- Recuerda, querido lector, que este relato participa en el Concurso de Microrrelatos, por lo que si te animas a dejar una valoración positiva de él y además escribes literalmente: "le doy mi voto", le estarás votando. Valorar solamente significa explicar brevemente porqué te gustó. Los comentarios que sólo digan: “me gustó” o "le doy mi voto" pero no expliquen el porqué, no se considerarán votos válidos.
Ahora sí, sin más preámbulos, disfruta del relato:
Tu felicidad mi felicidad
Había una vez un caballo que vivía en una granja junto a una familia de granjeros. Allí se sentía feliz disfrutando de una vida plácida y tranquila.
Sus obligaciones consistían en transportar al cabeza de familia cuando tenía que hacer algún viaje a la ciudad más cercana, ya fuera para vender los excedentes de la cosecha, para ir de compras o para ir a buscar al médico cuando alguien se ponía enfermo. Cuando era para vender tenía que empujar un carro cargado, cuando era para comprar volvía con la carga en sus alforjas y cuando era para buscar al doctor debía ir con mucha prisa, lo cual le dejaba exhausto.
Pero por otro lado recibía todo tipo de atenciones y cuidados. Le lavaban con esmero, le alimentaban en abundancia y de vez en cuando le mimaban con caricias, sobre todo aquellos días en los que algunos de los pequeños de la granja le montaban por diversión. Él disfrutaba mucho de esos días porque todo eran risas y alegría a su alrededor, parecía como si aquello fuese lo más natural del mundo, pero de pronto, un día, todo aquello cambió.
Era una mañana gris, el cielo estaba encapotado y algunas nubes negras anunciaban lluvia. Un hombre desconocido había ido de visita a la granja, y tras conversar con el cabeza de familia sacaron al caballo del establo, le ataron a una estaca clavada en el suelo y le hicieron correr alrededor de ella. El caballo no entendía nada de lo que ocurría, pero el extraño parecía muy complacido de lo que veía, y dijo sonriendo:
-Sí, creo que me servirá.
Entonces el cabeza de familia lo desató de la estaca, se acercó a él y mientras le acariciaba le susurró:
-Lo siento compañero, pero este año la cosecha no ha sido buena y necesitamos el dinero.
El caballo, asustado, vio como el cabeza de familia le entregaba la cuerda al extraño, y como éste le ataba a un carromato.
Cuando ya se empezaba a dar cuenta de lo que pasaba sintió el tirón del carro que iniciaba el movimiento, y pese a que intentó resistirse, la fuerza con que tiraba de él era demasiado grande como para contrarrestarla.
Tras unas horas de camino llegaron a una finca rodeada de un alto vallado de madera. Allí le introdujeron en un cerco formado por troncos y sin apenas darle tiempo de asimilar su nueva situación, un extraño que le gritaba le golpeó con una fusta en sus cuartos traseros para que echara a correr. Y así lo hizo.
Se fueron sucediendo los días entre gritos y golpes con la fusta, tiempo suficiente para que el caballo se diera cuenta de que le preparaban para algún tipo de carrera. Fueron días duros, de muchos esfuerzos y poco descanso, y pese a que le lavaban a menudo y le daban abundante comida, sentía que no le compensaban los malos ratos que pasaba en el cerco donde le atosigaban sin cesar.
Un día, cansado del maltrato al que se veía sometido, decidió terminar con todo aquello. Así que cuando lo metieron en el cerco, alcanzó la suficiente velocidad y saltó con todas sus fuerzas logrando superar, por poco, la altura del cercado que lo retenía.
Una vez fuera se dirigió, a gran velocidad, hacia el vallado de madera que rodeaba la finca. Cuando ya le separaban pocos metros de él, en lugar de frenar, chocó contra el mismo para tratar de romperlo. El impacto le produjo un punzante dolor pero consiguió su objetivo, abrir suficiente hueco para poder escapar. Así que, olvidándose de la herida, se escabulló por el hueco y emprendió la huida a galope tendido y sin mirar atrás.
Después de algunos kilómetros de carrera se dio cuenta de que dirigía su rumbo hacia la granja de sus anteriores dueños, que el consideraba como su familia. Así que, agotado por el esfuerzo de la huida, decidió dejarse llevar hasta su antiguo hogar.
Una vez allí, pudo ver como el padre de familia jugaba con sus hijos. Todo eran risas y felicidad. Al poco, pudo ver como se unía a la fiesta su sustituto, un flaco y anciano caballo que tenía pinta de haber vivido días mejores. El caballo participaba de los juegos con actitud cansada y apática, pero este hecho no parecía molestar a los miembros de la familia que disfrutaban igualmente de las bromas.
Tras observar aquello, el caballo comprendió que su lugar ya no estaba allí, y que nunca más volvería a formar parte de la que consideraba su familia. Así que se alejó de allí apesadumbrado y sin rumbo fijo.
El caballo, mientras caminaba, se puso a reflexionar sobre lo sucedido, y se dio cuenta de que si la familia tuvo que prescindir de él no fue por gusto, sino por necesidad. Así que si él no volvía con sus nuevos dueños, quizás les obligarían a devolver el dinero, y él no quería que nada malo les pasase.
De repente, un pajarillo, en su vuelo, pasó a gran velocidad rozando su cabeza. Este casual hecho le hizo pensar en el pobre pájaro que tenían enjaulado en la granja para que los granjeros disfrutasen de su canto. A raíz de esto pensó en el burro que transportaba, desde que sale el sol hasta que se oculta, una carga que sus flacas patas apenas pueden soportar. También en la gallina que vivía hacinada en un espacio muy reducido, en el cual apenas podía moverse. E incluso en el cerdo al cual engordaban para luego sacrificar.
Entonces, se dio cuenta de que a pesar de convivir con aquellos animales durante muchos años nunca había pensado en ellos de esa manera. Se dio cuenta de que hasta entonces solo se preocupaba de su felicidad, y no de la de sus allegados.
Así que, abatido por los remordimientos, decidió redimirse volviendo con sus nuevos dueños. A pesar de que no lo pasaría bien, prefirió sacrificarse para que su familia no tuviera problemas por su causa.















