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La runa
Primero pasó por un bosque de jade, que era fresno, roble y abedul, con el suelo regado de esmeraldas, los arroyos bañados de zafiros.
Después pasó por un campo que era de oro, con doradas erguidas lanzas que mostraban sus muchas puntas al Sol brillante.
Por último pasó por un sendero de ópalos y diamantes, cuyo polvo era de plata.
Así regresó Skel aefr’na a Nilvn, la Joya de los Svaltar, ger minle talv’ge’na, la ciudad de oro y plata, en la que había nacido.
Pero no llegó solo. Con él venían el dolor y el cansancio: dolor por sus heridas, a medias sanadas, por el recuerdo de todos los caídos en batalla, y cansancio por los largos días en que había errado, solitario y disminuido, hasta llegar a su patria.
El guerrero sin el yelmo, con los oscuros cabellos enredados por el viento, con las ropas blanquinegras teñidas de roja sangre y de gris polvo, con la leal cota desgarrada, dejaba caer silentes lágrimas mientras entraba en la ciudad, pasando por uno de sus arcos.
No veía él una, sino dos cosas allí: la primera era su ciudad natal, bulliciosa, recamada de oro y plata, altiva y hermosa, y la segunda era la misma ciudad, pero cubierta de silencio, de sangre y de cenizas, de una muerte horrible. La primera eran sus recuerdos, y la segunda la realidad.
Así, destrozado por un dolor demasiado profundo, caminaba sin saber cómo, y no veía, oía o sentía nada con claridad.
Había cadáveres por doquier, pues la ciudad estaba muerta. Había sido asaltada y desolada, rápida y brutalmente. Los soldados de la ciudad, vestidos de blanco y negro, yacían en las calles de piedra, muertos todos, con los pechos escarbados, los ojos sorbidos, las espadas en las manos. Y allí, en las sencillas calles de la ciudad, en recatadas casas de piedra, yacía también el resto de la población, casi siete veces mil Hijos de la Luna. Habían luchado todos con bravura, varones y ancianos y mujeres; habían luchado con rabia y desesperación, pero habían fracasado y perecido todos ellos, de formas horribles y dolorosas; muertos todos por la espada y la lanza y el hacha y la flecha, torturados y empalados y decapitados. Sus deformes rostros picoteados, en muecas de eterno terror, adornaban las lanzas en las que estaban clavados.
Nada en la ciudad se había salvado: todas las puertas habían sido pateadas y abiertas, todos los hogares registrados, todo el oro y la plata saqueados.
Y la ciudad, además, había sido tiznada de negro, teñida de rojo, ahogada por la sangre y los incendios, lavada ligeramente por una lluvia reciente.
Arpa y Espada, con la mirada perdida, se detuvo finalmente frente a una casa no muy grande, con paredes de piedra y techo de madera, bien cuidada, con pequeñas plantas en el jardincito delantero, con una chimenea para el fuego de los relatos y los recuerdos.
Pero Skel aefr’na no se detuvo allí por el extraordinario hecho de que la casa era la única en la ciudad que no había sufrido daño alguno, que estaba intacta todavía. No, el joven Svaltar, que había visto pasar apenas veinte inviernos, se detuvo allí porque esa era la casa de sus padres, donde él junto a ellos vivía.
Se acercó a la puerta, una puerta sencilla de madera clara, y con sus ojos de lágrimas y cenizas vio en ella, trazado con sangre, el signo del guerrero, la runa del Hijo de la Destrucción.
Entonces el dolor lo venció completamente, penetró en él como un cuchillo hasta apuñalar su alma, hasta consumir el recuerdo de todo lo que alguna vez había amado.
Se sintió desfallecer, pero una figura femenina (¿de dónde había salido?), que se cubría con un manto oscuro, y que ocultaba su rostro con una máscara, lo sostuvo, mientras le susurraba al oído el futuro.
Editado por Oigresito, 04 May 2012 - 03:18 PM.















