, que vino y se inclinó sobre mi silla.

-¿Qué ha estado usted haciendo? -exclamó.
-Nada -gruñí-. Debe de ser el aguarrás.
-¡Qué color más horrible tiene ahora! -prosiguió-.¿Le parece a usted que mi carne se parece a un queso Roquefort?
-No, claro que no -dije con enfado-. ¿Me has visto alguna vez pintar de este modo?
-¡Por cierto que no!
-¡Entonces!
-Debe de ser el aguarrás, o algo -admitió.
Se puso una túnica y se acercó a la ventana. Yo raspé y froté hasta cansarme; finalmente cogí los pinceles y los hundí en la tela lanzando una gruesa expresión cuyo tono tan solo llegó a oídos de Tessie.
No obstante, no tardó en exclamar:
-¡Muy bonito! ¡Jure, actúe como un niño y arruine sus pinceles! Lleva tres semanas trabajando en ese estudio y ahora ¡mire! ¿De qué le sirve desgarrar la tela? ¡Que criaturas son los artistas!

Me sentí tan avergonzado como de costumbre después de un exabrupto semejante, y volví contra la pared la tela arruinada. Tessie me ayudó a limpiar los pinceles y luego marchó bailando a vestirse. Desde detrás del biombo me regaló consejos sobre la pérdida parcial o total de la paciencia, hasta que creyendo quizá que ya me había atormentado lo bastante, salió a suplicarme que le abrochara el vestido por la espalda, donde ella no alcanzaba.

-Todo ha salido mal desde el momento en que volvió de la ventana y me habló del horrible hombre que vio en la entrada del templo -declaró.
-Sí, probablemente embrujó el cuadro dije bostezando.
Miré hacia el atardecer.
-Son más de la seis, lo sé -dijo Tessie arreglándose ante el espejo.
-Sí -contesté-. No fue mi intención retenerte tanto tiempo.
Me asomé por la ventana, pero retrocedí con disgusto. El joven de la cara pastosa estaba todavía en la entrada. Tessie vio mi ademán de desaprobación y se asomó.
-¿Es ese el hombre que le disgusta? -susurró.
Asentí con la cabeza.
-No puedo verle la cara, pero parece gordo y blando. De todas maneras -continuó y se volvió hacia mí- me recuerda un sueño... un sueño espantoso que tuve una vez. Pero -musitó mirando sus elegantes zapatos- ¿fue un sueño en realidad?
-¿Cómo puedo yo saberlo? -dije con una sonrisa.
Tessie me sonrió a su vez.
-Usted figuraba en él -dije-, de modo que quizá sepa algo.
-¡Tessie, Tessie! -protesté- ¡No te atrevas a halagarme diciendo que sueñas conmigo!
-Pues lo hice -insistió-. ¿Quiere que se lo cuente?
-Adelante -le contesté apoyándome sobre mi mesa.
Tessie se apoyó en el antepecho de la ventana abierta y empezó muy seriamente:
-Fue una noche del invierno pasado. Estaba yo acostada en la cama sin pensar en nada en particular. Había estado posando para usted y me sentía agotada, no obstante, me era imposible dormir. Oí a las campanas de la ciudad dar las diez, las once y la medianoche. Debo de haberme quedado dormida aproximadamente alrededor de las doce, porque no recuerdo haber escuchado más campanadas. Me parece que apenas había cerrado los ojos, cuando soñé que algo me impulsaba a ir a la ventana. Me levanté abriendo el postigo, me asomé. La calle estaba desierta hasta donde alcanzaba mi vista. Empecé a sentir miedo; todo afuera parecía tan... ¡tan negro e inquietante! Entonces oí un ruido lejano de ruedas a la distancia, y me pareció como si aquello que se acercaba era lo que debía esperar. Las ruedas se aproximaban muy lentamente y por fin pude distinguir un vehículo que avanzaba por la calle. Se acercaba cada vez más, y cuando pasó bajo mi ventana me di cuenta que era una carroza fúnebre. Entonces, cuando me eché a temblar de miedo, el cochero se volvió y me miró. Cuando desperté estaba de pie frente a la ventana abierta estremecida de frío, pero la carroza empenachada de negro y su cochero habían desaparecido. Volví a tener ese mismo sueño el pasado mes y otra vez desperté junto a la ventana abierta, Anoche tuve el mismo sueño. Recordará cómo llovía; cuando desperté junto a la ventana abierta tenía el camisón empapado.
-Pero ¿qué relación tengo yo con el sueño? -pregunté.
-Usted... usted estaba en el ataúd; pero no estaba muerto.
-¿En el ataúd?
-Sí.
-¿Cómo lo sabes? ¿Podías verme?
-No; sólo sabía que usted estaba allí.
-¿Habías comido carne de cangrejo de fango? -empecé yo riéndome, pero la chica me interrumpió con un grito de espanto.
-¡Vaya! ¿Qué sucede? -pregunté al verla retroceder de la ventana.
-El... el hombre de abajo del atrio de la iglesia... es el que conducía la carroza fúnebre.
-Tonterías -dije, pero los ojos de Tessie estaban agrandados por el terror. Me acerqué a la ventana y miré. El hombre había desaparecido-. Vamos, Tessie -la animé-, no seas tonta. Has posado demasiado; estás nerviosa.
-¿Cree que podría olvidar esa cara? -murmuró-.Tres veces vi pasar la carroza fúnebre bajo mi ventana, y tres veces el cochero se volvió y me miró. Oh, su cara era tan blanca y... ¿blanca? Parecía un muerto... como si hubiera muerto mucho tiempo atrás.

Convencí a la muchacha de que se sentara y se bebiera un vaso de agua. Luego me senté junto a ella y traté de aconsejarla.

-Mira, Tessie -dije-, descansa por una semana o dos y ya verás como no sueñas más con carrozas fúnebres. Pasas todo el día posando y cuando llega la noche tienes los nervios alterados. No puedes seguir a este ritmo. Y después, claro, en lugar de irte a la cama después de terminado el trabajo, te vas al Jardín Botánico o al Distrito del Mercado, y cuando vienes aquí a la mañana siguiente te encuentras rendida. No hubo tal carroza fúnebre. No fue más que un tonto sueño.

La muchacha sonrió débilmente.
-¿Y el hombre de la entrada del Templo?
-Oh, no es más que un pobre enfermo como tantos.
-Tan cierto como me llamo Tessie Rearden, le juro, señor Vael, que la cara del hombre de abajo es la cara del que conducía la carroza fúnebre.
-¿Y qué? -dije-. Es un oficio honesto.
-Entonces, ¿cree que sí vi la carroza fúnebre?
-Bueno -dije diplomáticamente-, si realmente la viste, no sería improbable que el hombre de abajo la condujera. Eso nada tiene de raro.
Tessie se levantó, desenvolvió su perfumado pañuelo y se limpió cualquier rastro de sudor frío de su frente. Luego, después de ponerse los guantes, me ofreció su mano con un franco:
-Hasta mañana, señor Vael.
Y se marchó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte II

 

A la mañana siguiente, Thomas, el sirviente, me trajo El Corcel Negro y, echándole un rápido vistazo, me acerqué a la ventana. El joven de la cara enfermiza estaba de nuevo junto a la entrada del Templo; sólo verlo me produjo la misma abrumadora repugnancia.
-A propósito, Thomas -dije-, ¿quién es ese individuo allá abajo?
Thomas resopló por la nariz.
-¿Ese gusano, señor? Es el Sereno del Templo, señor. Me exaspera verlo toda la noche en la escalinata, mirándolo a uno con aire insultante. Una vez le di un puñetazo en la cabeza, señor... con su perdón, señor...
-Adelante, Thomas.
-Una noche que volvía a casa con Harry lo vi sentado allí en la escalinata. Molly y Jen, las dos chicas de servicio, estaban con nosotros, señor, y él nos miró de manera tan insultante, que yo voy y le digo: ";Qué está mirando, babosa hinchada?" Con su perdón, señor, pero eso fue lo que le dije. Entonces él no contestó y yo le dije: "Ven y verás cómo te aplasto esa cabeza de batracio." Entonces abrí el portal y entré, pero él no decía nada y seguía mirándome de ese modo insultante.

Entonces le di un puñetazo, pero tenía la cara tan fría y untuosa que daba asco tocarla.

-¿Qué hizo él entonces? -pregunté con curiosidad.
-¿Él? Nada.
-¿Y tú, Thomas?
El joven se ruborizó turbado y sonrió con incomodidad.
-Señor Vael, yo no soy ningún cobarde y no puedo explicarme por qué eché a correr. Estuve en la Compañía del Este, señor, y he luchado por el Imperio y por mi vida en más de una ocasión.
-¿Quieres decir que huiste?
-Sí, señor, eso hice.
-¿Por qué?
-Eso es lo que yo quisiera saber, señor. Agarré a Molly del brazo y eché a correr, y los demás estaban tan asustados como yo.
-Pero ¿de qué tenían miedo?

Thomas rehusó contestar, pero el repulsivo joven de abajo había despertado tanto mi curiosidad, que insistí. Tres años de estadía en Vvardenfell no sólo habían modificado su acento, sino que le habían inculcado el temor Dunmer al ridículo.

