- Recuerda, querido lector, que este relato participa en el Concurso de Microrrelatos, por lo que si te animas a dejar una valoración positiva de él y además escribes literalmente: "le doy mi voto", le estarás votando. Valorar solamente significa explicar brevemente porqué te gustó. Los comentarios que sólo digan: “me gustó” o "le doy mi voto" pero no expliquen el porqué, no se considerarán votos válidos.
Ahora sí, sin más preámbulos, disfruta del relato:
Zorro
Aquella tarde el cielo estaba encapotado y llovía. Era una llovizna fina pero copiosa cuyas gotas formaban psicodélicos dibujos en los charcos del suelo. Y bajo esa fría lluvia caminaba él. Lo hacía con cierta dificultad, pues estaba herido y cansado. La herida de su pata derecha delantera lo mortificaba a cada paso que daba. Iba a saltitos y se paraba cada dos por tres para intentar recuperar fuerzas. Ni siquiera podía alcanzar con la lengua la herida para poder lamerla y así mitigar el dolor.
Iba bordeando la carretera que atravesaba el lugar. De cuando en cuando pasaba algún coche por ese lado que le salpicaba con el agua de los charcos. Entonces, él se detenía y se sacudía el cuerpo para eliminar de su pelaje la mayor cantidad posible del frío líquido. Y luego proseguía con su lento caminar bajo la lluvia.
Llevaba un buen rato intentando atravesar aquella carretera, pero el agua y el cansancio, que no le permitían prestar la debida atención al lugar y sus peligros, se lo impedían. Quería cruzarla; sí, pero ¿para llegar a dónde? Hacía ya rato que lo había olvidado.
Solo pensaba en seguir avanzando y alejarse de aquel sitio; del cazador, de la escopeta y de los perros del cazador; a los que logró dar esquinazo tras cruzar el río unos quilómetros más atrás.
Debo descansar —Piensa—, pero no aquí. No debajo de esta maldita lluvia. Debo encontrar un lugar donde poder guarecerme —Y se detiene al borde de la carretera, escrutándola en busca de posibles peligros—. Tengo que cruzarla —Se dice, cansado y hambriento—. Tal vez al otro lado encuentre un sitio seguro donde ocultarme hasta que llegue el amanecer. Si al menos dejara de llover…
Mira a derecha e izquierda, temblando por el frío, bostezando largamente por el cansancio, gimoteando de forma lastimera en ocasiones. La vista borrosa y el agua formando cortinas cristalinas ante sus ojos no le facilitan en nada la labor.
Al final se decide a cruzar. Lo hace a saltitos, recibiendo agudas punzadas de dolor en la herida sangrante. Justo en mitad del trayecto, unos faros deslumbrantes y el chirriar estridente de unos neumáticos le sobresaltan. Ya es tarde para volverse atrás —Piensa, resignado a su suerte. Y cierra los ojos esperando el golpe final.
Ha dejado de llover y, curiosamente, ya no siente frío. ¿Acaso he muerto? —Se pregunta extrañado— ¿Es esto eso que llaman el paraíso? —Oye voces y además reconoce un olor que le asusta— ¿Humanos?
Trata de moverse, pero no puede. Descubre que está tumbado sobre una camilla y que, además de tener vendada la pata delantera, que ya apenas le duele, tiene escayoladas las patas traseras. Como sea, reconoce que sobre aquella camilla tan blanda no se está tan mal. Cierra otra vez los ojos y se deja llevar por el dulce sopor del sueño.
Han pasado ya tres semanas desde que se recuperase de las lesiones en las patas. Sus salvadores le han llevado de vuelta al lugar en el que le hallaron moribundo una tarde lluviosa y lo han puesto en libertad. Él, agradecido, les devuelve una última mirada de complicidad antes de darse la vuelta y alejarse. Quiere encontrar pronto el camino de vuelta a su hogar, con su pareja y sus dos cachorros, que intuye le estarán esperando preocupados en su madriguera. Cazaré algo para llevárselo —Se dice, ilusionado ante el próximo reencuentro.
Corretea por la pradera con ritmo alegre y ansioso. Un conejo muerto, aún caliente, cuelga inerte entre sus fauces. Es una magnífica pieza —Se dice orgulloso por el éxito de su caza—. Y la degustaremos de buen grado los cuatro juntos.
Sus ojos se llenan de felicidad y su cuerpo de vitalidad al divisar por fin la madriguera. No ve a ninguno de ellos fuera de ella. Estarán resguardándose del calor de la tarde —Piensa para sus adentros.
Se adentra en el interior del habitáculo subterráneo para buscarlos, pero allí dentro no hay nadie. Deja el conejo con cuidado en el suelo y olisquea el terreno del interior de la madriguera en busca del olor de los suyos. Encuentra un leve rastro que sigue hasta el exterior, donde se difumina por completo, haciendo imposible el seguirle.
Desconcertado mira nervioso en todas direcciones, buscándoles, pero no les ve por ninguna parte. Está solo y, lo que es peor, no sabe si ellos están vivos o no. Vuelve al interior de la madriguera y comienza a andar en círculos en torno al conejo muerto.
Olfatea el suelo en repetidas ocasiones para retener el familiar aroma. Gimotea un par de veces desconsolado y, finalmente, resignándose a su suerte y a su soledad, se tumba junto al conejo y empieza a devorarle.















