- Recuerda, querido lector, que este relato participa en el Concurso de Microrrelatos, por lo que si te animas a dejar una valoración positiva de él y además escribes literalmente: "le doy mi voto", le estarás votando. Valorar solamente significa explicar brevemente porqué te gustó. Los comentarios que sólo digan: “me gustó” o "le doy mi voto" pero no expliquen el porqué, no se considerarán votos válidos.
Ahora sí, sin más preámbulos, disfruta del relato:
Timmy
Esta es la historia de Timmy. Un chico tímido. Timmy siempre fue muy vergonzoso. Los demás animales del bosque siempre le rehusaban, le marginaban. Así, Timmy maduró a golpe de desprecios.
Un día, Timmy volvió a su casa a borde del llanto. Cuando su madre, una mujer de gran trasero, vio a su hijo así, le preguntó:
―Timmy, ¿qué te ocurre?
―Mamá, en el colegio me han dicho que tú te comiste a papá ―sollozó Timmy.
―Hay que ver... ¡menuda tontería! Y tú no te lo habrás creído, ¿verdad? ―respondió la viuda negra de su madre, girándose para no mirar a su hijo directamente a los ojos.
―No...
―Anda, límpiate las patas antes de cenar. ¡Todas ellas!
Timmy hizo caso a su madre, y bajó por la tela hasta la charca. Allí se limpió y observó su reflejo en el agua.
"Tengo las pinzas más pequeñas de toda la clase, y el culo grande como el de mamá. Pero lo que menos me gusta de mí mismo son mis ojos. Dios mío, ¡¿cómo es posible que con ocho ojos tenga que ser bizco?!"
Efectivamente, Timmy era una araña de largas patas, culo gordo y cabeza pequeña. Era tan repugnante, asquerosa, fea y malnacida como el resto de sus congéneres. Su presencia era suficiente para cortarle la digestión a cualquiera. Y si todo esto no fuese suficiente para que mereciese la muerte, es que además Timmy era bizco. Una araña bizca. Casi nada.
Cuando Timmy tenía tres años, su madre le llevó al oculista. El doctor Escarabajo los echó de la consulta como si madre e hijo fueran una pelota de heces. "No hay nada que hacer señora", le dijo a la viuda negra. "No existen gafas para ocho ojos. Tendrá que vivir con ello. Buena suerte. Y no vuelvan por aquí. Jamás".
Así, Timmy creció con serios problemas para calcular las distancias, y se cayó no pocas veces desde las alturas. Tantas que los profesores de la escuela pensaron que había llegado a lesionarse el cerebro. Fuese así o no, y por si acaso, el claustro de profesores ―formado por la señorita Libélula, de matemáticas, Mosca de la fruta, que impartía lengua, Oruga de sociales y Mariposa de Educación para la Ciudadanía― pactó ir pasando de curso a Timmy con buenas notas. Todo con la finalidad de evitarse cualquier tutoría con la asquerosa de su madre.
Timmy sacudió el agua con una de las patas delanteras. Pero cuando las ondas se diluyeron, volvió a ver su vomitivo reflejo. Dio media vuelta (coordinando todas las patas con más o menos acierto) y subió a casa.
―Venga hijo mío, come, antes de que deje de moverse ―dijo su madre. Tras comprobar que las patas de Timmy estaban impecables, se fue hasta el otro extremo, para apuntalar los cimientos del sureste de la telaraña.
Timmy miró la cena. Su madre había cazado una mosca, y esta aún forcejeaba inútilmente, tratando de escapar del pegajoso fluido que lanzaba Viuda Negra por el culo. Timmy no tenía hambre, pero no quería discutir con su madre. Así que cenaría rápido y se iría a dormir pronto. Pegó un mordisco desganado con sus pequeñas pinzas, pero como tenía problemas para enfocar a la mosca, las pinzas chasquearon vacías.
―¡Un momento, un momento! ―la mosca dejó de pelearse con la tela de araña y fijó sus ojos (dos, como toda criatura decente) en los de Timmy. Pero como le pasa a todo el mundo que mira a una araña face to face y consigue no apartar la mirada del asco producido, no supo adonde apuntar. ¿Tenía que mirarle al ojo más a la derecha? ¿Mejor al tercero de la segunda fila empezando a contar por la izquierda? La mosca se decidió por mirarle a las pinzas, que eran sólo dos.
―¿Qué pasa? ¿Por qué no te mueres de una vez, tú que puedes?
―Es que hay algo que me corroe por dentro. ¡Apiádate de mí y concédeme una última voluntad!
Timmy suspiró con desgana. Aunque fuese su cena, por lo menos esa mosca no se metía con él.
―¿Qué quieres? Y no me digas vivir...
―No, no, nada de eso. Soy realista. Es que... es que siempre me he preguntado por qué no podéis tener dos ojos, como todo el mundo. Quiero decir, ¿qué ventajas tiene ver tanto?
―Las arañas tenemos ocho ojos para compensar de algún modo que no podemos girarlos. Si sólo tuviera dos ojos, tendría que estar constantemente encarado hacia dónde quisiera mirar en cada momento.
―O sea, que ya de entrada estáis mal pensadas. Además de feas, mal hechas.
―¡Oye! ¡Pero cómo te atreves...! ―Timmy empezó a sollozar, sosteniéndose los mocos.
La mosca empezó a reírse a carcajada limpia, quizás en un arranque de locura nacido de la certeza de la inminente muerte.
―¡Y encima te pones a llorar! ¡Eres patética! ¡Fea, más que fea! ¡Seguro que tu padre no te podía ni ver y se fue de casa nada más nacer tú! Me das más lástima que asco, que ya es decir. Seguro que la gente no te habla por no tenerte que mirar a la cara. ¡So asquerosa!
―¡Soy un chico, no una chica!
Timmy no aguantó más y empezó a llorar. Por ocho glándulas lagrimales. Lloraba a borbotones. Salió corriendo de allí, humillado por su propia cena, corriendo a refugiarse bajo las pinzas de su madre. Pero entre el bizqueo y las lágrimas (siempre x8) colocó mal las patas y se precipitó al vacío.
Timmy cayó los diez metros que separaban su casa del suelo, y reventó contra el suelo.
Nadie echó de menos a Timmy al día siguiente en la escuela. Nadie lamentó su ausencia. Ni siquiera su madre se molestó en llorar su muerte.