-No va usted a creerme, señor Vael.
-Sí, te creeré.
-¿No va a reírse de mí, señor?
-¡Tonterías!
Vaciló.
-Bien señor, tan verdad como que hay Nuve Divinos que lo golpeé, él me agarró de las muñecas, y cuando le retorcí uno de los puños blandos y untuosos, me quedé con uno de sus dedos en la mano.
Toda la repugnancia y el horror que había en la cara de Thomas debieron de haberse reflejado en la mía, porque agregó:
-Es espantoso. Ahora cuando lo veo, me alejo. Me pone enfermo.

Cuando Thomas se hubo marchado, me acerqué a la ventana. El hombre estaba junto a los peldaños de entrada al Templo, pero retrocedí con prisa a mi caballete, descompuesto y horrorizado. Le faltaba el dedo medio de la mano derecha. A las nueve apareció Tessie y desapareció tras el biombo con un alegre "Buenos días, señor Vael". Cuando reapareció y adoptó su pose sobre la tarima, empecé para su deleite una tela nueva. Mientras trabajé en el dibujo, permaneció en silencio, pero no bien cesó el rasguido de la carbonilla y cogí el fijador, comenzó a charlar.
-¡Pasamos un momento tan agradable anoche! Fuimos a la Posada de los Mercaderes.
-¿Quienes?
-Oh, Maggie, ya sabe usted, la modelo del señor Whyte, y Rossane Cormick -la llamamos Rosi porque tiene esos hermosos cabellos rojos que gustan tanto a los artistas- y Lizzie Burke.
Rocié la tela con el fijador y dije:
-Bien, continúa.
-Vimos, a Kelly y a Jenne Barnes, la bailarina y... a todo el resto. Hice una conquista.
-¿Entonces me has traicionado, Tessie?
Ella se echó a reír y sacudió la cabeza.
-Es Ed Burke, el hermano de Lizzie. Un perfecto caballero.
Me sentí obligado a darle algunos consejos paternales acerca de las conquistas, que ella recibió con sonrisa radiante.
-Oh, sé cuidarme de una conquista desconocida -dijo-,pero Ed es diferente. Lizzie es mi mejor amiga.

Entonces contó que Ed había vuelto de sus negocios en High Rock, y que se había encontrado con que ella y Lizzie ya no eran unas niñas, y que era un joven perfecto que no tenía el menor inconveniente en gastarse varios septims para invitarlas con un auténtico banquete a fin de festejar sus triunfos en las regiones del norte. Antes que terminara, yo había empezado a pintar, y adoptó nuevamente su pose sonriendo y parloteando como un gorrión. Al mediodía ya tenía el estudio bien limpio y Tessie se acercó a mirarlo.

-Eso está mejor -dijo.

También yo lo pensaba así y comí con la íntima satisfacción de que todo iba bien. Tessie puso su comida en una mesa de dibujo frente a mí, comimos juntos y bebimos vino del mismo vaso. Yo le tenía mucho apego a Tessie. De una niña frágil y desmañada, la había visto convertirse en una mujer esbelta y exquisitamente formada. Había posado para mí durante los tres últimos años y de todas mis modelos ella era la favorita. Me habría afligido mucho, en verdad, que se vulgarizara o se volviera una fulana, como suele decirse, pero jamás advertí el menor deterioro en su conducta y sentía en el fondo que ella era una buena chica. Nunca discutíamos de moral, y no tenía intención de hacerlo, en parte porque yo no tenía muy en cuenta a la moral, pero también porque sabía que ella haría lo que le gustara muy a mi pesar. No obstante, esperaba de todo corazón que no se viera envuelta en dificultades, porque deseaba su bien y también por el egoísta motivo de no perder a la mejor de mis modelos. Sabía que una conquista, como la había llamado Tessie, no significaba nada para chicas como ella, y que tales cosas en la Ciudad Imperial no se asemejan en nada a las mismas cosas en el resto del Imperio. No había mucho que temer por mi bonita modelo mientras no se enamorase. Pero entonces sabía que sólo el destino decidiría su futuro, y rezaba internamente porque ese destino la mantuviera alejada de hombres como yo y que pusiera en su camino muchachos como Ed Burker y Jimmy Cormick. ¡Que los Nueve bendigan su dulce rostro!

Tessie estaba sentada, y unos finos rayos de sol que se colaban por la ventana la alumbraban dándole un aura divino a su natural belleza.
-¿Sabes que también yo tuve un sueño anoche?
La observé.
-No habrá sido ese hombre -dijo riendo.
-Exacto. Un sueño parecido al tuyo, sólo que mucho peor. Fue tonto e irreflexivo de mi parte decirlo, pero ya se sabe el poco tacto que tienen los pintores por lo general.
-Debo de haberme quedado dormido poco más o menos a las diez -proseguí-, y al cabo de un rato soñé que me despertaba. Tan claramente oí las campanas de la medianoche, el viento en las ramas de los árboles y el ruido de barcos y olas en Waterfront, que incluso ahora me es difícil creer que no estaba despierto. Me parecía yacer en una caja con cubierta de cristal. Veía débilmente las lámparas de la calle por donde pasaba, pues debo decirte, Tessie, que la caja en la que estaba tendido parecía encontrarse en un carruaje acojinado en el que iba sacudiéndome por una calle empedrada. Al cabo de un rato me impacienté e intenté moverme, pero la caja era demasiado estrecha. Tenía las manos cruzadas en el pecho, de modo que no me era posible levantarlas para aliviarme. Escuché y, luego, intenté llamar.

Había perdido la voz. Podía oír los cascos de los caballos uncidos al coche e incluso la respiración del conductor. Entonces otro ruido irrumpió en mis oídos, como el abrir de una ventana. Me las compuse para ladear la cabeza un tanto, y descubrí que podía ver, no sólo a través del cristal que cubría la caja, sino también a través de los paneles de cristal a los lados del carruaje. Vi casas. Vi casas, vacías y silenciosas, sin vida ni luz en ninguna de ellas, excepto en una. En esa casa había una ventana abierta en el primer piso, y una figura toda de blanco miraba a la calle. Eras tú.

Tessie había apartado su cara de mí y se apoyaba en la mesa sobre el codo.

-Pude verte la cara proseguí- que me pareció muy angustiada. Luego seguimos viaje y doblamos por una estrecha y negra calleja. De pronto los caballos se detuvieron. Esperé y esperé, cerrando los ojos con miedo e impaciencia, pero todo estaba silencioso como una tumba. Al cabo de lo que me parecieron horas, empecé a sentirme incómodo. La sensación de que algo se acercaba hizo que abriera los ojos. Entonces vi la cara del cochero de la carroza fúnebre que me miraba a través de la cubierta del ataúd...

Un sollozo de Tessie me interrumpió. Estaba temblando como una hoja. Vi que me había comportado como un asno e intenté reparar el daño.

-¡Vaya, Tess -dije- Sólo te lo conté para mostrarte la influencia de tu historia en los sueños de los demás. No pensarás realmente que estoy tendido en un ataúd ¿no es cierto? ¿Por qué estás temblando? ¿No te das cuenta de que tu sueño y la irrazonable repugnancia que me produce ese inofensivo sereno del Templo pusieron sencillamente en marcha mi cerebro no bien me quedé dormido?

Puso la cabeza entre sus brazos y sollozó como si fuera a rompérsele el corazón. Me había portado como un imbécil. Pero estaba por superar mi propio récord. Me le acerqué y la rodeé con el brazo.

-Tessie, querida, perdóname -dije-; no tendría que haberte asustado con semejantes tonterías. Eres una chica demasiado atinada, demasiado buena corno para creer en sueños.

Su mano se puso en la mía y su cabeza cayó sobre mi hombro, pero todavía temblaba; yo la acariciaba y la consolaba.
-Vamos, Tess, abre los ojos y sonríe.
Sus ojos se abrieron con un lánguido lento movimiento y se encontraron con los míos, pero su expresión era tan extraña que me apresuré a reanimarla otra vez.
-Fue una patraña, Tessie, no creerás que todo esto podrá acarrearte algún mal.
-No -dijo, pero sus labios escarlatas se estremecieron.
-¿Qué sucede, entonces? ¿Tienes miedo?
-Sí, pero no por mí.
-¿Por mí, entonces? -pregunté alegremente.
-Por usted -murmuró en voz casi inaudible-. Yo...yo lo quiero a usted.

En un principio me eché a reír, pero cuando comprendí lo que decía, un estremecimiento me atravesó el cuerpo y me quedé sentado como de piedra. Esta era la culminación de las tonterías que llevaba cometidas. En el momento que transcurrió entre su réplica y mi contestación, pensé en mil respuestas a esa inocente confesión. Podía desecharla con una sonrisa, podía hacerme el desentendido y decirle que me encontraba muy bien de salud, podía manifestarle con sencillez que era imposible que ella me amase. Pero mi reacción fue más veloz que mis pensamientos, y cuando quise darme cuenta ya era demasiado tarde, porque la había besado en la boca. Aquella noche fui a dar mi paseo habitual por el Jardín Botánico pensando en los acontecimientos del día. Me había comprometido a fondo. No podía echarme atrás ahora, y miré de frente a mi futuro. Yo no era bueno, ni siquiera escrupuloso, pero no tenía intención de engañarme a mí mismo o a Tessie. La única pasión de mi vida yacía sepultada en los soleados bosques de Valenwood. ¿Estaba sepultado para siempre? La Esperanza clamaba: "¡No!" Durante tres años había esperado el ruido de unos pasos en mi umbral. ¿Sylvia se había olvidado? "¡No!" clamaba la Esperanza. Dije que no era bueno. Eso es verdad, pero con todo no era exactamente el villano de la una representación teatral cómica.

