Además, el primer capítulo, “01-Un mal día”, pasará a ser el último de estos capítulos sobre la vida de Jack. “02-Soylent rosa” pasaría a convertirse en el primer capítulo de la historia principal. POR AHORA, pues aún tengo pendiente un prólogo.
Me voy a centrar en esto hasta terminarlo, y dejaré un poco de lado el relato principal.
Creo que también estos capítulos sirven para profundizar mejor en el mundillo de Deus Ex nuke, puesto que en el relato principal no me explayo mucho.
Vic, evidentemente es por Fallout 2, pero ya lo cambiaré. Es que me daba pereza pensar en nombres mientras escribía los capítulos XD.
Espero que os guste.
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01 – HUMO Y CENIZAS
El fuego lamía los troncos amontonados tras los que Jack se escondía. Uno de ellos iba ennegreciéndose con una celeridad pasmosa. El humo se volvía tan espeso que no aguantaría mucho más. Cerca, a su alcance, vio un trozo de madera astillada, tan puntiagudo y afilado que dolía con sólo mirarlo. Lo recogió, apretó con fuerza. Las lágrimas mezcladas por el escozor de la humareda, la tristeza y la rabia inundaban sus ojos, cegándolo. Intentó limpiárselos como pudo, con un brazo sucio y lleno de hollín, y únicamente consiguió agravar el escozor.
—¡Amarradlos! —bramaba una potente voz aumentada por un megáfono—. ¡Tened cuidado con ellos y metedlos en las jaulas!
Lo oía hablar, y cuando pudo limpiarse un poco los ojos, lo vio hablar. Era un hombre alto, musculoso y barbudo, con una larga cresta roja. Nada lo diferenciaba del resto de bandidos de su banda.
Sus lacayos salieron de la casa de Jack portando amarrados a dos hombres altos. Les habían golpeado hasta dejarlos semiinconscientes y se tambaleaban aturdidos mientras sus raptores se esforzaban en meterlos en una gran jaula montada en la parte trasera de una camioneta. Luego salieron más bandidos de la casa, arrastrando los cuerpos de sus camaradas fuera. Ellos mismos habían sido heridos. Se leía el terror en sus rostros. Aquella extraña pareja les había zurrado bien.
Unos días antes, los padres de Jack se habían topado con ellos. Estaban cansados, heridos y parecían huir de alguien. Sus pieles eran muy morenas, uno de ellos tenía el pelo grisáceo y el otro completamente blanco, pero el detalle que más había captado la atención de Jack fue que ambos tenían los ojos rojos, sin pupilas. Dos pares de globos rojos y brillantes. Los padres de Jack se preocuparon de ellos hasta el punto de darles cobijo. Aquello había sido su condena, y la de todo el pueblo.
Una bala aulló e impactó en una de las hombreras metálicas del jefe de los bandidos. Un hombre corrió hacia él desde una casa. Creyó distinguir las duras facciones de su vecino, quien apretaba el gatillo una y otra vez, abriéndosele los ojos de forma desmesurada al darse cuenta de que no le quedaban balas. Entonces tomó la resolución de huir cuanto sus piernas le permitieran. Varios bandidos le fueron detrás, pero el hombre corría como un chacal.
El jefe de los bandidos, sonriente, respirando rápida y nerviosamente por la emoción de la matanza que se estaba llevando a cabo, advirtió un movimiento y vio uno de los maderos del escondite de Jack caer.
—¡Eh, chico, no tengas miedo! —susurró.
Jack dejó escapar toda su rabia acumulada: profirió un grito, abandonó su escondite y cargó contra el bandido crestado. Le atacó con el trozo de madera, clavándoselo en una pierna e hiriéndose en la mano con las astillas. Empuñar el trozo de madera con las manos desnudas no había sido, desde luego, una buena idea. Le sangraba la mano con profusión por una infinidad de pequeños cortes. Aulló de dolor mientras el asesino gruñía arrancándose la madera, que no había penetrado prácticamente en su musculada pierna.
De un manotazo lanzó al crío por los aires. Luego sonrió, y le indicó a uno de sus lacayos que le diera unos azotes con su látigo. El otro bandido, un enclenque con un gorro de piel y unas gafas que le hacían parecer gilipollas, se lamió los labios, saboreando ya la sangre que no había probado aún, pues desde que habían irrumpido en el poblado no se había separado de su jefe. Hizo restallar con saña el látigo sobre la espalda del niño. Uno, dos, tres… el cuarto atravesó y desgarró carne.