Había llevado una vida fácil y atolondrada, recibiendo de buen grado el placer que se me ofrecía, deplorando, a veces lamentando con amargura, las consecuencias. Sólo una cosa, con excepción de mi pintura, tomaba en serio, y aquello yacía ocultado, si no perdido, en los bosques élficos.
Era demasiado tarde ahora para lamentar lo ocurrido en el día. Tanto si fue lástima, como si fue la súbita ternura que produce el dolor o el más brutal instinto de la voluntad satisfecha, daba igual ahora, y a no ser que deseara dañar a un corazón inocente, tenía la senda trazada ante mí. El fuego y la intensidad, la profundidad de la pasión de un amor que ni siquiera había sospechado, a pesar de la experiencia que creía tener del mundo, no me dejaban otra alternativa que corresponderle o apartarla de mi lado. No sé si me acordaba producir dolor en los demás o si hay algo en mí de lóbrego puritano, pero lo cierto es que me repugnaba negar la responsabilidad por ese irreflexible beso, y de hecho no tuve tiempo de hacerlo antes que se abriesen las puertas de su corazón y la marejada se expandiera. Otros que habitualmente cumplen con su deber y encuentran una sombría satisfacción en hacer de sí mismos y de los demás unos desdichados, quizá habrían resistido. Yo no. No me atreví. Después de amainada la tormenta, le dije que más le habría valido amar a Ed Burke y llevar un sencillo anillo de oro, pero no quiso escucharme siquiera, y pensé que mientras hubiera decidido amar a alguien con quien no podía casarse, era preferible que fuera yo. Yo, al menos, podría tratarla con inteligente afecto, y cuando ella se cansara de su pasión, no saldría de ella mal parada. Porque yo estaba decidido en cuanto a eso, aunque sabía lo difícil que resultaría. Recordaba el final habitual de las relaciones platónicas y cuánto me disgustaba oír de ellas. Sabía que iniciaba una gran empresa para alguien tan falto de escrúpulos como yo, y temía el futuro, pero ni por un momento dudé de que ella estaría segura conmigo. Si se hubiera tratado de cualquier otra, no me habría dejado atormentar por escrúpulos. Pero ni se me ocurría la posibilidad de sacrificar a Tessie como lo habría hecho con una mujer de mundo. Miraba el porvenir directamente a la cara y veía los varios probables finales del asunto.

Terminaría ella por cansarse de mí, o llegaría a ser tan desdichada que tendría que desposarla o abandonarla. Si nos casábamos, seríamos desdichados. Yo con una mujer inapropiada para mí, ella con un marido inapropiado para cualquier mujer. Porque mi vida pasada no me calificaba para el matrimonio. Si la abandonaba, quizá caería enferma, pero se recuperaría y acabaría casándose con algún Ed Burke, pero, precipitada o deliberadamente, podía cometer una tontería. Por otra parte, si se cansaba de mí, toda su vida se desplegaría ante ella con maravillosas visiones de Eddie Burke, anillos de boda, gemelos, propiedades en el norte y los Nueve saben que más. Mientras me paseaba entre los árboles, decidí que de cualquier modo ella encontraría a un sólido amigo en mí, y que el futuro se cuidara de sí mismo. Luego entré en la casa y me puse mis mejores ropas, porque la nota ligeramente perfumada que habla sobre mi tocador me reclamaba en la Taberna del Rey y la Reina para una velada con varias amistades superfluas
 

Esa noche cené o, más bien cenamos la señorita Carmichel y yo, y el alba empezaba a dorar la Torre Blanca cuando me encaminé de vuelta a casa rodeando el Palacio de la Ciudad Imperial. No había un alma en las calles cuando llegué al Distrito del Templo, pero al pasar junto al Templo vi una figura sentada en la escalinata de piedra.

A pesar mío, me estremecí al ver la hinchada cara blancuzca y apresuré el paso. Entonces dijo algo que pudo haberme estado dirigido o quizá sólo estuviera musitando para sí, pero que semejante individuo se dirigiera a mí me puso súbitamente furioso. Por un instante me dieron ganas de girar sobre los talones y aplastarle la cabeza con el bastón, pero hice caso omiso, seguí andando y fui a mis aposentos. Por algún tiempo di vueltas en la cama intentando librarme de su voz, pero no me fue posible. Ese murmullo me llenaba la cabeza como el denso humo aceitoso de una cuba donde se cuece grasa o la nociva fetidez de la podredumbre. Y mientras me revolvía en mi lecho, la voz en mis oídos parecía más clara y distante, y empecé a entender las palabras que había murmurado. Me llegaban lentamente, como si las hubiera olvidado y por fin pudiera comprender su sentido. Había articulado:

-¿Has encontrado el Signo Akavir?
-¿Has encontrado el Signo Akavir?
-¿Has encontrado el Signo Akavir?

Estaba furioso. ¿Qué había querido decir con eso? Luego, dirigiéndole una maldición, cambié de postura, y me quedé dormido, pero cuando más tarde desperté estaba pálido y ojeroso, porque había vuelto a soñar lo mismo de la noche pasada y me turbaba más de lo que quería confesarme. Me vestí y bajé al estudio. Tessie estaba sentada junto a la ventana. Cuando yo entré se puso de pie y me rodeó el cuello con los brazos para darme un beso inocente. Tenía un aspecto tan dulce y delicado que la volví a besar y luego me fui a sentar frente al caballete.

-¡Vaya! ¿Dónde está el estudio que empecé ayer?
Tessie parecía confusa, pero no respondió. Comencé a buscar entre pilas de telas mientras le decía:
-Apresúrate, Tess, y prepárate; debemos aprovechar la luz de la mañana.
Cuando por fin abandoné la búsqueda entre las otras telas y me volví para registrar el cuarto, vi que Tessie estaba de pie junto al biombo con las ropas todavía puestas.
-¿Qué sucede? -le pregunté-. ¿No te sientes bien?
-Sí.
-Apresúrate, entonces.
-¿Quiere que pose como... como he posado siempre?

Entonces comprendí. Se presentaba una nueva complicación. Había perdido, por supuesto, a la mejor modelo de desnudo que había conocido nunca. Miré a Tessie. Tenía el rostro escarlata. ¡Ay! ¡Ay! La inocencia original ya era un sueño del pasado... quiero decir, para ella. Supongo que notó la desilusión en mi cara, porque dijo:

-Posaré, si lo desea. El estudio está detrás del biombo. He sido yo quien lo ha puesto allí.
-No -le dije-, empezaremos algo nuevo.

Y fui a mi armario y elegí un vestido Altmer resplandeciente. Era un traje auténtico y Tessie se retiró tras el biombo encantada con él. Cuando salió otra vez, quedé atónito. Sus largos cabellos negros estaban sujetos en su frente por una diadema de turquesas y los extremos llegaban rizados hasta la faja resplandeciente. Tenía los pies calzados en unos zapatos bordados babuchas, y la falda del vestido, curiosamente recamada de relieves de plata, le caía hasta los tobillos. El profundo azul metálico del chaleco bordado en plata y la chaquetilla fina en la que estaban cosidas refulgentes turquesas, le sentaban maravillosamente. Avanzó hacia mí y levanté la cabeza sonriente. Deslicé la mano en el bolsillo, saqué un collar de oro con un zafiro y se lo coloqué en la cabeza.

-Es tuyo, Tessie.
-¿Mío? -balbució.
-Tuyo. Ahora ve y posa.
Entonces, con una sonrisa radiante, corrió tras el biombo y reapareció en seguida con una cajita en la que estaba escrito mi nombre.
-Tenía intención de dársela esta noche antes de irme a casa-dijo-, pero ya no puedo esperar.

Abrí la caja. Sobre el rosado algodón, había un broche de ónix negro en el que estaba incrustado un curioso símbolo o letra de oro. No era Altmer ni Dunmer, ni como pude comprobar después no pertenecía a ninguna de las escrituras de Tamriel.

-Es todo lo que tengo para darle como recuerdo.
Me sentí molesto, pero le dije que lo tendría en alta estima y le prometí llevarlo siempre. Ella me lo sujetó en la chaqueta, bajo la solapa.
-¡Qué tontería, Tess, comprar algo tan bello! –le dije.
-No lo he comprado -dijo riendo.
-¿De dónde lo has sacado?

Entonces me contó que lo había encontrado un día al volver del Jardín Botánico y que había hecho publicar un aviso en El Corcel Negro y que por fin perdió las esperanzas de encontrar al propietario del broche.

-Fue el invierno pasado -dije-, el mismo día en que tuve por primera vez ese horrible sueño de la carroza fúnebre.
Recordé el sueño que había tenido la pasada noche, pero no dije nada, y en seguida la carbonilla empezó a revolotear sobre la nueva tela, y Tessie permaneció inmovil en la tarima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte III

 

El día siguiente fue desastroso para mí. Mientras trasladaba una tela enmarcada de un caballete a otro, mis pies resbalaron en el suelo encerado y caí pesadamente sobre ambas muñecas. Tan grave fue la luxación sufrida que resultó inútil intentar sostener el pincel, examinando dibujos y esbozos inacabados hasta que, ya desesperado me senté a descansar y a girar los pulgares con fastidio. La lluvia que azotaba los cristales y tamborileaba sobre el techo del Templo me produjo un ataque de nervios con su interminable repiqueteo. Tessie cosía sentada junto a la ventana, y de vez en cuando levantaba la cabeza y me miraba con una compasión tan inocente, que empecé a avergonzarme de mi irritación y miré a mi alrededor en busca de algo en qué ocuparme. Había leído todos los periódicos y todos los libros de la biblioteca, pero por hacer algo me dirigí a la librería y la abrí con el codo. Conocía cada volumen por el color y los examiné a todos pasando lentamente junto a la librería y silbando para animarme el espíritu. Estaba por volverme para ir al comedor, cuando me sorprendió un libro encuadernado en amarillo en un rincón de la repisa más alta de la última biblioteca.

No lo recordaba y desde el suelo no alzaba a descifrar las pálidas letras sobre el lomo, de modo que llamé a Tessie. Ella vino del estudio y se encaramó para alcanzar el libro

-¿Qué es? -le pregunté.
-El Rey de Akavir.

Quedé estupefacto. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Cómo había ido a parar a mis aposentos? Hacía ya mucho que había decidido no abrir jamás ese libro, y nada en la tierra podría haberme persuadido a comprarlo. Temiendo que la curiosidad me tentara a abrirlo, ni siquiera lo había mirado nunca en la Universidad Arcana. Si alguna vez experimenté la curiosidad de leerlo, la espantosa tragedia del joven Castaigne, a quien yo había conocido, me disuadió de enfrentarme con sus malignas páginas. Siempre me negué a escuchar su descripción y, en verdad, nadie se aventuró nunca a comentar en alta voz la segunda parte, de modo que no tenía conocimiento en absoluto de lo que podrían revelar esas páginas. Me quedé mirando fijamente la ponzoñosa encuadernación amarilla como habría mirado a una serpiente.

-No lo toques, Tessie -dije-. Baja de ahí.

Por supuesto, mi admonición bastó para despertar su curiosidad y antes que pudiera impedírselo cogió el libro y, con una carcajada, se fue bailando al estudio con él. La llamé, pero ella se alejó dirigiendo una torturadora sonrisa a mis imponentes manos y yo la seguí con cierta impaciencia.
-¡Tessie! -grité entrando en la biblioteca-, escucha, hablo en serio. Deja ese libro. ¡No quiero que lo abras!
La biblioteca estaba vacía. Fui a ambas salas, al estudio, luego los dormitorios, y, finalmente, volví a la biblioteca donde inicié un registro sistemático. Se había acurrucado, pálida, y silenciosa, junto a la ventana reticulada del cuarto del almacenaje de arriba. A primera vista me di cuenta que su necedad había sido castigada. El Rey de Akavir estaba a sus pies, pero el libro estaba abierto en la segunda parte. Miré a Tessie y vi que era demasiado tarde. Había abierto El Rey de Akavir.

Entonces la tomé de la mano y la conduje al estudio. Parecía obnubilada, y cuando le dije que se tendiera en el sofá me obedeció sin decir palabra. Al cabo de un rato sus ojos se cerraron y la respiración se le hizo regular y profunda, pero no me fue posible descubrir si dormía o no. Durante largo rato me quedé sentado en silencio junto a ella, en el cuarto de almacenaje jamás frecuentado, cogí el libro amarillo con la mano menos herida. Parecía pesado como el plomo, pero lo llevé al estudio otra vez y sentándome en la alfombra junto al sofá, lo abrí y lo leí desde el principio al fin. Cuando debilitado por el exceso de las emociones, dejé caer el volumen y me recosté fatigado contra el sofá, Tessie abrió los ojos y me miró. Habíamos estado hablando cierto tiempo con opacada y monótona tensión cuando advertí que estábamos comentando El Rey de Akavir. ¡Oh, qué pecado, haber escrito semejantes palabras... palabras que son claras como el cristal, límpidas y musicales como una fuente burbujeante, palabras que resplandecen y refulgen como los diamantes envenenados de los Medicis! ¡Oh, la malignidad, la condenación más allá de toda esperanza de un alma capaz de fascinar y paralizar a criaturas humanas con tales palabras! Palabras que comprenden el ignorante y el sabio por igual, palabras más preciosas que joyas, más apaciguadoras que la música celestial, más espantosas que la muerte misma.

Seguimos hablando sin prestar atención a las sombras que se espesaban, y ella me estaba rogando que me deshiciera del broche de ónix negro en que estaba curiosamente incrustado lo que, ahora lo sabíamos, era el Signo Akavir. Nunca sabré por qué me negué a hacerlo, aunque en esta hora, aquí, en mi habitación, mientras escribo esta confesión, me gustaría saber qué me impidió arrancar el Signo Akavir de mi pecho y arrojarlo al fuego. Estoy seguro de que deseaba hacerlo, pero Tessie me lo imploró en vano. Cayó la noche y transcurrieron las horas, pero aún seguíamos hablando del Rey , y la medianoche sonó en los chapiteles brumosos de la ciudad hundida en la niebla. Hablamos de Hastur y Cassilda mientras afuera la niebla rozaba los ciegos paneles de las ventanas como el oleaje de las nubes avanzaba y se rompía sobre las costas de Cyrodiil.

La casa estaba ahora acallada y ni el menor sonido de las calles brumosas quebrantaba el silencio. Tessie yacía entre cojines, su rostro era una mancha gris en la penumbra, pero tenía sus manos apretadas en las mías y yo sabía que ella sabía y que leía mis pensamientos como yo los suyos, porque habíamos comprendido el misterio de las Híadas y ante nosotros se alzaba el Fantasma de la Verdad. Entonces, mientras nos respondíamos el uno a la otra, velozmente, en silencio, pensamiento tras pensamiento, las sombras se agitaron en la penumbra que nos rodeaba y a lo lejos en las calles distantes oímos un sonido. Cada vez más cerca, se escuchó el lóbrego crujido de ruedas, cada vez más cerca todavía, y ahora cesó afuera, ante la puerta. Me arrastré hasta la ventana y vi una carroza fúnebre empenachada de negro. El portal, abajo, se abrió y se volvió a cerrar; me arrastré temblando hasta la puerta y le eché la llave, pero no había candado ni cerradura que pudiera impedir el paso de la criatura que venía en busca del Signo Akavir. Y ahora la oía avanzar muy lentamente por el vestíbulo. Y ahora estaba a la puerta y los candados se pudrieron a su tacto. Ahora había entrado. Con ojos que se me saltaban de las órbitas trate de escudriñar en la oscuridad, pero cuando entró en el cuarto, no la vi. Sólo cuando la sentí envolverme en su frío abrazo blando grité y luché con furia mortal, pero tenía las manos inutilizadas y me arrancó el broche de ónix de la chaqueta y me golpeó en plena cara. Entonces, al caer, oí el grito leve de Tessie y su espíritu voló al encuentro de los Nueve, y mientras caía deseé poder seguirla, porque sabía que el Rey de Akavir había abierto su andrajoso manto y ahora sólo era posible implorar ante los Divinos.

Podría decir más, pero al mundo no le serviría de nada. En cuanto a mí, estoy más allá de toda ayuda o esperanza humanas. Mientras yazgo aquí escribiendo, sin preocuparme de si moriré o no, antes de terminar, veo al sanador que recoge sus polvos y frascos con un vago ademán dirigido al buen sacerdote que tengo junto a mí; entonces comprendo.

Sentirán curiosidad por conocer los detalles de la tragedia..., pero no escribiré ya más, y el sacerdote sellará mis últimas palabras con el sello sagrado cuando su santo oficio haya sido cumplido. Saben que Tessie ha muerto y que yo agonizo. Saben que la gente del Distrito del Templo, alarmada por un grito infernal, se precipitó a mis aposentos y encontraron a un vivo y dos muertos; pero no saben lo que voy a decir ahora; no saben que los magos de la Universidad Arcana dijeron señalando un horrible bulto descompuesto que yacía en el suelo... el lívido cadáver del sereno del Templo:

-No tengo teoría alguna, ninguna explicación. ¡Este hombre debe de haber muerto hace meses! Creo que me muero. Desearía que el sacerdote…

 

 

 

 

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Editado por Acechadora, 12 March 2014 - 03:06 PM.

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#7 Acechadora

Acechadora

    Katniss Everdeen

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Posteado 12 March 2014 - 02:59 PM

LA TORRE

 

(Adaptación del relato "La Torre" de H.P. Lovecraft a TES).