—¡Para, Thorn! —El jefe de los bandidos le sujetó el brazo.
—¿Jefe?
—¡Míralo, apenas está consciente! ¡Deja un poco para las alimañas!
—E… está bien —El gafotas llamado Thorn miró al niño, desilusionado. Le temblaba la voz.
—¡Escuchad, ya tenemos lo que hemos venido a buscar! ¡Esos cabrones no nos van a tocar más las pelotas!
—¿Nos vamos, Yak’i? —preguntó otro de sus secuaces, un tipo joven con un larguísimo cabello negro, mientras se rozaba bajo el mentón una pastilla verde y cerraba los ojos.
—Sí, da la orden. Nos marchamos —asintió Yak’i.
El niño tuvo tiempo de escuchar el nombre antes de caer inconsciente. Cuando volvió en sí, no supo cuánto tiempo había pasado. El pueblo se hallaba desierto, no había llamas devorando las casas, solo esqueletos ennegrecidos y montañas de cenizas, y un humo espeso que surgía de las pocas ascuas que aún consumían lentamente algunas maderas. El aire traía un olor a muerte, a carne y madera quemada.
Intentó incorporarse, sollozando; la espalda le dolía y escocía como si le hubieran rajado. Luego recordó que en verdad lo habían hecho. Dio algunos pasos vacilantes, le costaba andar, estaba mareado, aturdido y confuso. Gran cantidad de emociones pugnaban por hacerse con su control. Identificó los restos de su casa, no quedaba nada. Una mano carbonizada asomaba entre los restos. Se dejó caer de rodillas y comenzó a llorar fuertemente.
El sonido de unos pasos que se acercaban le alertaron. Un viejo encapuchado se hallaba frente a él. Se sostenía con un nudoso bastón y una larguísima barba le caía hasta el suelo.
—Tranquilo, chico, ya se han ido. Yo te cuidaré.
02 – EL VIEJO MAD
—¡Kiwi, ven! —Jack corrió detrás de Kiwi, el perro del vejo Mad; casi tan anciano como él, e igual de enérgico.
Kiwi apartó los ojos del gecko que tenía apresado con las patas delanteras y lo miró gruñendo amenazadoramente sin dejar de mordisquear su presa. Lástima que apenas le quedaran dientes.
—¡Ven!
El perro se fue. Jack volvió a la casa, el viejo Mad lo esperaba en la entrada.
—¿Qué te dije? —inquirió, con dureza, el anciano.
—Pero, Kiwi… —tartamudeó Jack—. ¡No pué estar to el día en casa metío!
—¡Te he dicho mil veces que hables correctamente! —El viejo Mad le propinó un tortazo—. ¡Vuelve a hablar como un vulgar arrabalero y te daré una buena tunda!
—Es… está bien… —lloriqueó Jack con una mano en la dolorida mejilla.
Entonces, el viejo Mad le dio otro tortazo en la mejilla desprotegida.
—¡Au!
—¡Y no vuelvas a dejar salir a Kiwi! ¡El vecino nos la tiene jurada, lo sabes!
—Pero… Mad, podrías darle una buena paliza —objetó Jack mientras corría detrás de Kiwi—. Podría hacerlo yo por ti, ¡ya tengo catorce años, soy mayor de edad!
Jack regresó con Kiwi en brazos. El inquieto chihuahua se revolvió y se liberó, para acto seguido defecar en el porche. El viejo Mad le dio una patada, cabreado. Kiwi retrocedió de un salto, solo para tomar carrerilla, hincarle los dientes a su propia mierda, y escapar antes de recibir otro golpe.
—¡El vecino ya tiene sus propios problemas! —El viejo Mad volvió a golpear a Jack—. Además, ¡¿cuándo aprenderás que no todo se resuelve mediante la violencia?! ¿Para qué te estoy educando, para que te conviertas en un macarra sin futuro del Vertedero? ¡Recuerda lo que le pasó a tus padres, y a todo este pueblo!
Las lágrimas brotaron de los ojos de Jack. Las duras facciones del viejo Mad se suavizaron, y dijo en tono reconciliador:
—Anda, entra. Hoy abordaremos El Arte de la Guerra, de Sun Tzu. Aprenderás cómo vencer en situaciones de peligro sin necesidad de entrar en liza. Pero, primero, saca fuera los orinales y cagaderos y límpialos.