 

Desde esa esquina se puede ver la torre. Si el testigo abandona por un segundo el ruido de la vida porteña, descubrirá tras las paredes circulares un aquelarre. El eco del mismo lugar que el Imperio resguarda en la penumbra bajo diferentes disfraces. La esencia de los cimientos de construcciones tan antiguas como la Torre Blanca y como Saarthal. Allí se suceden acontecimientos -incluso próximos a lo cotidiano- que atraen a Divinos y Daedras.

Fue lupanar y fumadero de opio. Acaso alguno de sus visitantes haya dejado el alma allí preso del puñal de un malevo. Pero fue cuando llegó aquella artista pálida, Layla Krum, que su esencia brotó al fin. Recuerdo que apenas salía para hacer visitas a la Universidad Arcana. Fue en su biblioteca donde hojeó las páginas del prohibido Libro Arcano. Mortal fue su curiosidad por la que recitó aquel hechizo. Quizá creyó que las paredes sin ángulos la protegerían de los sabuesos. Pero esas criaturas son hábiles, impetuosas, insaciables. Los lugareños oyeron el grito del día en que murió. Ahora forma parte de la superstición local. Pero yo sigo oyendo su sufrimiento y el jadeo de los Perros de Aldmeris que olfatean, hurgan y rastrean en la torre.

 

 

 

 

 

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Editado por Acechadora, 12 March 2014 - 03:01 PM.

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#8 Acechadora

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    Katniss Everdeen

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Posteado 15 March 2014 - 01:12 PM

LA RUTA DEL OESTE

 

(Adaptación del relato "Días de ocio en el país del Yann" de Lord Dunsany a TES).

 

Cruzando el bosque, bajé a la orilla de la bahía Iliac, y allí encontré, según se había profetizado, al barco El Pájaro del Río, presto a soltar amarras.

El capitán estaba sentado, con las piernas cruzadas, sobre la blanca cubierta, con su cimitarra al lado, enfundada en su vaina esmaltada de pedrería; y los marineros desplegaban las ágiles velas para guiar el navío al centro del Iliac, y entretanto cantaban viejas canciones de paz. Y el viento de la tarde, que descendía helado de los campos de nieve de las lejanas montañas de Dragontail, residencia de lejanos dioses, llegó de súbito como una alegre noticia a una ciudad impaciente como es Sentinel, e hinchó las velas, que semejaban alas.

Y así alcanzamos el centro de la bahía, y los marineros arriaron las grandes velas. Pero yo había ido a saludar al capitán, y a inquirir los milagros y las apariciones entre los hombres de los más santos dioses de cualquiera de las tierras en que él había estado. Y el capitán respondió que venía de la hermosa Yokuda, y que había adorado a los dioses menores y más humildes que rara vez enviaban el hambre o el trueno y que fácilmente se aplacaban con pequeñas batallas. Y le dije cómo llegaba de Roscrea, que está en el océano Padomeic; y el capitán y todos los marineros se rieron, pues jamás habían escuchado de la existencia de ninguna isla con semejante nombre. Cuando acabaron de burlarse contraté con el capitán la suma que había de pagarle por mi travesía, si Los Nueve y la corriente de la bahía nos llevaban con fortuna hacia mar abierto, y de allí hacia el corazón mismo de Yokuda.

Ya había declinado el sol, y todos los colores de la tierra y el cielo habían celebrado un festival con él, y huido uno a uno al inminente arribo de la noche. Los ciervos habían bajado a la orilla a aplacar su sed; los lobos ya había cenado y descansaban perezosamente; las luciérnagas subían y bajaban en las espesuras del bosque, y las grandes estrellas asomábanse resplandecientes a mirarse en la cara de la bahía.
 

Entonces, los marineros se arrodillaron sobre cubierta y oraron, no a la vez, sino en turnos de cinco o seis. De uno y otro lado arrodillábanse cinco o seis, porque allí sólo rezaban a un tiempo hombres de credos diferentes, para que ningún dios pudiera oír la plegaria de dos hombres al mismo tiempo. Tan pronto como uno acababa de orar, otro de la misma fe venía a tomar su puesto. Así es como se arrodillaba la fila de cinco o seis, con sus cabezas dobladas bajo las velas que latían al viento, mientras que la vena central del la bahía Iliac encaminábalos hacia el mar; y sus plegarias ascendían por entre las linternas y subían a las estrellas. Y detrás de ellos, en la popa del barco, el timonel rezaba en voz alta la oración del timonel, que rezan todos los que comercian por la bahía Iliac, cualquiera que sea su fe. Y el capitán impetró a sus pequeños dioses menores, a los dioses que bendicen a Yokuda.

Y yo también sentí anhelos de orar. Sin embargo, no quería rogar a Los Nueve Divinos, allí donde los débiles y benévolos dioses eran humildemente invocados por el amor de los gentiles; y entonces me acordé de Shub Niggurath, a quien los hombres de Valenwood habían abandonado largo tiempo hacía, que está ahora solitaria y sin culto; y a ella recé.

Y así, el Iliac nos llevó magníficamente bahía abajo, porque estaba ensoberbecido con la fundida nieve que el río Bjoulsae le trajera de las montañas Wrothgarian; y nos condujo en su poder bajo su regazo y vimos las luces de Daggerfall, que brillaban en el horizonte aún cuando abandonamos la bahía y comenzamos a navegar en mar abierto con rumbo hacia las tierras de Yokuda.

Pronto estuvimos todos dormidos, menos el timonel. Cuando salió el sol cesó su canto el timonel, porque con su canto se alentaba en la soledad de la noche. Cuando cesó el canto nos despertamos súbitamente, otro tomó el timón y el timonel se durmió.

Sabíamos que pronto llegaríamos a Kruzka. Luego que hubimos comido apareció Kruzka. Entonces el capitán dio sus órdenes, y los marineros arriaron de nuevo las velas mayores, y el navío viró para entrar en una dársena junto a los muros de Kruzka. Mientras los marineros entraban para recoger frutas, yo me fui solo a la puerta de la ciudad. Sólo unas cuantas chozas habían, en las que habitaba la guardia. Un centinela estaba a la puerta armado de una herrumbrosa lanza. A través de la puerta vi la ciudad. Una quietud de muerte reinaba en ella. Las calles parecían no haber sido holladas, y el musgo crecía espeso en el umbral de las puertas; en la plaza del mercado dormían confusas figuras. Un olor de incienso venía con el viento hacia la puerta. Dije al centinela: “¿Por qué todo está en silencio en esta callada ciudad?”

El contestó: “Nadie debe hacer preguntas en esta puerta, porque puede despertarse la gente de la ciudad. Porque cuando la gente de esta ciudad se despierte, morirán los dioses. Y cuando mueran los dioses, las aguas reclamarán las tierras de Yokuda”. Empezaba a preguntarle qué dioses adoraba la ciudad, pero él enristró su lanza, porque nadie podía hacer preguntas allí. Le dejé entonces y me volví al Pájaro del Río. Kruzka era realmente hermosa, con sus blancos pináculos enhiestos sobre las rojas murallas y los verdes tejados de cobre.

Cuando llegué al Pájaro del Río, los marineros ya estaban a bordo. Levamos anclas en seguida y nos hicimos a la vela otra vez, y otra vez seguimos por mar abierto. Mas sobre hombres y mujeres, el sol enviaba su sopor. Los monstruos del mar yacían dormidos en las profundidades. Los marineros alzaron sobre cubierta un pabellón de doradas borlas para el capitán, y fuéronse todos, menos el timonel, a cobijarse bajo una vela que habían tendido como un toldo entre dos mástiles. Entonces se contaron cuentos unos a otros, de sus ciudades y de los milagros de sus dioses, hasta que cayeron dormidos. El capitán me brindó la sombra de su pabellón de borlas de oro, y charlamos durante algún tiempo, diciéndome él que llevaba mercancías a Hammerfell, y que de retorno llevaría cosas del mar a la hermosa Yokuda. Y mirando a través de la abertura del pabellón el magnífico cielo estrellado que se reflejaba en el mar que nos acunaba, me quedé dormido.

A la tarde, cuando enfrió el día, desperté, y encontré al capitán ajustándose la cimitarra, que se había desceñido para descansar.

En aquel momento nos aproximábamos al amplio foro de Kanesh, que se abría ante el mar. Extrañas barcas de antiguo corte estaban amarradas a los peldaños. Al acercarnos vimos el abierto recinto marmóreo, en cuyos tres lados levantábanse las columnatas del frente de la ciudad. Y en la plaza y a lo largo de las columnatas paseaba la gente de aquella ciudad con la solemnidad y el cuidado gesto que corresponde a los ritos del antiguo ceremonial. Todo en aquella ciudad era de estilo antiguo: la decoración de las casas, que, destruida por el tiempo, no había sido reparada, era de las épocas más remotas; y por todas partes estaban representados en piedra los animales y criaturas que han desaparecido de Nirn hace mucho tiempo. Nada se encontraba, ni en los objetos ni en los usos, que fuera nuevo en Kanesh. Nadie reparó en nosotros cuando entramos, sino que continuaron sus procesiones y ceremonias en la antigua ciudad, y los marineros, que conocían sus costumbres, tampoco pusieron mayor atención en ellos. Pero yo, así que estuvimos cerca, pregunté a uno de ellos que estaba al borde del agua qué hacían los hombres en Kanesh, y cuál era su comercio y con quién traficaban. Dijo: “Aquí hemos encadenado y maniatado al Tiempo, que, de otra suerte, hubiera matado a los dioses”.

Le pregunté entonces qué dioses adoraban en aquella ciudad, y respondió: “A todos los dioses a quienes el Tiempo no ha matado todavía”. Me volvió la espalda y no dijo más, y se compuso de nuevo el gesto propio de la antigua usanza. Y así, según la voluntad del mar de las Perlas, derivamos y abandonamos Kanesh navegando hacia el sur por la costa.
 

Entonces empezó a condenarse el anochecer. Una espesa niebla blanca había aparecido sobre las aguas y calladamente se extendía. Asíase a los árboles de la costa con largos brazos impalpables, y ascendía sin cesar, helando el aire; y blancas formas huían tierra adentro, como si los espectros de los marineros naufragados estuviesen buscando furtivamente en la sombra los espíritus malignos que tiempo atrás habíanles hecho naufragar en estas aguas.

Entonces, las aves tornaron volando muy altas sobre nosotros, con el reflejo bermellón del sol en sus pechos, y arriaron sus piñones tan pronto como vieron los acantilados, y abatiéronse entre los árboles. Las cercetas empezaron entonces a remontar la costa en grandes bandadas, silbando; de súbito giraron y se perdieron volando tierra adentro.

Mas pronto avanzó la noche de tal manera que ya no vimos los pájaros, y sólo oíamos el zumbido de sus alas, y de otros innumerables también, hasta que todos se posaron a lo largo del margen de la costa , y entonces fue cuando salieron las aves de la noche. En aquel momento encendieron los marineros las linternas de la noche, y enormes alevillas aparecieron aleteando, en torno del barco, y por momentos sus colores suntuosos hacíanse visibles a la luz de las linternas; pero al punto entraban otra vez en la noche, donde todo era negro. Oraron de nuevo los marineros, y después cenamos y nos tendimos, y el timonel tomó nuestras vidas a su cuidado.

Cuando desperté, me encontré que habíamos llegado a Lumut, la famosa ciudad. Porque a nuestra derecha alzábase una hermosa y notable ciudad, tanto más placentera a los ojos porque sólo a la costa y al mar habíamos visto mucho tiempo hacía. Anclamos junto a la plaza del mercado y desplegóse toda la mercancía del capitán, y un mercader de Lumut se puso a mirarla. El capitán tenía la cimitarra en la mano y golpeaba con ella, colérico, sobre cubierta, y las astillas saltaban del blanco entarimado; porque el mercader habíale ofrecido por su mercancía un precio que el capitán tomó como un insulto a él y a los dioses de sus país, de quienes dijo eran grandes y terribles dioses, cuyas maldiciones debían ser temidas. Pero el mercader agitó sus manos, que eran muy carnosas, mostrando las rojas palmas, y juró que no lo hacía por él, sino solamente por las pobres gentes de las chozas del otro lado de la ciudad, a quienes deseaba vender la mercancía al precio más bajo posible, sin que a él le quedara remuneración. Porque la mercancía consistía principalmente en las duras pieles curtidas de Skyrim, que en invierno resguardan a sus propietarios del frio, y el tabaco, que se fuma en pipa. Dijo, por tanto, el mercader que si ofrecía un septim más, la pobre gente estaría sin sus pieles cuando llegase el invierno, y sin su tabaco para las tardes; o que, de otra suerte, él y su anciano padre morirían de hambre.

A esto el capitán levantó su cimitarra contra su mismo pecho, diciendo que entonces estaba arruinado y que no le quedaba sino la muerte. Y mientras cuidadosamente levantaba su barba con su mano izquierda, miró el mercader de nuevo la mercancía, y dijo que mejor que ver morir a tan digno capitán, al hombre por quien él había concebido especial afecto desde que vio por primera vez su manera de gobernar la nave, él y su anciano padre morirían de hambre; y entonces ofreció sesenta septims más.

Cuando así hubo dicho, prosternóse el capitán y rogó a sus dioses que endulzaran aún más el amargo corazón de este mercader —a sus diosecillos menores, a los dioses que protegen a Yokuda.

Por fin ofreció el mercader veinte septims más. Entonces lloró el capitán, porque decía que se veía abandonado de sus dioses; y lloró también el mercader, porque decía que pensaba en su anciano padre y en que pronto moriría de hambre, y escondió su rostro lloroso entre las manos, y de nuevo contempló el tabaco entre sus dedos. Y así concluyó el trato; tomó el mercader las pieles y el tabaco, y los pagó de una gran bolsa tintineante. Y fueron de nuevo empaquetados en balas, y tres trabajadores del mercader lleváronlos sobre sus cabezas a la ciudad. Los marineros habían permanecido silenciosos, sentados con las piernas cruzadas en media luna sobre cubierta, contemplando ávidamente el trato, y al punto levantóse entre ellos un murmullo de satisfacción, y empezaron a compararle con otros tratos que habían conocido. Dijéronme que hay siete mercaderes en Lumut y que todos habían llegado junto al capitán, uno a uno, antes de que empezara el trato y que cada uno le había prevenido secretamente en contra de los otros. Y a todos los mercaderes habíales ofrecido el capitán el vino de su país, el que se hace en la hermosa Yokuda; pero no pudo persuadirlos para que aceptaran. Mas ahora que el trato estaba cerrado, y cuando los marineros, sentados, hacían la primera comida del día, apareció entre ellos el capitán con una barrica del mismo vino, y lo espitamos con cuidado, y todos nos alegramos a la par. El capitán se llenó de contento, porque veía relucir en los ojos de sus hombres el prestigio que había ganado con el trato que acababa de cerrar, y así bebieron los marineros el vino de su tierra natal.

Pero el capitán escanció para mí en un pequeño vaso de cierto vino dorado y denso de un jarrillo que guardaba aparte entre sus cosas sagradas. Era espeso y dulce, casi tanto como la miel, pero había en su corazón un poderoso y ardiente fuego que dominaba las almas de los hombres. Estaba hecho, díjome el capitán, con gran sutileza por el arte secreto de una familia compuesta de seis que habitaban una choza en las montañas de Akos Kasaz. Hallándose una vez en aquellas montañas, dijo, siguió el rastro de un oso y topó de repente con uno de aquella familia, que había cazado al mismo oso; y estaba al final de una estrecha senda, rodeada de precipicios, y su lanza estaba hiriendo al oso, pero la herida no era fatal y él no tenía otra arma. El oso avanzaba hacia el hombre, muy despacio, porque la herida le atormentaba; sin embargo, estaba ya muy cerca de él. No quiso el capitán revelar lo que hizo; mas todos los años aquel hombre baja al mercado de las llanuras y deja siempre para el capitán, en la puerta de Lumut, una vasija del inapreciable vino secreto.

Cuando paladeaba el vino y hablaba el capitán, recordé las grandes y nobles cosas que me habían propuesto realizar tiempo hacía, y mi alma pareció cobrar más fuerza en mi interior y dominar toda la corriente del mar. Puede que entonces me durmiera. O, si no me dormí, no recuerdo ahora detalladamente mis ocupaciones de aquella mañana. Al oscurecer me desperté, y como desease ver Lumut, antes de partir a la mañana siguiente, y no pude despertar al capitán, desembarqué solo. Lumut era, ciertamente, una poderosa ciudad; una muralla muy elevada y fuerte la circundaba, con galerías para las tropas y aspilleras a todo lo largo de ella, y quince fuertes torres de milla en milla, y placas de cobre puestas a la altura que los hombres pudieran leerlas, contando la historia de cómo una vez atacó un ejército a Lumut, y de lo que le aconteció al ejército. Entré luego en Lumut, y encontré a toda la gente de baile, todos cubiertos con brillantes sedas, y tocaban extraños instrumentos a la vez que bailaban. Porque mientras yo durmiera habíales aterrorizado una espantosa tormenta, y los fuegos de la muerte, decían, habían danzado sobre Yokuda; pero ya el trueno había huido saltando, grande, negro y horrible, decían, sobre los montes lejanos; y se había vuelto a gruñirles de lejos, mostrando sus dientes relampagueantes; y al huir había estallado sobre las cimas, que resonaron como si hubieran sido de bronce. Con frecuencia hacían pausa en sus danzas alegres, e imploraban a sus dioses menores, agradeciéndoles que ordenaran al trueno volverse a sus montañas.

Seguí andando y llegué al mercado, y allí vi, sobre el suelo de mármol, al mercader, profundamente dormido, que respiraba difícilmente, el rostro y las palmas de las manos vueltas al cielo. Del mercado me encaminé a un templo de plata, y luego a un palacio de ónice; y había muchas maravillas en Lumut y allí me hubiera quedado para verlas; mas al llegar a la otra orilla de la ciudad vi de repente una inmensa puerta de marfil. Me detuve un momento a admirarla, y, acercándome, percibí la espantosa verdad. ¡La puerta estaba tallada de una sola pieza!