El viejo Mad entró en la casa. Jack, furioso, murmuró entre dientes. Luego metió la mano en el bolsillo de su pantalón, extrajo una nota arrugada, la desdobló, y leyó:
«Me llamo Jack, tu mataste a mis padres. Jaki, llo te matare a ti. Algun dia te atrapare y te matare con mis propias manos.»
Apretó el puño con rabia, convirtiendo de nuevo la nota en una bola de papel.
03 – KIWI
Jack contempló cada una de las maravillas que los mercaderes habían traído consigo. Una vez al mes, una caravana de mercaderes se acercaba al que antaño fuera un creciente y próspero pueblo, y que en la actualidad no era más que un cúmulo de casuchas carbonizadas en las que apenas vivían una docena de personas.
—Algún día iré a Metrópolis —dijo Jack.
—Déjate de tonterías —le espetó el viejo Mad— y regresa a tus deberes.
Jack bufó y volvió al patio de la casa, donde le esperaban su rifle y unas botellas colocadas sobre unas cajas. Apuntó cuidadosamente con el arma y disparó. Una botella reventó en mil pedazos. El muchacho sonrió, ya controlaba el retroceso. Todavía recordaba la vez en que, al disparar, se llevó tal golpe en el hombro que el moratón no desapareció hasta transcurrir meses.
Disparó de nuevo, justo cuando Kiwi, que hasta el momento había permanecido dormido, se abalanzaba sobre la botella apartándola del trayecto de la bala.
—¡Maldito chucho!
Poco después, Jack cambió el rifle por un bastón de madera y golpeó repetidamente una torre de sacos de tierra, practicando los movimientos que el viejo Mad le obligaba a realizar desde que tenía ocho años, cuando lo recogió en la matanza que tuvo lugar en el pueblo.
Se detuvo a descansar y posó la mirada en los comerciantes que platicaban con los aldeanos. Algún día iría a Metrópolis, de eso estaba seguro. Apenas distaba una decena de kilómetros del poblado, pero parecía casi tan inalcanzable como la legendaria Edén, allá en el este. Una vez en la populosa ciudad, buscaría a Yak’i con todos los medios de que pudiera disponer, que no serían pocos allí.
Un movimiento fugaz lo sacó de su ensimismamiento: Kiwi acababa de saltar la valla del patio en dirección al corral de Costroso, como él llamaba al vecino. Profirió una maldición por lo bajini; al instante, aquel lenguaje burdo que el viejo Mad se había esforzado por hacer desaparecer resurgió, y el miedo le atenazó la garganta. Saltó también y se apresuró a coger a Kiwi antes de que el perro hiciese de las suyas.
Lamentablemente, el chihuahua ya se había arrojado al cuello de una de las gallinas de monstruoso vecino. Jack agarró por el pescuezo a Kiwi y le azotó en el trasero, impertérrito ante los gruñidos rabiosos del animal.
Apurado, tomó la decisión de llevarse también a la gallina muerta para que el vecino no la viera. Se quitó la camisa, envolvió al pajarraco en ella y regresó a casa silbando disimuladamente. Al llegar al porche se detuvo. Costroso, envuelto en una capa con capucha como de costumbre, observaba desde la caravana a Kiwi con un odio tan grande como el que Jack sentía por el asesino de sus padres.
Aquella noche, Jack hizo la cena.
04 – ¿QUÉ VOY A HACER AHORA?
A medida que transcurrían los años y envejecía, el viejo Mad se volvía cada vez más insoportable. Quizás era incapaz de aceptar que su otrora espléndido cuerpo fuera ahora decrépito y débil. Él, que tiempo atrás había sido poderoso e inteligente, veía mermadas sus facultades hasta el punto que apenas veía ni oía nada; y además, debía apoyarse en un bastón para caminar.
Era un día magnífico: el sol no pegaba con mucha fuerza, los pájaros trinaban en las jaulas del porche y unos verdes arbustos crecían velozmente en el huerto. El viejo Mad confiaba en que dieran bayas comestibles, después del fracaso de las lechugas en aquella tierra estéril.
—Tu turno —dijo el anciano.
Jack estudió el último movimiento con el alfil del anciano, cogió su caballo y se comió la ficha enemiga.
—¡Bien!