Huí precipitadamente y bajé al barco, y en tanto que corría creía oír a lo lejos, en los montes que dejaba a mi espalda, el pisar del espantoso animal que había segregado aquella masa de marfil, el cual, tal vez entonces buscaba su otro colmillo. Cuando me vi en el barco me consideré salvo, pero oculté a los marineros cuanto había visto.

El capitán salía entonces poco a poco de su sueño. Ya la noche venía rondando del Este y del Norte, y sólo los pináculos de las torres de Lumut se encendían al sol poniente. Me acerqué al capitán y le conté tranquilamente las cosas que había visto. El me preguntó al punto sobre la puerta, en voz baja, para que los marineros no pudieran saberlo; y yo le dije que su peso era tan enorme que no podía haber sido acarreada de lejos, y el capitán sabía que hacía un año no estaba allí. Estuvimos de acuerdo en que aquel animal no podía haber sido muerto por asalto de ningún hombre, y que la puerta tenía que ser de un colmillo caído, y caído allí cerca y recientemente. Entonces resolvió que mejor era huir al instante; mandó zarpar, y los marineros se fueron a las velas, otros levaron el ancla, y justo en el instante en que el más alto pináculo de mármol perdía el último rayo de sol, dejamos Lumut, la famosa ciudad. Cayó la noche y envolvió a Lumut y la ocultó a nuestros ojos, los cuales no habrán de verla nunca más; porque yo he oído después que algo maravilloso y repentino había hecho naufragar a Lumut en un solo día, con sus torres y sus murallas y su gente.

La noche hízose más profunda sobre el mar, una noche blanca con estrellas. Y con la noche se alzó la canción del timonel. Luego de orar comenzó su cántico para alentarse a sí mismo en la noche solitaria. Pero primero oró, rezando la plegaria del timonel. Y esto es lo que recuerdo de ella, traducido con un ritmo muy poco semejante al que parecía tan sonoro en aquellas noches del trópico:

“A cualquier dios que pueda oír.
“Dondequiera que estén los marineros, en el río o en el mar; ya sea oscura su ruta o naveguen en la borrasca; ya los amenace peligro de fiera o de roca; ya los aceche el enemigo en tierra o los persiga por el mar; ya esté helada la caña del timón o rígido el timonel; ya duerman los marineros bajo la guardia del piloto, guárdanos, guíanos, tórnanos a la vieja tierra que nos ha conocido, a los lejanos hogares que conocemos.

“A todos los dioses que son.
“A cualquier dios que pueda oír”.

Así oraba en el silencio. Y los marineros se tendieron para reposar. Se hizo más profundo el silencio, que sólo interrumpían las ondas del mar contra el casco, que rozaban ligeramente nuestra proa. A veces, algún monstruo del mar tosía.

Silencio y ondas; ondas y silencio otra vez.

Y la soledad envolvió al timonel, y empezó a cantar. Y cantó las canciones del mercado de Vath y Samara, y las viejas leyendas de Yokuda.

Cantó muchas canciones, contando al espacio y exótico mar los pequeños cuentos y nonadas de su ciudad de Vath. Las canciones fluían sobre la oscura costa y ascendían por el claro aire frío, y los grandes bandos de estrellas que miraban sobre las aguas empezaron a saber de las cosas de Vath y de Samara, y de los pastores que vivían en aquellos campos, y de los rebaños que guardaban, y de los amores que habían amado, y de todas las pequeñas cosas que esperaban hacer. Yo, acostado, envuelto en pieles y mantas, escuchaba aquellas canciones, y contemplando las formas fantásticas de los grandes acantilados que parecían negros gigantes que acechaban en la noche, me quedé dormido.

Cuando desperté, grandes nieblas salían arrastrándose de la costa. La marea fluía ahora tumultuosa, y aparecieron pequeñas olas que invitaban a los marineros a despertar de su sueño. En seguida comimos y se echó a dormir el timonel mientras le reemplazaba un compañero, y todos extendieron sobre aquél sus mejores pieles.

Al poco vimos la línea de costa de la isla de Arrusha , empinada y brillante ante nosotros, y hacia ella fuimos llevados por la marea. Una gran sombra cobijábase entre los acantilados de Arrusha; pero las crestas brillaban sobre nosotros lo mismo que nudosas lunas, y casi encendían la penumbra. Más allá encontramos la majestuosa hermosura de Akos Kasaz, y el rumor de su danza descendía de los campos de nieve, que pronto vimos blanca, llena de nieblas y enguirnaldada de finos y tenues arco-iris, que se había prendido en las cimas de la montaña de algún jardín celestial del sol. Pasamos toda la mañana y toda la tarde entre las marismas de Arrusha, y el capitán mandó a los marineros que tañeran las campanas para dominar el espanto de las marismas.

Por fin dejáronse ver las montañas de Akos Kasaz, que alimentan los pueblos de Tigon y Telesfan, y la silueta en el horizonte de Tul, donde los sacerdotes sacrifican a los seismos vino y maíz. Descendió luego la noche sobre los llanos de estas tierras, y vimos las luces de Bufia, luego todos durmieron, menos el timonel.
 

Me desperté al alba con la sensación de que era infeliz, antes de recordar por qué. Entonces recapacité en que al atardecer del día incipiente, según todas las probabilidades, debíamos llegar a Nalonga, donde había de separarme del capitán y sus marineros. Habíame agradado el hombre, porque me obsequiaba con el vino amarillo que tenía apartado entre sus cosas sagradas y porque me contaba muchas historias de su hermosa Yokuda. Y habíanme gustado las costumbres de los marineros y las plegarias que rezaban el uno al lado del otro al caer la tarde, sin tratar de arrebatarse los dioses ajenos. También me deleitaba la ternura con que hablaban a menudo de Vath y de Samara, porque es bueno que los hombres amen sus ciudades nativas y los pequeños montes en que se asientan aquellas ciudades.

Y había llegado hasta saber a quién encontrarían cuando llegaran a sus hogares, y dónde pensaban que tuvieran lugar los encuentros, unos en el valle de Khubi, al oeste de Yokuda; otros en la puerta de una u otra de las tres ciudades, y otros junto al fuego en su casa. Y pensé en el peligro que a todos nos había por igual amenazado en las afueras, de Lumut, peligro que, por lo que ocurrió después, fue muy real.

Y pensé también en la animosa función del timonel en la fría y solitaria noche, y en cómo había tenido nuestras vidas en sus manos cuidadosas. Y cuando así pensaba, cesó de cantar el timonel, alcé los ojos y vi una pálida luz que había aparecido en el cielo; y la noche solitaria había transcurrido, ensanchábase el alba y los marineros despertaban.

Cuando despertaron, nos acercábamos a Vath, la última de las grandes ciudades de la mitad norte de Yokuda. Otra vez nos rodeaba los valles, así como a Vath; pero los montes de Vath dominaba todas las cosas y contemplaban a la ciudad desde fuera.

Anclamos, y el capitán y yo penetramos en la ciudad, y allí supimos que los Daols habían entrado en Vath.

Los Daols eran una extraña, enigmática tribu, que una vez cada siete años llegaban desde más allá de Thras, cruzando el mar de las Perlas por una ruta que solo ellos conocen, de una tierra fantástica que está del otro lado. Las gentes de Vath habían salido todas de sus casas, y estaban maravilladas en sus propias calles, porque los Daols, hombres y mujeres, se apiñaban por todas partes y todos hacían alguna cosa rara. Unos bailaban pasmosas danzas que habían aprendido del viento del desierto, arqueándose y girando tan vertiginosamente, que la vista ya no podía seguirlos. Otros tañían en instrumentos bellos y plañideros sones llenos de horror que les había enseñado su alma, perdidos por la noche en el desierto, ese extraño y remoto desierto de donde venían los Daols.

Ninguno de sus instrumentos era conocido en Vath, ni en parte alguna de la región de Yokuda; ni los cuernos de que algunos estaban hechos eran de animales que alguien hubiera visto a lo largo de estas tierras, porque tenían barbadas las puntas. Y cantaron en un lenguaje ignorado cantos que parecían afines a los misterios de la noche y al miedo sin razón que inspiran los lugares oscuros.

Todos los perros de Vath recelaban de ellos agriamente. Y los Daols contábanse entre sí cuentos espantosos, pues, aunque ninguno de Vath entendía su lenguaje, podían ver el terror en las caras de los oyentes, y cuando el cuento acababa, el blanco de sus ojos mostraba un vivido terror, como los ojos de la avecilla en que hace presa el halcón. Luego el narrador sonreía y se detenía, y otro contaba su historia, y los labios del narrador del primer cuento temblaban de espanto. Si acertaba a aparecer alguna feroz serpiente, los Daols recibíanla como a un hermano, y la serpiente parecía darles su bienvenida antes de desaparecer. Una vez, la más feroz y letal de las serpientes de Yokuda, salió del valle y entróse por la calle, la calle principal de Vath, y ninguno de los Daols se apartó; por el contrario, empezaron a batir ruidosamente los tambores, como si se tratara de una persona muy honorable; y la serpiente pasó por en medio de ellos, sin morder a ninguno.

Hasta los niños de los Daols hacían cosas extrañas, pues cuando alguno se encontraba con un niño de Vath, ambos se contemplaban en silencio con grandes ojos serios: entonces el niño de los Vagabundos sacaba tranquilamente de sus ropas un pez vivo o una culebra; y los niños de Vath no hacían nada de esto.