Estaba aprendiendo rápidamente, cada vez le era más sencillo jugar a aquel juego. El viejo Mad insistía en que no era un juego.
—Um… —Era difícil averiguar las emociones del viejo Mad con aquella barba que cubría casi por completo su rostro—. Aún no cantes victoria, imbécil… Jaque mate.
De nuevo, el viejo Mad volvió a ganar. Jack resopló por la impotencia, jamás había ganado al ajedrez.
—Ve a la cocina y trae agua, estoy sediento —le ordenó el anciano—. Y échale un vistazo a Kiwi. Hace rato que no lo oigo ladrar.
Últimamente, la paranoia se había adueñado del viejo Mad. Se había obsesionado con que el vecino acabaría vengándose del perro por todos los años de diabluras caninas.
—¡Kiwi, sal! —Jack buscó por toda la casa sin éxito. A los diez minutos, reparó en una ventanilla abierta del salón. Corrió al patio y se dirigió a la barrera que pegaba al campo del vecino—. ¡No!
Efectivamente, Kiwi había escapado y estaba persiguiendo a una gallina. El asustado pajarraco pegó de pronto un bote y voló literalmente, en una perfecta diagonal, hasta la copa de un árbol de veinte metros de altura. El chihuahua se quedó mirando el árbol, sorprendido y confuso, y entonces él también voló cuando una sombra cruzó el campo y le propinó una patada.
Jack ahogó un grito y, furioso, se dispuso a saltar la barrera para darle su merecido al vecino cuando una mano se posó en su hombro. Era el viejo Mad, que con el semblante severo, lo detuvo.
—¡Va a matarlo! —gritó Jack.
Costroso se dirigía con violentos movimientos hacia donde el perro había ido a parar. El vecino profería unos sonidos guturales difíciles de clasificar.
—Espera dentro, yo hablaré con él —el tono del viejo Mad no dejaba lugar a la desobediencia.
Jack esperó sentado en el comedor, pacientemente, durante aproximadamente una hora. Pasado aquel tiempo los nervios afloraron. Kiwi entró corriendo y se le echó encima al borde de la histeria.
—¿Qué pasa, Kiwi? —inquirió Jack.
El chihuahua bajó, corrió hacia la entrada, volvió… así una y otra vez mientras profería agudos ladridos. Quería que lo siguiera. Jack se olió lo peor. Enfundó la navaja que siempre llevaba consigo, cogió su fusil del armario de las armas y salió escopeteado hacia la casa del vecino.
La puerta de la entrada estaba entornada. Cuando entró, se encontró con la peor escena que jamás pudo imaginar: el viejo Mad yacía muerto en el salón y el vecino se hallaba arrodillado frente a él, arrancando tiras de carne de su víctima y llevándoselas a la boca.
Al ver aquello, Jack se estremeció de tal modo que el fusil se le cayó de las manos y todo el contenido de su estómago se derramó sobre el arma. Se apoyó en la pared del pasillo, luchando contra las náuseas y tratando de desenfundar la navaja con una temblorosa mano, incapaz de llevar a cabo las órdenes de su cerebro.
Costroso —su rostro despellejado daba muestras de en lo que se había convertido en los últimos años— se incorporó, dispuesto a comérselo a él también. Las babas le goteaban a través de la comisura de los labios. Gea sabría cuánto haría que había perdido del todo la cordura.
Una extraña mezcolanza de aullidos de tristeza y ladridos de rabia se adueñó de Kiwi. El perro se arrojó al rostro del vecino para mordérselo. Costroso bramó de furia y unos chilliditos de dolor sacaron a Jack de su deplorable estado. Con el cuchillo en la mano atacó al necrófago mientras el vecino cogía a Kiwi, que ya no se movía, y lo lanzaba contra la pared.
—¡Cabrón!
Jack le hundió la hoja varias veces entre las costillas. El vecino, de un manotazo, le partió el labio y lo estampó contra los muebles que había detrás. Desesperado, Jack se arrojó sobre su fusil, apuntó y disparó justo cuando el necrófago extendía sus huesudas garras hacia su cuello.
Una vez se hubo asegurado de que el vecino estaba muerto, se puso de pie y fue cojeando hasta Kiwi. El pobre perro yacía con el vientre abierto de un mordisco. Jack comenzó a sollozar de forma convulsiva. Luego fue al centro del salón y comprobó que del viejo Mad, aquel anciano arisco que había cuidado de él desinteresadamente, no quedaban más que cuatro jirones de piel y carne enredados entre sus costillas.
Jack explotó por fin, y con las manos y el rostro cubiertos de sangre, aulló:
—¡¿Qué voy a hacer ahora?!
05 – METRÓPOLIS
¿Quién lo iba a decir? Realmente iba a ir a Metrópolis.
—¿Así que has estado solo todo este mes? —le preguntó Vic, uno de los comerciantes, amigo del viejo Mad.
—Sí —fue la escueta respuesta de Jack.
No se encontraba con ánimo para hablar. El recuerdo de lo acaecido había ensombrecido toda la alegría de abandonar de una vez por todas aquel pueblo maldito y ver la ciudad del Páramo; la grande, populosa y majestuosa Metrópolis.
—Por Gea, no me puedo creer que el viejo Mad esté muerto… —Vic giró el volante para no estrellar el camión con un chacal que se había puesto en mitad del camino—. ¡Malditos chuchos, siempre dando por culo!
—En cierto modo se lo buscó —dijo otro—. Debería haberse deshecho de ese perro en cuanto dio los primeros problemas.
Jack no dijo nada, aunque en su mirada había un reproche que no se molestó en ocultar.
—¿Qué piensas hacer cuando llegues? —preguntó Vic.
—No… no lo sé —balbució Jack.
«Es verdad, ¿qué voy a hacer?», pensó.
—Muchacho, como no tengas a alguien que te lleve por el buen camino lo llevas crudo. —Vic se ajustó las gafas con un dedo—. ¿Te interesa trabajar para mí? Tendrías comida y cama, ¡y un oficio con expectativas de futuro!
La caravana al completo estalló en risas.
—¿Cómo guardia de caravana? —preguntó Jack indiferente.
—¡No, chico! —Vic negó con la cabeza—. Esta no es mi única forma de ganarme la vida. Te contrataría de mozo, en la ciudad, haciendo un poco de todo. Lo que tus facultades te permitan. Piénsatelo antes de que lleguemos a Metrópolis.
Lo que sucedería antes del anochecer. Tras salir del puerto de montaña que daba al valle donde se hallaba su pueblo, el paisaje se volvió aterrador. Jack tragó saliva, el Páramo era más tenebroso de lo que imaginaba: un yermo pedregoso salpicado de vez en cuando por matojos y árboles moribundos. Y en el horizonte, Metrópolis, una megaciudad que se erguía imponente como única prueba de que el Apocalipsis no acabó con la civilización.
—¿Ves, muchacho? —preguntó Vic—. Por fin verás la ciudad. Ese es el mayor nido de ratas del mundo entero.
—No digas eso —le espetó un comerciante tan obeso que necesitaba ayuda para bajar y subir del vehículo—. El alcalde Anzar está haciendo todo lo posible por cambiar las cosas.
—Sí, favoreciendo a los ricos y hundiendo todavía más a los pobres. Desde luego, trabajador es: no para quieto, el mamón…
—Bueno, no creo que… —fue a protestar el gordo.
—¿Y qué me dices de toda esa gente que está expropiando el gobierno descaradamente? —dijo otro—. Los echa de sus casas por a saber qué absurdos motivos. Muchos están levantando chabolas ilegales fuera de Metrópolis, a merced de las bestias y los bandidos. Al final acabaremos todos allí.
—¡Algo habrán hecho! —intentó defenderse el comerciante obeso.
—¡Bah, es inútil hacerte bajar de tu nube! —exclamó, enfurruñado, Vic—. ¡Que la Aulladora te sople en la nuca!
—¡Oye! —bramó el gordo—. ¡No pronuncies eso aquí!
—Tiene razón —dijo el otro comerciante—. Esas cosas no han de decirse ni en broma.
—¡Bah, el alcalde Anzar es un cabrón y punto!
Se inició una discusión que Jack no entendía. Con el paso del tiempo, sus ojos fueron agrandándose a medida que se acercaban a Metrópolis y que la ciudad crecía. Fascinado, se olvidó de los comerciantes, de su pueblo, del viejo Mad, de Kiwi, de sus padres, de Yak’i… de todo; y embobado, no apartó la vista de las deslumbrantes luces de la alta torre que se alzaba justo delante y de las lucecillas que se desparramaban a su alrededor.
Editado por Donpipollas, 12 September 2011 - 09:10 PM.