Anhelaba quedarme para escuchar el himno con que reciben a la noche y que contestan los lobos de las alturas de los montes de Vath, mas ya era tiempo de levar el ancla. Tornamos a bordo y seguimos la ruta de oeste. El capitán y yo hablábamos muy poco, porque ambos pensábamos en nuestra separación, que habría de ser para largo tiempo, y nos pusimos a contemplar el esplendor del sol occiduo. Porque el sol era rojizo; mas una tenue y baja bruma envolvía la costa, y en ella vertían su humo las pequeñas ciudades de los valles, y el humo se fundía en la bruma, y todo se juntaba en una niebla de color púrpura que encendía el sol, como son santificados los pensamientos de los hombres por alguna cosa grande y sagrada. A veces la columna de humo de algún hogar aislado levantábase más alta que los humos de la ciudad y fulguraba señera al sol.

Y ya los últimos rayos del sol llegaban casi horizontales, cuando apareció el paraje que yo había venido a ver, porque de dos montañas que alzábanse a babor y estribor respectivamente avanzaban sobre el golfo, dos riscos de rojo mármol que flameaban a la luz del sol raso, bruñidos y altos como una montaña. Era Nalonga, el final de la ruta del oeste, y a distancia, por la brecha de esta barrera, divisé el azul indescriptible del mar, donde relampagueaban pequeñas barcas de pesca.

Y el sol se puso, y vino el breve crepúsculo, y la apoteosis gloriosa de Nalonga se desvaneció; pero aun llameaban las rojas moles, el más bello mármol que han visto los ojos, y esto en un país de maravillas. Pronto el crepúsculo dio campo a las estrellas, y los colores de Nalonga fueron desvaneciéndose. La vista de aquellos riscos fue para mí como la cuerda musical que, desprendida del arpa por la mano del genio, lleva al cielo o a las hadas los espíritus trémulos de los hombres.

Entonces anclaron a la orilla y no siguieron adelante, pues ese era el final de la ruta del oeste y el final de todas las rutas de comercio que llegaran hasta ese horizonte.

Y el momento llegó en que debíamos separarnos el capitán y yo; él para volver a su hermosa Vath, frente a los montes distantes de Vath; yo a buscar por extraños medios las respuestas a incontables preguntas y enigmas que me habían llevado hasta estas tierras de fantasía, y a lo que pudiera haber más allá de ellas. Nos miramos largamente uno a otro, sabiendo que no habíamos de encontrarnos jamás. Nos estrechamos las manos, muy poco ceremoniosamente de su parte, porque tal no es el modo de saludarse en su país, y encomendó mi alma a sus dioses, a sus pequeños dioses menores, a los humildes, a los dioses que protegen a Yokuda.

 

 

 

 


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#9 Yojimbo

Yojimbo

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Posteado 13 March 2018 - 09:33 PM

Me gustaron las adaptaciones de los relatos de Lovecraft al universo de Elder scrolls. Felicitacones.

 

Voy a contribuir con algunos enlaces a material de referencia:

 

Cronología de Tamriel , con los principales acontecimientos de cada era y el origen de las diversas razas: http://es.elderscrol...om/wiki/Tamriel

 

The Imperial Library, sitio con mapas y otros recursos: https://www.imperial...fo/content/maps

 

Hablando de mapas, este es del año 200 de la 4º Era y muestra la situación política al finalizar la guerra con el dominio Aldmeri:

https://vignette.wik...&path-prefix=es

 

Este es del 201 de la 4º Era, y muestra cómo esta la situación política al comenzar el juego de Skyrirm:

https://www.imperial...LadyNerevar.jpg

 

Como podemos apreciar, la situación en Skyrim es inestable, los imperiales perdieron media provincia y en caso de perder la guerra civil toda Skyrim podría independizarse, pero el Imperio recuperó la mayor parte de Morrowind, con excepción de las tierras pertenecientes a la casa Dres, que siguen en poder de los argonianos. Las legiones imperiales no son tan inútiles como pensaba, de esa campaña con los argonianos pueden salir soldados bien entrenados y líderes con experiencia estratégica y táctica.

 

 

Enciclopedia Vampírica: http://teso-esp.com/showthread.php/2865-Enciclopedia-Vamp%C3%ADrica 

 

Tiene material sobre los orígenes del vampirismo en el universo de Elder Scrolls, las diversas clases de vampiros que podemos encontrar en cada provincia, y los clanes de vampiros que las controlan, sus alianzas y rivalidades.  Es interesante el caso de la Bahía de Iliac, con 9 clanes que controlan territorios en roca alta y páramo del Martillo; cada clan tiene poderes especiales además de los poderes comunes a todos los vampiros.

 

El vampirismo que podemos contraer en Skyrim es la cepa Sanguinare Vampiris y el clan que controla esta provincia es el Vokinar; la cepa que nos infecta en Cyrodiil es la Phorphyric Hemophilia, la provincia imperial es controlada por un único clan de vampiros cuyos miembros se denominan a si mismos La Orden; son más cultos y refinados que los vampiros de otras provincias y han exterminado a otros clanes rivales de Cyrodiil. Se infiltran en las organizaciones políticas humanas para controlarlas y han aprovechado las conquistas imperiales para colonizar Morrowind y otras provincias.

 

En la Enciclopedia Vampírica citan varias veces un documento que describe el código de conducta y los planes de los vampiros de cyrodiil, el manifiesto Cyrodiil Vampyrum , pero no lo incluyen en la bibiliografía.

 

Manifiesto Cyrodiil Vampyrum: http://es.elderscrol...rodiil_Vampyrum

 

"Para preservar nuestros ideales y estilo de vida, se observarán dos edictos primarios. Primero que todo, no te reveles a ti mismo ni a la orden ante nadie, la discreción es nuestra mayor virtud. No te alimentes cuando puedas ser encontrado, o de aquellos que no se debe sospechar su fallecimiento. Evita la luz del día como estilo de vida; disipa la creencia común en nuestra especie, y mantén una suave apariencia a través de la satisfacción de la sed. Segundo, dedica tus actividades a la adquisición de influencia, política y otras. Nuestra fuerza no reside en números físicos, pero si en una hábil manipulación de la sociedad. Siempre ten consciente tus patrones, y preservar la Orden. Dedícate a ti mismo a estos ideales siempre, y la Orden te contara como parte de nosotros."


Editado por Yojimbo, 13 March 2018 - 09:38 PM.


#10 Yojimbo

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Posteado 30 March 2018 - 07:54 PM

Nombres de personajes por sexo y por raza:

 

En la página oficial del Elder Scrols Online, pulsando en la pestaña "Name Generator" del menú superior, podemos acceder a un generador de nombres:

 

http://eso.tamriel.org/

 

Altmer: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Argonianos: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Bosmer: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Bretones: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Dunmer: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Imperiales: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Khajitas: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Nórdicos: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Orcos: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

Guardias Rojos: http://eso.tamriel.o...meGenerator.php

 

El generador de nombres está debajo del fondo azul, para verlo tenemos que usar la barra lateral. 

 

Para crear los nombres hay elegir una raza y pulsar las pestañas male o female para el nombre, Surname para el apellido y title para obtener un apodo. Podemos modificar cualquier elemento pulsando su pestaña; la combinación de todos estos elementos aparece en la casilla "Full name"

 

Nota: si aparece un texto en rojo con la leyenda "Character names cannot exceed 25 characters in an ESO name" es una advertencia de que el nombre que hemos obtenido supera los 25 caracteres permitidos por el juego online, pero si queremos el nombre para un relato nuestro, esa limitación no nos afecta.

 

También es conveniente traducir el título o apodo obtenido con el traductor del Google, porque podemos obtener resultados como "Cyrus Christophe the Cowardly" que significa Cyrus Christophe el cobarde.

 

 

Nombres de los personajes en todos los juegos de la saga:

 

Altmer: http://en.uesp.net/w...re:Altmer_Names

Argonianos: http://en.uesp.net/w...:Argonian_Names

Bosmer: http://en.uesp.net/w...re:Bosmer_Names

Bretones: http://en.uesp.net/w...re:Breton_Names

Dunmer: http://en.uesp.net/w...re:Dunmer_Names

Imperiales: http://en.uesp.net/w...:Imperial_Names

Khajitas: http://en.uesp.net/w...e:Khajiit_Names

Nórdicos: http://en.uesp.net/w...Lore:Nord_Names

Orcos: http://en.uesp.net/wiki/Lore:Orc_Names

Guardias Rojos: http://en.uesp.net/w...:Redguard_Names

 

Ashlander (dunmer salvajes): http://en.uesp.net/w...Names/Ashlander

 

Nota: en el caso de los argonianos, en Arena tenían nombre griegos y latinos que son más propios de los imperiales: Alexandros, Julian, Artemis ...

en los siguientes juegos de la saga les dieron nombres más originales y exclusivos de los argonianos.

 

Fuente: http://en.uesp.net/w...Lore-Appendices


Editado por Yojimbo, 30 March 2018 - 08:04 PM.




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A Bragol. Tus amigos te echan de menos.